lunes, diciembre 07, 2009

765. Inmundas Alimañas

Tan compuesto se mantuvo Manuel escuchando lo último, que nadie hubiese supuesto que su corazón acababa de dar un brinco al sentir el nombre completo de Ernesto, otra vez como guía y benefactor de un grupo que pretende salvar la dignidad humana. Lo recordó en imágenes de cuando cayera el, aquella vez, por las galerías de los tucus, salvándose de la encerrona que le prepararan los ángeles. Y volvió a verlo aparecer, semi cubierto de pieles salvajes, como un supuesto hombre de las cavernas, que sin embargo tenía en un rincón de la cueva un sistema completo de rastreo electrónico, con el que acababa de adelantarse a la trampa celestial... Y después aquella droga inocua que tomó y casi le mata. Y otras cosas... que siguió viendo en secuencia, mientras seguía estirando con lentitud aquel mechón de cabellos de Magda, que mantenía entre los dedos de su mano sobre el hombro de ella.
Por otra parte Dengue nada dijo, quizá por no haber entendido que estaban hablando de la misma persona que le sacara de la miseria y le escuchara con tanta atención como nunca nadie en su vida, ni siquiera Manuel.
Magda sí entendió, pero no quiso interrumpir.

Las historias fueron interrumpidas por Erika, La Lagarta, quien reclamaba atención sobre la idea de que algo se debería intentar para el rescate de los compañeros atrapados en las redes, Felipe entre ellos. Ya era tiempo de que se intentara otra estrategia diferente a la del encierro y no asomar la nariz, antes de que poco a poco les terminaran aniquilando definitivamente.

Varias caras compunjidas le contestaron que nada podían hacer frente al inmenso poder de los SuperHombres, su falta absoluta de sentimientos y la complicada red de seguridad que les rodeaba. Solo mantenerse alejados, ocultos, sin correr esos riesgos a los que los más jóvenes se sentían atraídos.

Manuel preguntó si conocían algo sobre qué hacían ellos con los prisioneros, a qué lugar les conducían y cuanto conocimiento tenían sobre la existencia de comunidades subterráneas como esta.

-Porque supongo que no ha de ser la única, verdad?

No era la única. Se tenían noticias de varias más. De vez en cuando establecían contacto con algún miembro de otra comunidad subterránea y, por lo general, ellos referían noticias sobre otras y otras. Al parecer en todos lados, al menos en estas regiones planas, la solución encontrada era bajo tierra, lo que les obligaba a la obtención de alimentos durante la noche, recorriendo plantaciones y quintas de la superficie. Habían aprendido los oficios de ladrón de hortalizas y gallinas, perforador de pisos de depósitos, desviador de cañerías de agua potable, y otros para los que se turnaban guiados siempre por uno con mayor experiencia. Pero siempre evitaban el enfrentamiento. Los SúperHombres, especialmente los híbridos, que no eran pocos, tenían una especial sensibilidad a la cercanía aborigen. Corrían hacia sus sistemas de alarma cada vez que les olfateaban, o les veían así no más desnudos, o quizá al ver una huella en el suelo, de un pié descalzo. Les tenían aversión, asco, en una palabra, como si fueran inmundas alimañas y no hermanos hasta hacía bien poco.

-¿Y los prisioneros, a dónde los llevan?

Nadie lo sabía. Sabían sí que los helicópteros volaban lejos y que eran muchos. Aparecían a tiempos irregulares, cuando menos se los esperaba y, al parecer, ya advertidos del lugar preciso donde andaban ellos. Nunca alguien capturado había vuelto.

-¿Probaron de mandarles espías?
-Qué idea más ridícula. Si uno de ellos apareciese aquí con intensiones de espiarnos nos daríamos cuenta enseguida!
-Por qué?
-Por todo... Especialmente por la ropa, por supuesto!
-¿Y si viniese desnudo y se comportara como uno de ustedes?
-¡Desnudos ellos! No. Nunca harían una cosa así. Ellos usan hasta una segunda piel que les protege de la temperatura y los microbios...
-¿Y ustedes...?
-¿Qué...?
-Si ustedes se vistieran como ellos y le imitaran en todo...?
-¿Vestirnos? ¡Eso sería indigno!




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