lunes, julio 17, 2006

25 - Los Balcones de la Casilla

Por supuesto Chumbo no entendía nada. Miraba a Manuel estudiándolo, ahora sin reír. Pero vos, ¿en qué andás? ¡Vos andás en algo…! Esos tipos te quieren sacar un dato…
-Sí, ha de ser así. Pero yo no ando en nada. No sé por qué piensan que…
-Y como te dieron la catura?
-No, yo aparecí adentro del armario…de ellos…
-Pero, para qué te habías metido ahí?
-Yo no me metí, me metieron.
-¿Quiénes?
-Y yo qué sé!
Ahora sí, el Chumbo largó la carcajada. Se había fumado medio caño y estaba en lo de reírse. Se reía y repetía: Más firme, más firme! Y volvía a retorcerse de risa.
El ambiente era algo estrecho. Cama, espacio, taburete, espacio, cuero de zorro desplumado, espacio, salamandra y demás comodidades. También una mesita con TV y un armario de dos puertas. La bici de Manuel había quedado acaballada en la salamandra para no ocupar el lugar de la reunión entre un costado casi todo forrado de tablas y el otro de chapa desnuda que a ellos parecía alcanzarle y aún sobrarle. Las carcajadas del Chumbo resonaban como rebotando en lejanas paredes y podría tener la casilla, tal vez balcones abiertos y extendidos sobre las amplias avenidas o las ramblas concurridas de gentes ociosas y divertidas ocupadas de pleno en el goce de la vida…Pero ellos…ellos también participaban de tal holgura dentro de ese espacio virtual de dos por tres metros, menos la salamandra, por ahora apagada puesto que otro era el calor que a ellos animaba.
Y yo qué sé. Repetía el chumbo imitando a su amigo que a su vez reía tontamente sin haber fumado casi pero de pura borrachera de compartir ese amplio momento en el mejor de los mundos…
¡Pero el Chumbo es ladrón! Dijo una voz de hielo rozando la oreja de Manuel y corriéndole el escozor por el pescuezo y a lo largo del teclado de las costillas hasta el vacío del estómago. Corazón a contrapique cayendo desanimado en caída libre por pérdida de sustentación, pistoneando al pedo, rasposamente haciendo un carraspeo de pecho pedante para después en algún momento hablar palabras que fueran las definitivas que dejaran el tema saldado y concluido…¡Cagatinta!
Ladrón, sí, como él mismo lo dice sin ocultar el rostro. Como todos, ladrones de dinero y alhajas, de bancos y pasacedés, de caramelos chupados y transatlánticos, de medias agujereadas y sucias y de enteras vidas humanas…
Ladrón sí, el Chumbo. Pardo jetón y pómulos inclinados que arrastran los ojos zorrunos y pestañosos levantándolos por los bordes aguzados en la complicidad de una risa que se comienza a extender de horizonte a horizonte…¡Me cago en Dios! Que ya a Manuel ni le importa si el Chumbo es tan ladrón como él dice ni si anda con fierros como dicen los que una vez fueron sus amigos y muchos hoy, bañaditos y bien vestidos, prefieren olvidar.
No le importa si es ladrón porque ahora Manuel está sabiendo que él mismo, sin haber robado nunca es tan ladrón como cualquiera que extiende su mano y toma lo que necesita sin considerar ni pedir permiso a los que construyen corrales de espinas para encerrar en ellos todo lo que jamás podrán disfrutar, sólo por el placer de impedir que otros lo hagan. Una manera como tantas de ser importantes y progresar en la vida.
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