martes, noviembre 11, 2008

625. Pisapapeles

Ese pedazo de piedra con el que apretaba los papeles en desorden, que le trajo Sergio de Europa, como prueba irrefutable de la incapacidad explicativa de la ciencia. Porque bailaba de aquella manera ilógica, que a su parecer indicaba un sentido innato del equilibrio y la moderación. Como un Universo, en el que se crearan tantos elementos con una característica, y necesariamente, el mismo número de los que poseyeran la característica contraria. Según él, esas piedras, llamadas hachas, aunque tal vez nunca hubieran sido usadas como tales, contenían en sí mismas ese criterio universal y por eso, cuando le obligábamos a hacer un número de giros en un sentido, inmediatamente se empeñaban a compensarlo con un otros tantos en el contrario... Ahora bien, ¿cómo se habría enterado este muchachito Manuel de que él poseía una cosa así? Pretendía haberse enterado por su boca del nombre hacha celta, y de las confusas explicaciones que alguna vez había leído en una vieja revista científica, donde la causa del giro retrógrado aparecía como consecuencia de un bla bla bla de desplazamientos de centros de gravedad y nada parecido a que la piedra tuviese conciencia o memoria. Las piedras suyas, que pretendía haberle mostrado en acción, poseían aquella propiedad junto a otras que las hacían útiles para comunicarse de forma instantánea con otras que... ¡Basta ya!
Los árboles del Parque Roosevelt pasaban frente a las ventanas del ómnibus como fichas de dominó que siempre mostraban seis sobre seis sin ser la misma.
La lógica pedía un puente entre los datos de su vida privada y las palabras de Manuel.
Una ecuación que una vez resuelta mostrara las raíces a la luz del día para que sustituyendo su valores en las incógnitas se verificara la igualdad propuesta
Ya una vez había estado a punto de creer que su mujer, nada menos, la escribana, poseyera poderes telepáticos cuando de golpe la había sentido pronunciar el exacto y extraño nombre de aquella su amante accidental. Qué sorpresa. Sentirle decir que la mañana se mostraba "más cariñosa que Ifigenia Mendizábal", así con la escasa sonrisa de sus dientes apretados en los cinco minutos de "me tomo un té", entre protocolo y protocolo. Ja, sus verdaderos y propios amantes. Todo tenía o debería tener su explicación. Aquella vez no había atinado a averiguarlo, aunque seguramente lo dicho por la escribana hubiera sido cualquier otra cosa con una sucesión de vocales similar a los que él creía haber escuchado, y esta... Esta vez el problema no estaba en algo que se hubiese escuchado mal, sino... en que la probabilidad de coincidencia entre un mero divague o delirio y la privada realidad de su escritorio de trabajo... Porque si le hubiera dicho que su estudio tenía una ventana que daba al patio de la casa, con las ramas del álamo asomadas y las plantas y la reposera... Pero, que le viniera a recoger de sobre su propio escritorio aquel extraño objeto que ni su propia mujer hubiera sabido nombrar adecuadamente...
Se podía hacer un resumen. Cierto que el poseía un objeto llamado hacha celta. Cierto que dicho objeto tiene la peculiar propiedad de volver marcha atrás los giros que se le imprimen. Cierto que una vez había leído en una revista una pretendida explicación del fenómeno. Falso que conociera de antes a un sujeto llamado Manuel Aquelarre. Falso que dicho sujeto le haya nunca mostrado otros objetos con propiedades similares y hasta más extrañas que las de las hachas celtas. Cierto que él no pretende que la entrevista se haya producido en esta realidad. Cierto que su novia no cree que haya podido hacer otra cosa que yacer inconciente sobre una cama. Cierto que sobre lo que pueda pasar en otros mundos, si es que existen... es poco lo que se pueda afirmar.

-Señor, hemos llegado a destino. ¿No se piensa bajar...?
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