jueves, diciembre 10, 2009

767. Una noche perfecta


Siguieron hasta la noche intercambiando información. Sobre los SuperHombres unos, y sobre las otras humanidades los otros.
La lenta pero inexorable evolución de una parte de la humanidad hacia una concepción del progreso contínuo y acelerado, única razón de toda existencia y única justificación para respirar el aire y pisar el suelo. Incluso las posesiones habían pasado a un segundo plano desde que la realidad se había ido haciendo más y más virtual. También el equilibrio con la naturaleza. Nada había importado, ni podría importar más que el próximo progreso, la nueva conquista que, un año fuera el desarrollo de las nanotecnologías y al otro la vida artificial o la fusión atómica.
Ya el clima se había vuelto un caos absoluto. Miles de especies agonizaban o se habían extinguido, dejando lugar a otras que se multiplicaban llenando los huecos o aparecían aparentemente de la nada. Seres con características impredecibles, desconcertantes, a veces letales, a veces admirables, Se estaban sucediendo alternados ciclos de plagas planetarias. Langostas que perciben las ondas electromagnéticas. Cucarachas antropófagas. Moscas saltarinas. Ranas fosforescentes capaces de imitar la voz humana. Pero también enfermedades mucho más mortíferas que cualquier tipo de cáncer.
Por su parte Manuel contestó todas las preguntas que pudo sobre las características de los otros mundos sin lograr que comprendieran su idea de la intrínseca imperfección del Universo, por mucho que insistiera en la misma idea expresada de diversas formas.

-Lo imperfecto evoluciona porque está en desequilibrio...

En eso fue que Dengue volvió con un amigo que se había hecho, desde el mirador que arriba tenían dentro de un tronco hueco de nogal.

La noche se había cerrado sobre el vecindario. Era de suponer que los lavavajillas terminaban su tarea, las camas atemperaban ya las sábanas, los televisores 3D reconvinaban sus cuatro tipos de argumentos con sus cincuenta ambientaciones históricas y algunas variantes al azar. El camino estaba libre. Ni siquiera sonaban cantos de grillos. (se habían extinguido veinte años antes).

Manuel tomó a Magda de la mano y juntos fueron hacia la escalera caracol.

Cincuenta escalones. Una tapa que levanta su apariencia de pinochas incrustadas en arena. Dos bultos oscuros que se apean entre los árboles.

Era una noche serena aunque un tanto fría. La lluvia había cesado por completo y entre la ramazón de los pinos trozos de un rompecabezas de luna jugueteaban a cambiarse de lugar. Ellos rieron. El frío no hacía otra cosa que cosquillas en sus cuerpos jóvenes. Tuvieron ganas de besarse y lo hicieron sin llegar a verse. Labios encontrando labios. Tactos a lo largo de las pieles. Respiración...

Pero tenían que comenzar a colarse a los patios de las casas, casi todas iguales, a los patios, semejantes, en busca de alambres que sostuviesen ropas colgadas, como siempre se había hecho, y elegir entonces lo que pareciera más conveniente.
En el primer patio apenas encontraron colgadas dos sábanas y algunas toallas, En el segundo no había alambre. En el tercero un perro dormido. En el cuarto...

¡Ya nadie lavaba la ropa!

Volvieron al primero, se vistieron con sábanas y salieron a la calle antes de llamar la atención. Ahora se veían, pero ¿qué hacer?


























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