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sábado, febrero 21, 2009

659. El Dr. Bermudez

Al Dr. Bermudez no le pareció gracioso que el supuesto drogadicto le recibiera con un fundamentado discurso surrealista para pretender otra identidad aunque un mismo cuerpo y nombre. Escucho con forzada paciencia ante el silencio de los circunstantes, especialmente el de su amigo Ernesto Federico, y al cabo, cuando Dengue, el otro Dengue, el coterráneo de las bolas, quien era el que se despachara con tan extraña monserga, calló, bajó él, con limpio pulgar el párpado que tenía más a mano, y observó detenidamente el aspecto de aquel sanguinolento iris.

-Tiene mucha tos?

Dengue no contestó.

-Sí, le vienen abscesos -subsanó Magda.
-Diarrea?
-Frecuente.
-Bien...

Recién entonces el facultativo hizo uso de su instrumento principal, el estetoscopio. Como hacen las curanderas con el piolín de medir los empachos, que lo doblan en cuatro y el poquito que le sobra, que viene a indicar la longitud exacta del padecimiento, mal, o lo que fuere, y que, justamente, en el mismo acto de ser medido comienza a sentirse vencido por la fuerza incontrastable de la medicina. Así pues hizo don Bermudez con elegante gesto, que venía significando siglos de preeminencia de la ciencia sobre la superchería, al desplegar el negro conducto y aplicar la pequeña sopapa sobre el pecho del pobre Dengue, para determinar las diástoles y las sístoles, el ritmo , la energía, y la prosopopeya; factores inamovibles y determinantes, de una realidad totalmente objetiva que caracteriza el estado del equilibrio o desequilibrio biológico del organismo en cuestión...

Mal momento. El corazón de Dengue no latía!!

Quitó nerviosamente Bermudez de sobre las costillas de Dengue su negra tecnología. Le miró a los ojos para estimar que aun le miraban, es decir que le veían, y... que por ende no podrían estar muertos... Miró el envés del negro canuto, por si algo le obstruyera. Sopló incluso por las orejeras... Golpeteó las partes rígidas contra el respaldo de la cama y... volvió a aplicar el instrumento... ¡Nada!

Hay veces que uno se quiere morir.

Pero no fue eso lo que Bermudez sintió. Sobrevolaba su brillante calva el halo de la sempiterna sabiduría, aquella que le indicaba sin blandas conjeturas, que los muertos no se mueven sin actuar sobre ellos fuerzas externas, y que... bueno... que hay muchas otras explicaciones para todo lo que pudiera parecer inexplicable.. ¡El ruido ambiente, por ejemplo!

-¡Por favor, un poco de silencio!

¡Nada! Dentro del pecho del paciente parecía haber cesado toda actividad.
Se quitó los tubos de las orejas y aplicó una de ellas justo sobre el locus cardíaco.
Volvió a mirar aquellos ojos negros que bailoteaban por todos los ángulos posibles sin demostrar angustia, dolor o desgano...
Volvió a esperar, como el rastreador, el golpe de los cascos del caballo que se acerca, o que se aleja, tal vez demasiado... y de pronto... Sí de pronto los latidos estaban allí de vuelta. Tranquilos, mansos. Como si nunca hubiesen faltado. Normales.

De inmediato Bermudez peló la libretita y comenzó a garabatear garabatos en hojitas que no arrancaba.
Con un visaje de ojos le hizo comprender a Ernesto que debían hablar en otra habitación, sin testigos,




lunes, abril 21, 2008

517. ¡¡ NO SE TOQUEN !!

Fueron un para de minutos tensos, de espeso silencio, que como dicen, se podría haber cortado en rebanadas, con alguna cimitarra filosa manejada por un brazo enérgico. Se buscaban, recorriendo las dos miradas dobles las imperceptibles huellas de la identidad, que encontraban casi siempre del lado contrario, sin advertir que no se estaban mirando en ningún espejo...
A dos metros de distancia volvieron a tomar aire. Aflojaron poco a poco la pierna de apoyo y.. nerviosamente insinuaron una doble sonrisa idéntica. El recién llegado por último decidió saludar.

-Nunca me habían dicho que tenía un primo. -Extendió la mano.

Pero cuando Manuel empezaba a hacer lo mismo fue que al grito unánime "NO SE VAYAN A TOCAR", saltaron Abelardo y Miguel, interponiéndose entre las dos manos.
El grito hizo que Manuel recordara la anterior advertencia de Miguel, pero Manuel, en cambio y hasta la misma flaca volvió a sentir de nuevo esa sensación del principio cuando el Abuelo había salido del galpón con tanto cuidado de cubrir la abertura de la puerta, como si... Y la actitud de Margarita...

-¿Qué está pasando aquí?

De pronto no le pareció más que fuera posible que dos primos se pudieran parecer hasta tal extremo. Aquello debía ser un truco... Un actor convenientemente maquillado,... una ilución óptica...
Manuel, en cambio, apartó con las manos a los dos temerosos veteranos. Ya se había convencido de que lo que habían estado por hacer no implicaba peligro. No era capaz de explicarlo, ni encontraba razones para estar seguro, pero se acercó de golpe a su otro yo, y con la mejor de las sonrisas llegó hasta él para abrazarlo.
Por supuesto nada ocurrió. Apenas el reconocimiento de sutiles diferencias. Manuel usaba perfume más fino, pero Manuel parecía poseer un poco menos de masa corporal. No usaban la misma pasta dental. Uno con remera roja, el otro con camisa a cuadros. Los dos igualmente mulatos.
Claro que enseguida Manuel quiso saber la razón de tanto misterio y entonces, fue Manuel quién ordenó con una mano en alto que los otros le dejaran hablar a él. La bajó frente a los ojos de Manuel y le pidió que colocara la suya en paralelo.

-¿Ves, son absolutamente idénticas!!
-¿Y por qué...?
-Porque somos la misma persona...

Manuel se rio. Obvservó socarronamente a toda la rueda y metió las manos en los bolcillos como para esperar resignado que la broma llegara a su término, total, lo único que tenía que hacer era ir hasta la casa de este Ernesto Olivera que acababa de salir del galpón. Por lo demás, ya conocía lo inclinado que era su abuelo a dejarse llevar por extrañas historias, al estilo de las que tenía coleccionadas en los viejos cajones llenos de revistas.

-¿Estás pensando en aquella de Mort Cinder, no?

martes, enero 15, 2008

458 HUMANA NEUROSIS

Margarita se encogió de hombros mientras recibía de vuelta el mate que le entregaba Ernesto. Apenas dejó fluir una sonrisa, para que fuera vista por Vittorio y fuese él quien siguiera la conversa.

-Es cierto. El tipo da muestras de una personalidad claramente neurótica. Hace años leí un libro que era un psicoanálisis de Dios, así se llamaba y en contra de mis suposiciones llegó a ser un recor de ventas... Por lo vistoso del título...

-Me hubiera gustado leerlo. ¿Todavía lo tenés?

-En la casa de mi ex... Pero lo podemos conseguir.

-En cambio Mandinga cada día parece más humano...

-¿Querés algo más humano que la neurosis!

-No...

En el silencio Margarita se puso a revolver la bombilla dentro del mate, concienzudamente... como si no estuviese pensando en paralelo el mismo tema de la conversación, que lo estaba, sino que no era su costumbre meterse en polémicas por el significado de las palabras. De chica había soportado demasiadas discusiones pelotudas en el galpón de los inventos de su padre. Ahora... sabía que la sabiduría estaba adentro y no se expresa con palabras. Vittorio continuó:

-Estamos en la misma situación de antes. Después de conocer a Dios resultó que no era Dios. Ahora ellos y nosotros nos preguntamos lo de siempre. ¿Hay, hubo o habrá un ser superior? ...Si a esta pregunta le pudiéramos contestar que sí seguiríamos siendo los chicos malcriados de la historia...

-¿Y si la respuesta correcta fuese no?

-Mucho mejor y mucho peor a la vez... Mejor porque seríamos nosotros los dioses de la creación, no siendo poca cosa ser Dios... Y peor porque caería sobre nuestros hombros toda la responsabilidad del universo. Ya no tendríamos dioses para matar en la cruz ni diablos para echarle la culpa.

miércoles, agosto 15, 2007

367 D'ont Warry Be Happy

Había muchas cosas que sólo hablaba consigo mismo en el lenguaje del silencio. Muchas imágenes que desde muy niño sabía que no correspondían a nada de lo que pudiera conocer en este mundo. Mucho misterio que sin embargo había terminado por aceptar como el escenario natural, aunque estrambótico, donde inevitablemente se seguía desarrollando la historia de su vida, esa que ahora Mandinga venía a afirmar que nadie más que él escribía, aparte de actuarla.

Decidió cambiar de tema.

-¿Y vos de dónde venís…? ¿O acaso estabas escuchando la conversación desde atrás de las paredes?

-No. Ja ja. Anduve un rato por el baile. Te hubieras divertido… Ahora vuelvo para allá. Tengo algunos compromisos pendientes…

Se dio vuelta y atravesó la misma pared de la que había salido, la que al cicatrizarse sobre su espalda recién se terminó de tragar la tonadilla de siempre:

“D’ont warry, be happy”

Bosco apagó la computadora y se levantó de la silla. Iban saliendo cuando asomó la cabeza de Mandinga desde el techo.

-Me olvidaba. En la cueva de El Bosque los estaban esperando. Está muy nerviosa esa gente, todos juntos. Magdalena, tu madre, la familia de tu primo y los Tucus mayores tratando de retener a los jóvenes que se quieren lanzar a las calles a compartir la vida con los humanos.

Dejaron que Bosco devolviera la llave y diera las gracias y los otros partieron de vuelta a la bola con la que remontaron desde entre los árboles como una segunda luna que ya a nadie llamara mucho la atención porque pasara iluminando desde abajo aquellas tristes nubes grises ocupadas en tiritar de frío y de ponerle espaldas al viento sur.

Dejaron a Giorgionne y subieron a Ernesto por más conocedor de la sicología tucu en una de las cuatro bolas que enseguida sobrevoló el país a media altura y velocidad crucero, para llegar al cielo de la costa un rato después de que se hubieran roto los últimos retenes y cuando ya desde el aire se podían ver todas esas manchas oscuras que de un montecito corrían hasta el otro pasando por encima de la ruta que por suerte estaba con muy poco tráncito. ¡Era una inundación de roedores desnudos que se iba extendiendo en superficie como una mancha de petróleo sobre un mar de agua caliente! Indetenibles.

Se sabía que desde un tiempo a esta parte la juventud tucu se venía excitando con la posibilidad de compartir un mundo al aire libre donde se pudiera escuchar y tocar de esa música maravillosa que sale cuando se mezcla el rock con el candombe. Claro, desde las más superficiales galerías escuchaban a veces –gracias a sus prodigiosos oídos- con mediana fidelidad lo que venía de afuera. Pero lo bueno sería estar afuera y escucharlo con toda la pega y hasta aprender a bailar, que no digamos cantar… Se sabía también que entre los tucus jóvenes aquella enseñanza de los mayores que les prevenía de los instintos cazadores de los humanos, no gozaban de buen predicamento. Decían los jóvenes: “Los viejos son tan cobardes que nunca se han atrevido a salir de la cueva.”

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

lunes, agosto 06, 2007

360 ¿No pasa más nada?

Queridos Internautas:

Hace días días que no me llega Bartolo con su sobre. Estoy empezando a preocuparme. Tampoco he podido encontrar noticias uruguayas que me expliquen si algo malo pasa. Todo lo que encuentro es de fútbol, cosa que en plena revolución, parece ser lo único importante… Porque…estábamos en plena revolución anarquista, o no? Yo lo he creído todo este tiempo y he maldecido la condición que me obliga al ostracismo y a perderme de estar en la primera línea. pero por lo que sea, no he podido ver más que unas cuantas bolas paseadse de nube en nube, a las que tomé siempre como la prueba incuestionable de la veracidad de la historia que les transcribía. Aquí sigo estando, en mi cabaña y mi cerrito sin que nada haya cambiado. Aquí nunca pasa nada, por eso mismo elegí este lugar para sobrevivir. Pero allá, donde ustedes habitan esa abigarrada existencia de humanos con humanos…¿Qué ocurre?¿ No podríamos ahora hacer la comunicación a la inversa?

Que ustedes me contaran a mi toda noticia que tengan sobre la revolución anarquista uruguaya. ¿Continúa en marcha? ¿Qué ha sido de Manuel, la Magda, el Cholo, el Dengue y los demás?

Me voy a poner a la escucha. Espero vuestras noticias.

E.E.V.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

martes, mayo 08, 2007

291: Por Quinientos Pesos.

Un largo silencio, durante el cual los impetuosos temblores que recorrían la flacura de Manuel fueron disminuyendo poco a poco hasta que, al desaparecer, devolvieron el valor al muchacho como para intentar el descenso desde aquella inestable tribuna. Estaba en eso, flexionando ya las piernas para saltar desde la mesa al suelo cuando un nuevo clamor se levantó desde las gargantas. Sobre las copas de los altos eucaliptos del fondo, venían avanzado tres bolas en silencio. Parecían inmensas y su blancuzca imperfección les daba una realidad, casi imposible de creer ingrávida… Pero no caían ni emitían sonido alguno, sólo se acercaban a la vertical de dónde aun estaba Manuel tratando de bajarse de la mesa y una vez encima completaron un pequeño círculo y después otro mayor antes de alejarse aceleradamente en direcciones equidistantes.
Manuel habló con quienes tenía cerca, pidiéndoles que repitieran, que no esperaran nada de él, ni de las bolas ni de nadie. Que tomaran todo en sus manos, que resolvieran como mejor les pareciera todo… que hablaran entre ellos y se pusieran de acuerdo… Y sobre todo, que no reconocieran otra autoridad que la de ellos mismos.
Esas flacas palabras fueron repetidas de boca en boca, de oído en oído y de corazón en corazón. Fueron afirmadas por movimientos de cabezas y por golpes de puños en los pechos. Por abrazos entre gente que antes no se había conocido, aun siendo vecinos, separados por quinientos pesos más en los sueldos o techos de tejas en vez de chapas. Entre aquellos que alguna vez fueron amigos, hasta que dejaron de serlo, apartados por el afán del lucro, el orgullo de una profesión o el pretexto de la política… Por un momento se olvidaron de Manuel. Caminaron en grupos sin dejar de conversar sobre las mil cosas en las que estaban de acuerdo. Sobre las tantas que quisieran cambiar y que tal vez no fuera imposible, si cada cual hablaba con el corazón y el cerebro y no con el hígado y el bolsillo…Porque ahora… ¿Qué cosa nueva habían comprendido que no supieran de antes…? Sí, había una cosa nunca antes tenida en cuenta. La sencillez de la verdad. La pura desnudez de sus simples existencias que una y otra vez, porfiadamente, se habían afanado en complicar con los pretextos del progreso, los merecimientos y las virtudes. Ahora volvían para sus casas desvestidos de pretensiones, contentos de ser iguales, descargados de ansiedad. Lo habían visto todo en los ojos de Manuel, ese muchacho pobre y desgarbado que subido al pedestal no quiso otra cosa que bajarse para meterse entre la gente a ser, como todos, uno más.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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lunes, mayo 07, 2007

290: EL SILENCIO COMPARTIDO

En San José de Carrasco, frente a la farmacia de Miguel, se estaba juntando mucha gente. También en Gianastasio y Becú, pero la noticia de la mayor concentración de allá, iba llevando a los caminantes y pronto el tránsito quedó cortado enseguida del puente. Eso no lo contó Julieta, sino Vittorio que había aparecido casi corriendo con la noticia del ultimátum que su mujer le había transmitido por teléfono. O volvía al hogar de inmediato a hacerse cargo de la conmoción familiar, el desconcierto de sus hijos –eran dos- y la congoja de su compañera o -podía elegir- que ya no volviera.
Manuel le dio consuelo. Que viniera con ellos a ver lo que estaba sucediendo y del otro lado de la muchedumbre se tomara algún ómnibus de los que hasta allí llegaban desde Montevideo. Eso le volvió la sonrisa a la cara, el entusiasmo y las ideas. Porque después de todo, el movimiento iniciado iba a necesitar una cabecera de puente en la capital, o mejor dos, porque también Pepponne luchaba desde hacía días con su deberes parentales, aunque se olvidara de toda otra obligación o compromiso laboral.
Ni quince minutos demoraron en llegar al puente. De ahí en adelante había que pedir permiso para avanzar entre la gente y arrimarse a la veredita de la farmacia donde ya con la voz bastante gastada Miguel peroraba levantando las manos por sobre sus escasos pelos. En eso estaban, pidiendo permiso y caminando como hormigas demasiado cargadas cuando alguien gritó el nombre de Manuel por sobre las cabezas. La multitud contestó con un clamor que fue creciendo mientras muchos brazos le subían en andas y le llevaban junto a Miguel. Trajeron una mesa y sobre la mesa una silla donde le colocaron en problemático equilibrio por encima del oleaje sonoro que la repetición de su nombre sin acuerdo ni orden producía. Desde esa altura pudo ver los lejanos límites de la asamblea más allá del entronque con Aerosur. Se sintió abrumado por saberse el sujeto de semejante clamor. Se salió de los límites temblorosos de su cotidiana estampa y de pronto estuvo en todas las gargantas y la espuma hirviente de las voces que no cesaban de arrullar un nombre que ya no le pertenecía. Cerró los ojos. Llenó el pecho no de aire sino de ese algo luminoso y vibráctil que sentía expandirse como una gigantesca burbuja de emoción compartida. Levantó las palmas de sus manos sobre ella y supo que iba a decir algo.
-Somos los dueños de este planeta.

No lo había gritado. Ni siquiera había hablado fuerte y sin embargo la multitud se recogió en el silencio que entre todos habían inventado.
(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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