martes, octubre 20, 2009

748. Todas Las Noches

Dengue y Magda pudieron apreciar que a partir de ese momento Don Miguel comenzó a cambiar de actitud y de tono. Tal vez era resignación, pero pareció que la angustia sedía. Aquel rostro de arrugas severas se iba ablandando poco a poco y, al cabo de algunos instantes de silencio, ya comenzaba a volcar la memoria en grupos de palabras adecuadas a cada recuerdo. Tu abuelo- dijo- más que valiente era audaz.- Lo decía con un resto de temor todavía en la frente. Que lo era tanto en lo personal como en lo intelectual. Rara mezcla de aventurero con genio de aquellos capaces de inyectarse la propia sustancia inventada y registrar las taquicardias en una bitácora cronómetro en mano. Tu abuelo...- repitió- Y al volver a decirlo ya lo decía de otra manera.

-...era una persona admirable que no dudaba en asumir los más extremos riesgos...

Levantó entonces los ojos al relumbre de la hipotética llama de la hoguera.

-No sabíamos si aquello pudiera generar radiaciones mortales o retorcimientos dimensionales que pudieran aplastar a un organismo vivo... No lo sabíamos. Lo pusimos en funcionamiento la primera vez y de inmediato me dio instrucciones para que en caso de que su cuerpo mostrara indicios sospechosos, le retirara de allí. Porque lo que hizo de inmediato fue meter la cabeza por el frente del cubo...y
mantenerse allí asomado por un par de minutos. Demasiado tiempo para mis nervios que desde ese momento comenzaron a llenarme de culpa y de arrepentimiento... Después... se hizo rutina. Todas las noches, después del cierre de la farmacia nos reuníamos en el depósito del fondo y encendíamos los interruptores para que el engendro llegara al nivel de energía necesario.

-¿Como lo manejaban?
-Eso fue gradual... Quiero decir, intuitivo...
-¿No formaba parte de la teoría?
-No... Abelardo se fue dando cuenta de que...
-...dependía de lo que pensara?
-¡Eso! Pero.... ¿Cómo lo adivinaste?

Ahora el anciano reía. Parecía rejuvenecer.

-Por eso mismo nunca dejó que yo metiera la cabeza. Decía que con el susto que tenía quién sabe hacia qué séptimo infierno me llevaría el...cubo...El desarrollador dimensional, como le llamábamos.
-¿Y él, que decía ver del otro lado...?
-Al principio poca cosa. Colores y luces que le rodeaban en movimiento, pero luego contó estar viendo un mundo tan idéntico a este que por varios días pensamos que nos habíamos equivocado y que... Bueno, que habíamos inventado, sin querer, una nueva forma de televisión, ja ja... Claro que pronto parecieron las diferencias. Un día vió que un pelotón de soldados armados a guerra volteaba ese portón del frente y ametrallaba a un grupo de gente que en este jardín compartía un asado. Sacó su largo cuello apenas a tiempo para no ser alcanzado por las balas...
Publicar un comentario en la entrada