sábado, marzo 27, 2010

802. La Historia Oficial

El resto de ese mañana o tarde, ya que ninguno de los recién llegados se detuvo a considerar el ángulo que el sol pudiera estar formando con el naciente, de ese día, tampoco determinado por ningún dato consignado en cualquier conciencia o memoria... Digamos: el resto de esa jornada, transcurrió entre obvios saludos, muchas preguntas y pocas contestaciones. Porque los visitantes no siempre recibían respuestas comprensibles. Incluso los que como Magda creían haber estado antes en ese mismo mundo -aunque más no fuera por algunos cuantos días- no llegaban a comprender cómo la infausta guerra entre Satanás y los Espíritus Oscuros, pudiera ser mencionada apenas como hechos de un lejano pasado.
Manuel encontraba evidentes diferencias entre lo por él vivido en otros tiempos y lo que ahora se contaba como La Historia Oficial. Tantas fueron esas diferencias que por último, cansado de corregirse frente a sus amigos para no contradecir lo que decían. apeló a sus recuerdos más firmes de los tiempos de la gran revolución anarquista, la lucha contra los ángeles y todos los demás sucesos que permitieron el nacimiento de un mundo nuevo en la vieja América Latina.
Apeló al testimonio de Ernesto Federico, invocando su antigua condición de "Hombre Primitivo", amo de la antigua caverna, que compartiera con los primeros tucu tucus mutantes, ancestros del presente Úrum. Le recordó cuando aquella primera vez le había salvado del acoso de los ángeles, abriendo bajo sus pies el hueco que le precipitó en las galerías subterráneas y por ellas en la gran caverna bajo la imponente bóveda de arenisca rosada y... Sus computadoras, conectadas a innumerables sensores dispuestos para alertar y descubrir los movimientos cercanos de las doradas bolas celestiales. Y...
Ernesto Federico reconoció entonces, por supuesto, recordar todas y cada una de las cosas que Manuel ponía a consideración, pero... En todas y en cada una, también apùntó sutiles y hasta groseras diferencias. Negaba haberle recibido vestido de pieles crudas, al modo de un supuesto troglodita, aunque reconocía tener sobre su escritorio, en un estante bien visible, una fotografía suya, vistiendo parecidas vestimentas, por ser estas las que se usaban en ciertas ceremonias reservadas a los miembros de una logia, a la que perteneciera en los tiempos anteriores a la guerra. Haberle conocido por casualidad en alguna emergencia. (Tambien lo negaba). Afirmaba, en cambio haberle buscado voluntariamente por saberle descendiente de su maestro Abelardo, allí presente, el primer uruguayo en advertir los peligros que desde el espacio, se cernían sobre la Tierra. Y afirmaba otras varias cosas que a Manuel no les constaban como verdaderas y que, aunque no cambiaran lo esencial de la historia, pretendían cambiar al menos aquellos detalles tan vívidamente recordados por él, sin los cuales parecía quedar reducida a una secuencia de grises anotaciones en una anónima bitácora, un impersonal libro de historia que ha venido perdiendo las hojas... Una estúpida colección de verdades a medias.

Desesperado, recurrió con la mirada a lo que la expresión de su abuelo dijera.

Parecía neutra. No del todo indiferente, ni ausente... más bien un tanto preocupada.
Hizo Abelardo con su enorme palma ese gesto que se usa para pedir calma o tiempo. Después habló.

-Yo creo que dos historias distintas... Dos recuerdos distintos de una supuesta misma historia... pueden ser ambos verdaderos.

-No es este el caso, -objetó Manuel- No es que recordemos las mismas cosas con pequeñas diferencias, es que Ernesto me estaba siguiendo con sus detectores y por verme rodeado por los ángles me hizo caer por el hueco y las galerías de los tucus hasta la galería mayor donde me recibió vestido como un hombre primitivo. El era adorador de Gaia, el espíritu de la Tierra, y yo... no le conocía.

Abelardo contínuo serenamente, como si del sapientísimo Néstor se tratara:

-A esas diferencias me refiero. Hace mucho que con Germán tenemos una sospecha que parece irse confirmando. Tanto por tener en cuenta pequeñas incoherencias entre los hechos, como por las conclusiones que se pueden sacar de las últimas ecuaciones que nos permiten sintonizar y viajar entre mundos paraleleos...

-¿Querés decir que me equivoqué de mundo? Que este no es aquel en que luchamos contra los ángeles y contra todos los poderes hasta lograr la gran patria anarquista?

Otra vez Abelardo logró una pausa con el gesto de su mano.

-No exactamente... Tal vez no sea posible nunca volver al exacto punto de partida...
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