domingo, enero 31, 2010

785. Rojos bosquimanos

Ni que decir que toda esta verborragia del duende le cayó a Manuel más pesada que una comida indigesta. Estaba completamente harto de tantas objeciones. Las ajenas y las propias. Las dudas eternas sobre la realidad de sus experiencias y hasta de su existencia. El duende negaba la suya con el donaire de un petulante, sin importarle que la negación se pudiera extender como reguero de pólvora que consumiese toda la realidad desde el inicio de los tiempos hasta el punto omega de la última perspectiva.
Por eso decidió dejar al barbudo con la palabra en la boca y volver a la reunión, donde le esperaban la flaca y estos nuevos amigos con los que estaban a punto de iniciar la nueva aventura: "El rescate de los aborígenes".

Dio vuelta sus pasos queriendo volver hacia la puerta del galpón, pero no vio ningún galpón, ni casa ni lugar conocido alguno. Lo que vio le petrificó las entrañas. Hacia adelante, en una planicie demasiado plana para cualquier gusto, se extendía un desierto pintado de rojo por un sol que tal vez estuviese ocultándose en el horizonte, o tal vez saliendo... Un desierto infame, hecho con mal gusto por una computadora mal programada. Liso, excesivamente liso y compuesto -lo supo- por teratrillonadas de granos exactamente idénticos y exactamente nivelados al gusto de una maestra histérica. Ni un yuyito moribundo siquiera, ni una mosca perdida, ni un arbusto seco, una espina de abrojo o tal vez una antigua huella. Nada. Ni una brisa, un sonido o una sombra... Agónicamente decidió no aceptarlo. Lo declaró truco y tanta fuerza hizo por encontrarle la falla, que pronto la planicie comenzó a ondularse en el silbido del viento que rasaban las dunas rojas hasta allá, donde aquel pequeño grupito de hombres diminutos -bosquimanos se dijo- parecían saludar con manos en alto al más joven que, bastante más cerca, les atendía sin dejar de descansar su mano en la madera del arco que llevaba enhebrado en su hombro. Claro que no entendería nada de lo que pudiera decirle porque se trataba de una persona real que recordaba haber visto en una fotografía del National Geographic que había ojeado un rato antes dentro del galpón.
Caminó hacia él y justo cuando levantaba la mano para tocarle como saludo, él giró el torso y le miró con aquello que en realidad no era una sonrisa pero se parecía. Tan serena era la expresión de aquel rostro, que se podría decir que sonreía con toda su superficie y con todos los rasgos a la vez. Pero además... estuvo lo áspero y cálido que había por un momento rosado su conciencia en ese lugar apto para organizar las palabras. El muchacho, porque era un muchacho menor que él, pensaba en algo que quería decirle y que no tardó en manifestarse en movimientos de los labios y de la lengua que por varias veces se vio brillar detrás del borde de los dientes. Y el sonido...
Claro, hablaba en bosquimano.
Pero los ojos, por una chispa de tiempo se habían desviado de la línea, como siguiendo la trayectoria de una pelotita de ping pong y vuelto a mirarle, dejándole tiempo para que comprendiera que el desvío indicaba la dirección aproximada en la que deberían caminar juntos si es que decidía aceptar la invitación.
No le quedaba alternativa.

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