miércoles, octubre 28, 2009

752. Veinte mil voltios de pensamiento

Fue al cabo de uno diez minutos que el primero se levantó de sobre el pasto. Ernesto Federico de Oliveira e Souza. Acomodó un poco su ropa, e irguiendo la cabeza como un voluntario que se dispone a enfrentar al dragón, comenzó a dar pasos rumbo a la puerta de su casa. El segundo, Manuel. El tercero, Don Miguel. Después los otros, cerrando la fila Bermúdez, quien caminaba detrás del tucu, observando distraídamente el bamboleo de su cola.
Adentro hicieron cola también para bajar la escalerita y reunirse en el apretado espacio libre del sótano, frente al hipercubo que no había sido desconectado de su fuente de poder. Don Miguel lo hizo y extrajo del agujero lateral de la base el largo tubo de plasma. -¿Helio?- Preguntó a Ernesto.

-Helio.
-¿Tensión máxima?
-Veinte mil voltios, aproximadamente.
 
Ernesto estaba abriendo las puertas de lo que había parecido un simple armario y que enseguida mostró en su interior un infierno de cables y  pequeñas luces que se encendían y apagaban en serie.

-¿El suministro eléctrico es seguro...?
-Sí, tengo un generador propio que se encendería automáticamente en caso de corte...
-Bien... Primero hagamos un ensayo de aproximación...

Manuel y Úrum dieron el paso al frente mientras el viejo volvía a levantar la palanca de la llave.
Cuando volvió a enfrentarlos parecía diez años más viejo. Hablaba con voz inaudible, pausadamente como para no agotar las últimas energías. Dijo que prefería iniciar con el señor tucu, porque éste acababa de venir del lugar al que se suponía deberían enfocar el canal de dimensiones expandidas, aunque pudiera ser que el sistema nervioso del señor no funcionara de un modo del todo idéntico al de un humano y... Pero se abstuvo de continuar esa línea. Era necesario que el sujeto tuviese una idea lo más clara posible de cual debía ser su destino. Imaginarselo, verlo con antelación , no sólo como una fotografía, sino además como una vivencia. De alguna manera su mente se debía adelantar a los hechos, generando así la matriz a la que los campos de la máquina se iban a adaptar.
Pidió por último a Úrum que asomara la cabeza, solo la cabeza, por el frente del cubo y la retirara en cuanto tuviese algo para contar, fuera éxito o fuera fracaso.



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