sábado, octubre 24, 2009

751. Un muerto relativo

Y entonces fue el silencio. Cuando se ha hablado lo suficiente corresponde callar. Ninguna palabra podría agregarle algo a lo consabido y sólo en el silencio de cada cual se preparan las acciones verdaderas.

Sabía Manuel que su vida iba a volver a desparramarse por la anchura del multiverso, como Don Quijote en un mundo que no comprende pero quiere enderezar. No iba a olvidar esta Tierra natal, que recién ahora empezaba a comprender como una más, entre millares, cada una con sus virtudes y sus defectos... No la iba a olvidar, tanto que, por supuesto iba a querer volver de tanto en tanto pero...,  ¡Qué emoción pilotar otra vez las hermosas bolas de cartapesta y derribar a los estúpidos ángeles dorados! ¿Ayudar a extender los territorios liberados del despotismo de los poderosos! ¡Las fiestas populares donde todo el mundo es igual! ¡El trabajo en común! ¡El amor al aire libre!

Don Miguel, en cambio sufría una tremenda batalla interior. Sabía que no le quedaba alternativa. No otra alternativa que ayudar a hacer funcionar el Desarrollador Espacial hasta sus máximas posibilidades, y que para eso, el único camino era implicar toda su capacidad mental y emocional. Justamente lo que se había jurado no intentar nunca más. Debería vencer su horrible miedo a la muerte, a los muertos, a los espíritus... Porque bien sabía que lo que más le aterraba de todo eso era volver a encontrarse con su viejo amigo, ahora muerto. Vivo tal vez, como decía el muchacho, pero muerto. Él le había visto muerto. Pálido y rígido, sin exhalar aire por las narinas. Aunque la muerte se pueda definir como algo relativo. Aunque la vida no sepamos lo que es... Allí tenía el patético retrato de un amigo muerto, detenido fuera del paso del tiempo, separado de su sonora risa y de sus bromas. Inerte. Sumergido en los abismos más oscuros.

Magda comprendió que las cartas estaban echadas. No tuvo dudas, ella también era parte de la historia. Si Manuel cruzaba la frontera de los mundos, ella iría con él.

Dengue hubiera sido incapaz de resistirse. ¿Qué sentido podría tener la vida sin amigos?

La mente de Ernesto comenzó a maquinar planes, provisiones, traslado de elementos hasta su estudio, tal vez tendido de nuevas líneas de corriente eléctrica.

Bermúdez seguía con la mente en blanco.

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