Porque aunque fueran de mundos intercambiados y por eso recién conocidos, lo eran desde la infancia, como ya se ha dicho, y tan parecido cada uno a su doble que... daba gusto simplemente caminar otra vez aquella larga tarde que se iba reclinando por sobre la franja costera desde Lagomar hasta Montevideo. Pronto sería noche, y no sólo los sapos, sino también un trillón de grillos decorarían otra noche con sus villancicos otoñales.
Estaban en franca paz, por ser conscientes ambos del juego que habían aceptado jugar. El juego de la realidad. Ese que se juega siempre que se acepta todo.
Conocían el otro juego, también. El de mirar sin ver más que lo que se quiere ver, al modo conformista. O el de los que se apavoran ante las primeras sombras movedizas.
Entonces se iban mirando al caminar, un poco de soslayo, paso a paso, ahora otra vez de la mano. Contacto quíntuple. Piel y piel...
De pronto ni que se fueran a levantar volando!
De ímpetu entusiasmado,
bandadas de garzas levantan vuelo,
y el corazón también.
Demasiado jóvenes para detenerse a considerar una postergación. Allí mismo un monte invitaba en su espesura a tirarse juntos al suelo. A besarse girando sobre la hojarasca y a quitarse sin pudor la ropa. Hecho. Que ambos vibraban en esa onda medio salvaje y festiva a la que se sentían atraídos mutuamente. ¡Cómo si no se conocieran!
Seguir después, ya noche, con las pinochas enredadas en los pelos y las risas bajo un cielo que enroscaba hileras de estrellas alrededor de la cruz del sur...
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martes, marzo 03, 2009
662. LA CRUZ DEL SUR
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martes, marzo 11, 2008
491 EL BUEN JARDINERO
Ernesto Federico quiso tantear hasta dónde llegaba la demencia del muchacho. Había conocido muy de cerca una persona alienada. Su madre. A la que a pesar de todo seguía amando en el recuerdo de aquel pasillo que tragaba luz desde su extremo, iluminando la frágil figura desde atrás. sentada con los pies sobre la silla, abrazadas las rodillas y... aquella manera de hamacarse acompasadamente...
-¿Viniste por lo del jardín...?
-...
No se podía imaginar que una dimensión pudiera estar arrollada como si fuera una cinta métrica dentro de su estuche. Y que no apuntara hacia ningún lado conocido... y sin embargo no otras cosas que esas solía soñar en esos sueños que llamaba de ciencia-ficción, como aquel en que se escurría por entre dos láminas que no se sabía donde estaban y que dejaban pasar para el otro lado donde todo era luz y felicidad... Además si Cholo lo afirmaba era porque estaba muy convencido y Cholo...
-Supongo que ese muchacho... Cholo, te habrá avisado.
-Cholo?... No, Cholo no me dijo nada. Tampoco él se recuperó todavía.
-¿Qué le pasó?
-...nada... ¿Y qué me tenía que decir...?
-Que tengo el jardín para hacer. Me dijo Cholo que eras un buen jardinero.
-Ah...sí?
-¿No te interesa...?
-Mmmm
-¿... te sentís bien?
Manuel se había puesto perfectamente verde. Por asociación con el color del césped o tal vez como resultado de estar a punto de reventar por no ceder al impulso de sacudirlo a Ernesto y gritarle que de una buena vez despertara. Que era urgente y necesario saber la suerte que había corrido Margarita y Giorgionne Para después reunirse todos a ver que actitud tomar frente a las pretensiones del Diablo. Lo miró a su amigo casi con desesperación, pero sin embargo comenzó entonces a calmarse. Ernesto no se veía tan mal. Le estaba observando con curioso interés, como si buscase en sus signos claves para llegar a una comprensión. Estaba conciente y despierto y por mucho que se hubiese olvidado del pasado resiente, seguía sabiendo quién era y recordaba los nombres de algunos de sus compañeros maquis.
-¿No te acordás de haber estado en una caverna...?
-¿Caverna...? Sí, he estado...
-Hasta ayer estuvimos ahí...
-... ayer estaba en Montevideo...
-Pero te acordás de la caverna...
-Una vieja mina de oro, en Brasil.
-No! Yo digo aquí, abajo de tu casa.
Ernesto se puso pálido, llevó ambas manos a apoyarse sobre las rodillas ...miró un par de veces a Manuel, sin contestarle. Después miró a lo lejos un momento y nerviosamente le preguntó de qué le estaba hablando.
-De la caverna que hay aquí debajo... que tenía la entrada por el aljibe...
El miedo que se pintaba en la cara de Ernesto no condecía con su robusta y nada flácida estampa, que se venía reduciendo, poco a poco, como la grasa puesta en la sartén, hasta restar en un diminuto chicharrón. Temblaba y sus ojos nadaban en laguna de lágrimas.
-Tenés que acordarte, Ernesto!
La respuesta de Ernesto fue con un hilo de voz. Preguntaba por la verdadera identidad de Manuel, como esperando no escuchar la respuesta. La temida, tan temida, tal vez por lo tanto que la había deseado, la respuesta a sus ruegos de niño y adolescente, que mamá volviera...
En aquella mirada se expresaba a la vez el mucho miedo y la tentación de creer que su madre estaba de vuelta, incorporada en el cuerpo de este mozo que había demostrado sufrir del mismo tipo de delirios. Una caverna debajo de la casa. Como ella afirmaba haber recorrido con su cuerpo astral antes de asustarse con no se que clase de monstruos que por allí andaban... Claro, por eso había entrado como a su casa preguntando por su madre... "Mi madre", pensó Ernesto
-¿Viniste por lo del jardín...?
-...
No se podía imaginar que una dimensión pudiera estar arrollada como si fuera una cinta métrica dentro de su estuche. Y que no apuntara hacia ningún lado conocido... y sin embargo no otras cosas que esas solía soñar en esos sueños que llamaba de ciencia-ficción, como aquel en que se escurría por entre dos láminas que no se sabía donde estaban y que dejaban pasar para el otro lado donde todo era luz y felicidad... Además si Cholo lo afirmaba era porque estaba muy convencido y Cholo...
-Supongo que ese muchacho... Cholo, te habrá avisado.
-Cholo?... No, Cholo no me dijo nada. Tampoco él se recuperó todavía.
-¿Qué le pasó?
-...nada... ¿Y qué me tenía que decir...?
-Que tengo el jardín para hacer. Me dijo Cholo que eras un buen jardinero.
-Ah...sí?
-¿No te interesa...?
-Mmmm
-¿... te sentís bien?
Manuel se había puesto perfectamente verde. Por asociación con el color del césped o tal vez como resultado de estar a punto de reventar por no ceder al impulso de sacudirlo a Ernesto y gritarle que de una buena vez despertara. Que era urgente y necesario saber la suerte que había corrido Margarita y Giorgionne Para después reunirse todos a ver que actitud tomar frente a las pretensiones del Diablo. Lo miró a su amigo casi con desesperación, pero sin embargo comenzó entonces a calmarse. Ernesto no se veía tan mal. Le estaba observando con curioso interés, como si buscase en sus signos claves para llegar a una comprensión. Estaba conciente y despierto y por mucho que se hubiese olvidado del pasado resiente, seguía sabiendo quién era y recordaba los nombres de algunos de sus compañeros maquis.
-¿No te acordás de haber estado en una caverna...?
-¿Caverna...? Sí, he estado...
-Hasta ayer estuvimos ahí...
-... ayer estaba en Montevideo...
-Pero te acordás de la caverna...
-Una vieja mina de oro, en Brasil.
-No! Yo digo aquí, abajo de tu casa.
Ernesto se puso pálido, llevó ambas manos a apoyarse sobre las rodillas ...miró un par de veces a Manuel, sin contestarle. Después miró a lo lejos un momento y nerviosamente le preguntó de qué le estaba hablando.
-De la caverna que hay aquí debajo... que tenía la entrada por el aljibe...
El miedo que se pintaba en la cara de Ernesto no condecía con su robusta y nada flácida estampa, que se venía reduciendo, poco a poco, como la grasa puesta en la sartén, hasta restar en un diminuto chicharrón. Temblaba y sus ojos nadaban en laguna de lágrimas.
-Tenés que acordarte, Ernesto!
La respuesta de Ernesto fue con un hilo de voz. Preguntaba por la verdadera identidad de Manuel, como esperando no escuchar la respuesta. La temida, tan temida, tal vez por lo tanto que la había deseado, la respuesta a sus ruegos de niño y adolescente, que mamá volviera...
En aquella mirada se expresaba a la vez el mucho miedo y la tentación de creer que su madre estaba de vuelta, incorporada en el cuerpo de este mozo que había demostrado sufrir del mismo tipo de delirios. Una caverna debajo de la casa. Como ella afirmaba haber recorrido con su cuerpo astral antes de asustarse con no se que clase de monstruos que por allí andaban... Claro, por eso había entrado como a su casa preguntando por su madre... "Mi madre", pensó Ernesto
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domingo, abril 08, 2007
264: COMIDA FRÍA
Bajó Manuel de la bola y dijo que ya estaba. Miró a Magda a los ojos y aún sabiendo el resultado, le posó la palma sobre la frente para sentir la pulsación de la luz interior. Le dijo: Elegí la tuya.
Fue Magda y apagaron las luces. Vino luego sobre ellos hamacando los costados y brillando con una rosada luminiscencia. Tres destellos bastaron como prueba.
Le siguió Cholo. Su frente quemaba como de fiebre y no precisaba explicaciones. Su saludo vino con el canto de gallo negro.
Dengue en cambio brillaba en la gama del rojo al verde.
Todos pasaban la prueba a las once de la noche. Las instrucciones estaban dadas, el ánimo templado. Era hora de salir.
Aquel día 7 de febrero del 2007, la oscuridad de los pinares escupió en silencio nueve carozos luminosos de aceituna. Se elevaron (los carozos) en la verticalidad de los humos de los valles sin viento y allá arriba, abrieron el pimpollo de la rosa, giraron lentamente y enfilaron vertiginosos. Como manada de espermatozoides enterados de la llegada del óvulo, hacia el mayor conglomerado humano de la zona. Montevideo.
Montevideo se vio sorprendida hace momentos -anunció la voz del conocido telenoticiero- ante la invasión de sus cielos por cientos de luces ovoides que realizaban extraños movimientos parecidos a un baile. La gente salía a la calle tratando de esquivar los postes y los cables con la mirada para ver. El tránsito se atascó. La comida, la más de las veces, se enfrió servida en los platos. Por algunas ventanas abiertas asomaron parejas aparentemente desnudas mientras otras en otras ventanas, no se enteraban.
Un muchacho señalaba con el brazo extendido cuando bajó el cordón de la vereda y el bocinazo le sacudió las orejas.
-¡Se fueron! -
Una señora abrió su paraguas cuando aparecieron sobre las cornisas de la iglesia del Cerrito. Iban alto sobre el fondo de estrellas y se tiraban en hilera como si fueran Stukas pero sin el ruido ni soltar ninguna bomba. Era sólo para abrirse en flor sobre los techos y volver a elevarse junto con cientos de miradas que abandonaban lo que estaban haciendo en los patios después de la cena o durante.
La televisión suspendía sus programas. Las cámaras miraban para arriba, los autos quedaban abandonados en sus puertas abiertas, también las casas.
Sobre la medianoche se pasó al movimiento final del arrastre humano hacia la Plaza Independencia. Ahora eran tres columnas las que confluían. Llegaron a las 2 A.M. La gente a pie y las bolas a cien metros. La plaza estaba acordonada. En el centro de ella un puñado de funcionarios conversaban cosas diversas, pero a cinco pasos, solo, junto a la entrada del mausoleo, esta el Pepe Mujica con el celular en la mano y un pucho desgraciado entre los labios.
-¿Me decís que la columna más corta tiene veinte cuadras? ¡Y bueno...! ¿Qué te digo yo...que te he estado diciendo? Es el pueblo... No podemos cerrarles el paso!
Las barreras fueron sacadas y la plaza apenas si contuvo un diez por ciento de la multitud cuyo resto lleno la 18 aunque en el parte no haya quedado constancia.
Fue entonces que las bolas formaron aquella estrella sobre las cabezas y empezaron a vibrar entonando un estribillo que lentamente iba siendo repetido por la multitud. Una corta melodía que se levantaba por contra las viejas paredes de los edificios, esquivando carteles y cables y lamiendo las cortinas de las ventanas hasta allá arriba en las redondeces del Palacio Salvo y que se iba contagiando calle arriba y retornaba como sordos ecos en la distancia. Montevideo cantaba!
(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)
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261: COMIDA FRÍA
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