miércoles, octubre 19, 2011

841. Caldera China



Una vez adentro Magda afirmaba que el hombre tenía ojos fosforescentes, pero... tal vez no los tuviera. Lo describía como una talla hecha en un sólo tronco de árbol. Inmóvil y silenciosa bajo el vendaval. La puta que lo parió. El susto que les había dado!

Pero de seguro se trataba de un habitante de otro mundo. Nunca un humano común, es decir nacido aquí, se iba detener bajo la tormenta, apenas para espiar una pareja amándose sobre el pasto sin importarse de nada.

Al revés- objetó Manuel-.

Porque si bien era éste un mundo muy tranquilo, adecuado para que ellos criaran el niño, también era, para qué negarlo, un lugar donde la mayoría de la gente permanece mal entretenida.

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Está todavía sin ropas, en la cocina, intentando calentar agua para hacer café. Encuentra la caja de fósforos, la quiere abrir, lo hace al revés y..., ¡la puta!, todos los fósforos caídos sobre el piso.

¡Qué boludo!


La risa de la flaca, llegó desde la espalda, junto con un par de manos que lo volvían a recorrer... y sobre el techo la lluvia reiniciaba.

Aproximadamente eran las cuatro.

Demasiado tarde para tomar un café y volver a la cama y demasiado temprano para decir que ya no se acostarían. O algo así.

Que fue lo que hicieron. Algo así como olvidarse del agua sobre el fuego y deslizarse, uno enredado en el otro, hasta el suelo, a seguir amándose y besándose, sin miras de ir a dormir.
Claro que la caldera china empezó a chiflar tan fuerte su vapor saliendo, que un poco antes de que se secara el agua y se fundiera el metal una mano cerró el pase de gas para que no jodiera.

Arreciaron los truenos y los relámpagos. Cayeron estalactitas radioactivas desde el cielo. Los guacamayos rojos parlotaron con los papagayos verdes. Se volvieron a abrir las ventanas con el viento. El sudor sustituyó al perfume. El trueno volvió a retronar y lanzó oleadas de lluvia al más y más.

¡Que noche!








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