sábado, mayo 26, 2012

895. Un Modigliani negro

 Manuel comprendió que ambos estaban en un aprieto. Ya no podrían retroceder, así que dejó que sus ideas volaran hacia una estrategia inmediata.

-Dígame Ernesto, acaso no se sintió usted sacudido cuando miró por primera vez la cara de Dengue? No le encontró algo particular, como que... ya le conocía de antes, sin conocerle. O que le recordaba algo, algo muy sentido o antiguo, algo extraño que le obligó momentos después a volver a mirarle?

Ernesto se acomodó sobre el asiento nerviosamente.

-Eso puede ser, de alguna manera, pero... ¿Qué tiene que ver?  Me ha conmovido el estado en que le encontramos.
-Y después, cuando le volvió a mirar, acaso no fue aun más intensa la sensación?   Hasta se puso pálido y los ojos se le dilataron como si estuviese viendo algo imposible.
-Pero, por favor, muchacho. Qué puede tener que ver mi manera de mirar con esa historia delirante que él contó y que vos parecés aceptar como buena?

Manuel devolvió  todas las miradas con una actitud ahora desafiante.

¿Y acaso alguno de ustedes no pensó, ahora al final, que el que estaba hablando parecía otra persona que la que encontramos ovillado sobre sus rodillas en la comisaría?

-Sí, pero...

-Es que Dengue está diciendo la verdad. En ese cuerpo hay dos mentes, dos personas que se estorban y no pueden ponerse de acuerdo en el uso de los canales de comunicación. Se ha producido un accidente, una situación nada común. Normalmente cada personalidad de la misma persona se encuentra en un cuerpo distinto que vive en un mundo distinto. Un mundo paralelo.

El alcalde miraba a Ernesto y miraba a Cholo, les conocía del comité de base y hasta cierto punto confiaba en ellos. Cholo extendió la mano para tomar el brazo de Manuel. Como queriendo retenerlo sobre la tierra. Ernesto volvió a mirar el rostro de Dengue quién ahora sonreía satisfecho. Otra vez el mismo sacudón.

No, no había sido por encontrarle cara de muerto, ahora se le veía vivo, pero igual... Esa forma ovoide y delicada parecía quererle decir algo sobre un lugar inexistente dentro del mundo de sus sombras interiores, un faltante... como esas cosas de antaño que cuando aparecen, pequeños objetos tal vez muy queridos, no solo nos sorprenden sino que nos inundan de una profunda tristeza por la pérdida? tal vez, o más probablemente, por no lograr reconstruir el sentimiento que otrora acompañaba y daba total sentido a la existencia de aquello.
Como si Modigliani hubiese pintado de una vez el más misterioso y delicado rostro negro.

-¿Qué me dice, Ernesto? ¿Acaso no le parece conocido...?





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