domingo, diciembre 20, 2009

770. Salamín con queso

Contestar la pregunta tan así de sopetón hubiese significado tirarse al agua desde mucha altura, sin haber podido averiguar demasiado, ni siquiera lo suficiente para saber si aquellos rockeros bien afeitaditos y harto perfumados, eran sin embargo rockeros en serio, de los que nunca podrían estar al servicio de una sociedad represora y sistemáticamente encuadrada en la ideología del progreso sin límites a cualquier precio.
Abría Manuel la boca para decir algo, que por supuesto no iba a ser demasiado claro, cuando el galpón comenzó a crujir desde su base con evidente propósito de venírseles encima con todo. Magda dejó que su cara expresara el temor que en realidad sentía por lo que Manuel fuera a decir. Manuel se cubrió la cara con el brazo como si creyera que aquello daba para tanto, y los rockeros quitaron a todo importancia con levantamientos de hombros y gestos manuales de espantar moscas.
Era que se había levantado viento otra vez, aunque al parecer ahora no llovía....

¿Pero... por qué extraña razón sintió con el crujir de las maderas del galpón un sentimiento antíguo de añoranza, casi de angustia? Como si el esqueleto de pronto le amenazara con licuárse, y el ánimo, su buen ánimo de siempre, le comenzara a flaquear de una manera que... ¡Como si no creyese más en sí mismo! Como si el espíritu le abandonara y lo que quedara de él tendiese a desplomarse en cualquier piso o cosa que impidiese una ilimitada caída...

¡Como si estuviese muerto de hambre!

Eso mismo. Como si estuviese, porque efectivamente lo estaba, y ahora que su mirada había encontrado al acaso, en un rincón poco iluminado del ambiente, sobre una tabla de picar y al costado de un hermoso cuchillo de caza con mango de hasta (posiblemente de ciervo), aquella escena central compuesta de un generoso trozo de salamín, apenas empezado, y otro de igual talante, pero de un queso cuyos múltiples hoyuelos parecían sonreír simpáticamente... Ahora lo comprendía sin lugar a dudas!

¡Estaba muerto de hambre!

Claro, ya ni recordaba la última vez que había puesto comida dentro de su boca. En este mundo no, por cierto. Y en el anterior... ¿cuando? Además de que el tiempo fuera algo tan relativo... Ni siquiera sabía en qué año estaba pisando el piso y respirando el aire... Tal vez, ja ja, fuera cierto que hiciera años que no comía, pero... Aquella escena bucólica que contemplaba se le estaba subiendo a la cabeza y comenzaba a hacerle perder el equilibrio, además de traspirar y tartamudear, porque mientras tanto, se había puesto a decir pavadas sin ninguna clase de propósito ni control.

-¿No nos convidarían con un cacho de salamín con queso?

Esto terminó de aventar cualquier duda que los rockeros pudieran mantener sobre ellos.

Un muerto de hambre en cualquier mundo es un compañero.

Acomodaron unos cajones en el centro del espacio y sobre ellos colocaron una puerta ciega que descansaba apoyada sobre un costado. Trajeron la tabla con los objetos adorados por la mirada de Manuel, y de otro lado un botellón con vino y un pan flauta que enseguida estuvo cortado en rodajas, otro salamín y por el aire la voz de B.B. King cantando un blue... Cajones menores sirvieron de asientos.

Viejos amigos.



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