jueves, enero 24, 2008

464 Son del Diablo

Pero fue Manuel con la Magda los que primero llegaron hasta ellos, corriendo rampa abajo y seguidos de dos mujeres parecidas y con los rostros inflamados de vitalidad recuperada. Eran las hermanas Bronté, las mismas que habían golpeado las manos con insistencia frente a la puerta de Manuel para advertirle del continuo paso de bolas doradas por el cielo. Ellas ya habían atado cabos sobre la verdadera identidad de Manuel -a la sazón escribían un libro sobre el tema- y era hora -pensaban- que se les diera la oportunidad de integrarse al grupo selecto del nuevo culto. Manuel y Magda no las habían podido convencer de quedarse con el agradecimiento. ¡Agradecimiento! Después de tantos trabajos de investigación y tantas horas perdidas mirando en el televisor la edulcorada historia que por allí se difundía! Ellas estaban para más. No de balde eran unas verdaderas intelectuales. Aunque solitarias y vestidas por la costumbre de cuarenta años atrás, cuando respectivamente habían enviudado de los únicos novios que habían tenido...


Manuel fue derecho al grupo que tomaba mate frente a las pantallas, preguntando por Cholo y preguntando detalles del estado de situación en las distintas regiones. Se estaban produciendo los primeros combates con intervención humana. Sobre los cielos de Bahía Blanca la batalla continuaba, haciendo retemblar la atmosfera con las continuas ráfagas que siempre se estrellaban contras las sofisticadas defensas de las naves del otro bando. Hondas gravitacionales. Partículas de anti masa y osciladores de dimensiones, se disgregaban contra sus antídotos oportunos. Las naves negras que Ernesto ya había visto enfrentar a las doradas fueron reconocidas de inmediato por Manuel.


-Son del Diablo. ¡Otra vez se ha largado a la guerra...!


Pero también fueron ahora vistas las bolas de cartapesta. Parecían tan proletarias allí entreveradas con aquellas formas refinadas y perfectamente bruñidas! Más pequeñas e imperfectas, pero...Qué ágiles! Escurriéndose en continuas eses a toda velocidad y a costa apenas de algún rasguñón que les arrancara a veces algún trozo de página de diario. Los impactos de los proyectiles se adivinaban por los continuos flashes de luz colorida en toda la gama de frecuencias... Pero de pronto vieron caer una bola prendida fuego!


Nadie dijo nada, pero sintieron caer un manto negro sobre sus corazones. La realidad les había alcanzado.

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