lunes, noviembre 28, 2011

860. Bajo la pata del poder.

 Bien, cuando el Play falla buenas son las palabras escritas. Después de todo no fueron tantas las que Abelardo envió, Mandinga mediante. Algo así:

-"Manuelito, muchacho, no te olvides de tu misión." 

Bastó eso para que Manuel cambiara de talante pasando del relax anterior a una actitud casi beligerante. No estaba dispuesto, dijo, a seguir dejando que otros, aunque fuera su  mismísimo abuelo, pretendieran escribir el libreto de su propia vida. No lo estaba. Y además no creía en el destino. Ni en la predestinación, ni en la existencia de personas imprescindibles para cualquier cosa.

-Después de todo, concluyó, si la gente quiere vivir bajo la pata de los poderosos, que lo haga... ¿O acaso no creemos en la libertad?

Mandinga se contuvo. Magda también. Aunque cada uno por una razón distinta. Mandinga porque la nave había empezado a hacer bamboleos a izquierda y derecha sin que se le hubiese dado la orden. Magda porque temía aumentar la intensidad de las ondas discordantes que estaba recibiendo. Por eso abrazó a Ulyces y le recogió sobre su costado justo en el momento que éste comenzaba a llorar.

Manuel dijo la orden de volver a casa. No lo pensó para ser escuchado por la bola. Se lo dijo a Mandinga, respetando su condición de piloto pero usando un tono tajante.

-Volvemos a casa.

Ahora sí Mandinga  se animó a sugerir que antes del retorno, y ya que estaban sobrevolando la zona, bajaran unos minutos sobre la Cordillera de los Andes a comprobar la notable disminución  de los hielos en los picos.

-Estas gentes se están quedando sin las aguas del deshielo.

Lo de Manuel fue terminante, que rieguen con coca cola, dijo. Evidente sarcasmo nacido de su creciente mal humor. No soportaba tampoco que la reyerta de ideas de afuera se le estuviese metiendo en el corazón de su cerebro. Y eso estaba ocurriendo. El deber ser peleando con el querer ser. La idea de que si descubrimos en nosotros una condición necesaria para ser el líder de una revolución que liberaría a la gente, debemos reconocer que los otros nos necesitan, aun sin saberlo. Contra la idea de que cada tarado piensa que sus ideas son la mejores para los demás.
Sin dejar de poner en duda el mismo concepto de deber.

-Mi vida la escribo yo.





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