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jueves, octubre 02, 2008

605. SONRISA SOCARRONA

La prédica paternal había levantado notablemente el espíritu a Mandinga, pero a la postre volvió a sus consideraciones personales. Sabía que nada de lo anteriormente dicho se aplicaba a su caso. No importaba que él tuviese toda la convicción del mundo sobre su punto de vista. Ni que Satanás supiera esto y mucho más, por conocerlo de toda la vida. Por haber intentado ya hacerle caer en varias trampas. No importaba. El suyo era un caso especial. Por ser mandinga compartía con todos los mandingas un rasgo que a los satanases les sacaba de quicio. La actitud desdeñosa frente a la vanidad. Mil veces, en aquella compartida infancia, le había querido impresionar con habilidades y poderes propios de su estirpe, que estaba aprendiendo a dominar; sin obtener otro resultado que una sonrisa socarrona. La suya de siempre, que nunca significó verdadero desdén por los logros ajenos, sino por la teatral pretensión conque eran presentados. A veces había entrevisto que aquellas artes malabares podrían llegar a ser peligrosas en manos de alguien tan egocéntrico. Apenas adolescente manipulaba las imágenes del contorno con habilidad prodigiosa, haciéndole ver a cualquiera engañosas apariencias, trastocación de lugares e intercalación de objetos, de modo que todo tomaba de pronto el aspecto de un colage hiper-realista y a la vez abstracto. Manejaba también la gravedad, o al menos el peso de los objetos cercanos. Lograba encender fogatas con solo dirigir su mirada y su intención sobre algo. Dominaba animales con el pensamiento... Pero él, tonto mandinga, nunca le festejaba suficientemente las gracias, despertando, sin saberlo, aquel viejo estigma de los arrojados al fondo del pozo. Para peor, después aquella famosa cena de la Alianza Satánica, de la que ya habían hablado... En fin, había terminado siendo el objeto de su odio, algo así como su sombra.

Cuando se pudiera desocupar de los problemas de la guerra volvería por él.



lunes, abril 21, 2008

517. ¡¡ NO SE TOQUEN !!

Fueron un para de minutos tensos, de espeso silencio, que como dicen, se podría haber cortado en rebanadas, con alguna cimitarra filosa manejada por un brazo enérgico. Se buscaban, recorriendo las dos miradas dobles las imperceptibles huellas de la identidad, que encontraban casi siempre del lado contrario, sin advertir que no se estaban mirando en ningún espejo...
A dos metros de distancia volvieron a tomar aire. Aflojaron poco a poco la pierna de apoyo y.. nerviosamente insinuaron una doble sonrisa idéntica. El recién llegado por último decidió saludar.

-Nunca me habían dicho que tenía un primo. -Extendió la mano.

Pero cuando Manuel empezaba a hacer lo mismo fue que al grito unánime "NO SE VAYAN A TOCAR", saltaron Abelardo y Miguel, interponiéndose entre las dos manos.
El grito hizo que Manuel recordara la anterior advertencia de Miguel, pero Manuel, en cambio y hasta la misma flaca volvió a sentir de nuevo esa sensación del principio cuando el Abuelo había salido del galpón con tanto cuidado de cubrir la abertura de la puerta, como si... Y la actitud de Margarita...

-¿Qué está pasando aquí?

De pronto no le pareció más que fuera posible que dos primos se pudieran parecer hasta tal extremo. Aquello debía ser un truco... Un actor convenientemente maquillado,... una ilución óptica...
Manuel, en cambio, apartó con las manos a los dos temerosos veteranos. Ya se había convencido de que lo que habían estado por hacer no implicaba peligro. No era capaz de explicarlo, ni encontraba razones para estar seguro, pero se acercó de golpe a su otro yo, y con la mejor de las sonrisas llegó hasta él para abrazarlo.
Por supuesto nada ocurrió. Apenas el reconocimiento de sutiles diferencias. Manuel usaba perfume más fino, pero Manuel parecía poseer un poco menos de masa corporal. No usaban la misma pasta dental. Uno con remera roja, el otro con camisa a cuadros. Los dos igualmente mulatos.
Claro que enseguida Manuel quiso saber la razón de tanto misterio y entonces, fue Manuel quién ordenó con una mano en alto que los otros le dejaran hablar a él. La bajó frente a los ojos de Manuel y le pidió que colocara la suya en paralelo.

-¿Ves, son absolutamente idénticas!!
-¿Y por qué...?
-Porque somos la misma persona...

Manuel se rio. Obvservó socarronamente a toda la rueda y metió las manos en los bolcillos como para esperar resignado que la broma llegara a su término, total, lo único que tenía que hacer era ir hasta la casa de este Ernesto Olivera que acababa de salir del galpón. Por lo demás, ya conocía lo inclinado que era su abuelo a dejarse llevar por extrañas historias, al estilo de las que tenía coleccionadas en los viejos cajones llenos de revistas.

-¿Estás pensando en aquella de Mort Cinder, no?