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sábado, febrero 27, 2010

792. El Cubo de Aladino

Más que sensible, sensiblero, o más correcto hipersensible, porque ahora caía en la cuenta de que en ningún momento se había desconectado del aparto a pesar de haber perdido contacto visual con él. En la playa que los había arrojado por culpa del inexperto pensamiento de Dengue, tal vez habría quedado debajo del agua. Pero ahora se había venido arrimando como el perrito a su amo. De modo que cada cosa que había pensado había sido escuchada y dentro de lo posible obedecida. Como si fuera la lámpara de Aladino y el la estuviese frotando. Había querido sentirse en la piel del bosquimán y ahora lo estaba sintiendo. Había pensado en ver de cerca aquella figura de Duende de la biblioteca y se había divertido un instante pensando en las travesuras que se le atribuyen a esos seres de la fantasía. Irreales... Inexistentes...

De modo que el hipercubo estaba de vuelta.

-Esperen. No se acerquen a esas cuatros telarañas! Es una puerta abierta.
-Pero si ahí no hay nada... Apenas un cuadrado...
-Es una entrada que todavía no conduce a ningún lugar. Está esperando órdenes. Hace un rato en la oscuridad entré sin darme cuenta y terminé en Namibia.

Magdalena le tomó de un brazo.:

-Entonces podemos  reanudar nuestro viaje... Tendríamos que ir a buscar a Dengue.
-Pero antes rescatar a los prisioneros y... dejar establecido un contacto entre esta gente de arriba y los de abajo... Vengan, vamos adentro y hagamos un plan que abarque todo.




miércoles, julio 29, 2009

717. El Brindis

Largo rato estuvo Manuel caído sobre la cama, filosofando sobre esas y otras cuestiones que le llegaban sin pausa luego de sobrevolarle en espera de que terminara de atender las anteriores. Por eso no advirtió que los contornos de las ideas se iban poniendo borrosos y hasta tal vez mezclados de elementos que no venían ni por casualidad al caso. Aquella mancha de humedad en el techo, que se volvía ave de enormes alas abarcativas de conceptos contradictorios... Esos duendes que no cesaban de aparecer a recordarle (engañosamente) cual era la línea de pensamiento actual... La tonadilla de su blue que aun continuaba con su tiovivo en segundo plano...
Se quedó dormido.
Tan dormido que cuando apareció Magdalena y empezó a hacerle cosquillas en la planta de los pies descalzos, y después a lo largo de la pierna enfundada en el vaquero, y en la cintura y después el pecho... No dejaba él de creer que aquel dulce Universo había decidido ser por fin el suyo, dejando de lado las dudas y los problemáticos problemas que hasta entonces en el otro, aquel escabroso e incomprensible, le habían mantenido jaqueado, impidiéndole el ejercicio de la felicidad.
Por eso no quería despertar. Es decir dormirse dentro del sueño o pesadilla de la que se acababa de despertar. Quería seguir despierto en la cosquilla suave que poco a poco efervescía su sangre dispuesta para el entusiasmo del brindis festejado en aquella su copa predilecta, la Magdalena.
Ya venía siendo tiempo de beber otra vez de la fuente insondable de las tibias aguas. De nadar en el mar privado de la felicidad. De compartir las pieles y disolver los cuerpos en uno solo, que se expansiona en la morosa satisfacción de todas las ansias antes de que lo pidan, ni que lo esperen.
Casi ni importa ya, si esto es el sueño o el despertar, porque mientras siga fluyendo... El Universo, fuera cual fuere, tendría permiso para seguir existiendo como un adecuado paisaje que contuviera en su seno la fiesta serena del almuerzo campestre.
Pero también la pasión. Y los labios mordidos y la saliva en el cuello, mientras los pezones enhestan su monte de Venus mil veces lubricados por los labios, y el falo relame, entre relinchos, las umbrías oquedades de la delicia