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domingo, marzo 08, 2009

665. Hijo de cualquier um

Por supuesto que Julieta y Rulo recibieron la presentación como un trozo demasiado grande de carne que no podían deglutir. Pálida y sonriente, Julieta hizo un cabeceo a modo de saludo, sin entender todavía  cómo sería posible que de buenas a primeras Yaka Zulu viniera a ser reconocido por su hijo como padre, antes de ser él quien reconociese a Manuel como su hijo... después de tanto tiempo y cruzarse todos los días casi sin otro saludo que aquellos ughs que se estilaban entre vecinos poco interesados en intimar. Rulo ni siquiera cabeceó. Detuvo en cambio su mirada sobre la facha bruta del negro, reteniendo apenas el sentimiento racista que pugnaba surgir a pesar de saberse más oscuro que claro, ni alto, ni rubio ni dueño de ojos celestes. Siempre había pensado que no había problema conque alguien fuera negro. ¿Pero tan negro, así como Yaka...? Con esos labios exagerados enmarcando una boca que al abrise mostraba sin pudor buena parte de los órganos internos... Esa facha cualquiercosaria no solo por las rastas y los aros pendientes, sino por aquel chalequito de seda blanca, bordada con claveles rojos, como los gauchos payadores del tablado, los anillos en cualquier dedo con brutales piedras verdes y rubíes, los bombachudos de tela brillosa... las enormes ojotas con suela de cubiertas viejas... ¡Qué asco!
En seguida Manuel se vio en  el aprieto de explicar lo que parecía inexplicable. No que pudiera ser hijo de cualquier um, como dicen los brasileros,  ni que su padre fuera un negro de absoluta negrura, puesto que eso vendría a ser algo hasta obvio para quien le viera mulato hijo de una blanca; lo increíble podría ser la explicación de que tales paternidades y filialidades vinieran de otros mundos y que aquí, sobre esta sólida Tierra 7 que pisaban... tal vez... el Manuel autóctono no terminase siendo hijo del correspondiente Mandinga autóctono del correspondiente segundo tiempo, heredero del trono de los Mandingas, por extraño que pareciere!
Entonces lo que acababa de decir como presentación habría sido una mentira?
No, mentira no. Porque el parentezco existía aunque viniese de otro mundo.
Pero algo engañoso al menos. Fijaos que para Rulo y Julieta las cosas se presentaban de otra manera al desconocer que Mandinga era otra persona que Yaka Zulu y que ni siquiera Manuel era el mismo que conocían.

Manuel se rió.

-Claro que todo esto tiene que ver con mi historia, esa que ustedes no pueden creer. Bueno, ahora tengo la prueba. Este que está aquí es mi padre del otro mundo. Es un semidiós que tiene poderes como los héroes de los dibujitos... Pueden pedirle que haga cosas extraordinarias...

-¿Cosas extraordinarias...?
-Sí, como... por ejemplo...mmmm...
-Es una joda? -preguntó Rulo.

Mandinga se puso de pie encantado, en el medio de todos como si fuera un círculo. Logró con decisión de movimientos  que la atención se fijase en su persona, como hace el mago mientras aprieta el pedal oculto, y sin mediar palabras hizo aquel gesto de encender un fósforo en el aire, sin otro resultado que empequeñecerse dentro de sus raras ropas hasta el tamaño de un oso de peluche y volver al tamaño previo de inmediato.

El público no encontró demasiado extraordinario el número. Hasta en el parador del Pichi se habían visto hipnotizadores más interesantes. Claro que sonrieron, por el lado de la simpatía Mandinga ya estaba haciendo mella en las voluntades.
Pero ahora mostró un gesto de contradicción.

-Lo que te decía Manuel. Aquí las cosas no funcionan, es un mundo raro!

Julieta, creyendo lo de la joda, pidió otra prueba.
Manuel dijo que la tendrían.
Mandinga resopló.
Manuel le miró con atención.
Se le veía deprimido.
Muy frustrado, pero de pronto estalló en risotadas.

-Sí otra prueba y muy graciosa. Miren, ustedes han de conocer a alguien muy parecido a mi que habitó o habita por estos parajes.
-Sí -contestaron  Julieta y el Rulo, queriendo seguir el juego.
-¿Cómo podríamos llegar hasta él?
-Dando un paso...



martes, marzo 03, 2009

662. LA CRUZ DEL SUR

Porque aunque fueran de mundos intercambiados y por eso recién conocidos, lo eran desde la infancia, como ya se ha dicho, y tan parecido cada uno a su doble que... daba gusto simplemente caminar otra vez aquella larga tarde que se iba reclinando por sobre la franja costera desde Lagomar hasta Montevideo. Pronto sería noche, y no sólo los sapos, sino también un trillón de grillos decorarían otra noche con sus villancicos otoñales.
Estaban en franca paz, por ser conscientes ambos del juego que habían aceptado jugar. El juego de la realidad. Ese que se juega siempre que se acepta todo.
Conocían el otro juego, también. El de mirar sin ver más que lo que se quiere ver, al modo conformista. O el de los que se apavoran ante las primeras sombras movedizas.
Entonces se iban mirando al caminar, un poco de soslayo, paso a paso, ahora otra vez de la mano. Contacto quíntuple. Piel y piel...

De pronto ni que se fueran a levantar volando!
De ímpetu entusiasmado,
bandadas de garzas levantan vuelo,
y el corazón también.

Demasiado jóvenes para detenerse a considerar una postergación. Allí mismo un monte invitaba en su espesura a tirarse juntos al suelo. A besarse girando sobre la hojarasca y a quitarse sin pudor la ropa. Hecho. Que ambos vibraban en esa onda medio salvaje y festiva a la que se sentían atraídos mutuamente. ¡Cómo si no se conocieran!
Seguir después, ya noche, con las pinochas enredadas en los pelos y las risas bajo un cielo que enroscaba hileras de estrellas alrededor de la cruz del sur...




miércoles, diciembre 06, 2006

146: Alucinación Colectiva

Fue lo último que dijo antes de enderezar la lámina y treparse otra vez a la tira que enseguida se puso en movimiento como un tren cuyas ventanillas iban pobladas de personajes que, algunos miraban para afuera esperando respuestas de los lectores, otros se daban sonoras piñas y otros por fin arrancaban con los dientes la espoleta de la granada para tirarla en la maldita casamata de las ametralladoras…La última ventanilla iba tapada con el asqueroso letrerito de “continuara”.
Manuel se quedó pensando en su conversación con Kirk. Todo volvía a parecer una joda. Ahora –lo que faltaba!—al abuelo Abelardo se le había fruncido el culo y no quería que él se enterara de que los reyes son los padres. ¿Por qué sería? ¿Tendría el abuelo alguna razón para ocultarle información?
-Técnicamente esto ha sido una alucinación colectiva, –dictaminó Giorgionne mirando en abanico a todos, con el labio inferir adelantado, hasta que su cabeza hizo un repique sobre los hombros como acomodándose por fin en su lugar. –Ahora voy a tener que decir que las alucinaciones no son falsas ideas, sino otro punto de vista para ver la verdad.
Ernesto acompañaba asintiendo calladamente con la cabeza.
Pero Manuel continuaba en su propia línea.
-Tengo que hablar con Abelardo!
-Me queda la duda de que todos hayamos visto lo mismo…?—continuó Giorgionne.
Magda había visto el dibujo de Kirk bajándose de la tira y viniendo a hablar con Manuel. Ernesto lo mismo y también Vittorio. Manuel le miró sin comprender de qué hablaban.
-¡Claro que era el Sargento Kirk! Germán lo mandó para que me trajera un mensaje.
Magda dejó un momento de acariciarle la barriga y por lo bajo replicó.
-Era un dibujo.
-Claro que era un dibujo. El Sargento Kirk siempre fue un dibujo!...Ah, ya se. Ustedes están sorprendidos porque vino un dibujo… Ja ja ja, ustedes están re-locos. Ahora conversan con los dibujos! No. En serio, ustedes no están locos. Lo que vieron es así… Un dibujo no es sólo unas rayas sobre un papel… Un dibujo es… otro mundo con su propia alma.
-¿Estamos en la clase de arte?
-Así lo siento yo. Para mi siempre los dibujos estuvieron vivos…por eso no me sorprende.
Magda se enderezó para preguntar por lo que le inquietaba.
-Pero ahora…¿estamos en otro mundo?
-¡No flaca, no te asustes! Lo que pasa es que, con este asunto de la guerra, los mundos están medio entreverados. Se aprietan entre ellos, uno mete una pata dentro de la zona del otro y una mano en la de otro más, que aparece después a la vuelta, como una nariz llena de mocos ja ja!
Ernesto no se reía. El Sargento ese le había roto todos sus pobres esquemas. Había vivido con la inútil ilusión de ir comprendiendo poco a poco las leyes del universo. Por momentos hasta había creído poseer una mente audaz e innovadora que contendría en el entramado de sus conceptos cualquier fenómeno ocurrido o por ocurrir. ¡Para terminar así! Para que apareciera un día una tira de historieta a reírsele en la cara y demostrarle, sin tomarse ningún trabajo, que todo lo que había creído a lo largo de su empeño, valía menos que un tarro de mierda.

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