martes, marzo 03, 2009

662. LA CRUZ DEL SUR

Porque aunque fueran de mundos intercambiados y por eso recién conocidos, lo eran desde la infancia, como ya se ha dicho, y tan parecido cada uno a su doble que... daba gusto simplemente caminar otra vez aquella larga tarde que se iba reclinando por sobre la franja costera desde Lagomar hasta Montevideo. Pronto sería noche, y no sólo los sapos, sino también un trillón de grillos decorarían otra noche con sus villancicos otoñales.
Estaban en franca paz, por ser conscientes ambos del juego que habían aceptado jugar. El juego de la realidad. Ese que se juega siempre que se acepta todo.
Conocían el otro juego, también. El de mirar sin ver más que lo que se quiere ver, al modo conformista. O el de los que se apavoran ante las primeras sombras movedizas.
Entonces se iban mirando al caminar, un poco de soslayo, paso a paso, ahora otra vez de la mano. Contacto quíntuple. Piel y piel...

De pronto ni que se fueran a levantar volando!
De ímpetu entusiasmado,
bandadas de garzas levantan vuelo,
y el corazón también.

Demasiado jóvenes para detenerse a considerar una postergación. Allí mismo un monte invitaba en su espesura a tirarse juntos al suelo. A besarse girando sobre la hojarasca y a quitarse sin pudor la ropa. Hecho. Que ambos vibraban en esa onda medio salvaje y festiva a la que se sentían atraídos mutuamente. ¡Cómo si no se conocieran!
Seguir después, ya noche, con las pinochas enredadas en los pelos y las risas bajo un cielo que enroscaba hileras de estrellas alrededor de la cruz del sur...




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