viernes, marzo 19, 2010

800. Mirate en el espejo

Porque siempre los que nos declaran locos son los otros, los que hacen de su manera de ver, la verdad de todas las cosas, y toman las medidas adecuadas para reformar los cerebros ajenos, o recluirlos, o eliminarlos...

Cuando tienen poder, por supuesto.

En eso pensaba Manuel mientras observaba el encuentro de los dos federicos, sus distintas reacciones y las de su abuelo, aparentemente muy sorprendido... y la de Magda... quien por alguna extraña razón parecía estar muy divertida, al borde del estallido de risa.
Fue hacia ella, por fin su compañera para vivir la vida. Sonrisa de cómplice que invitaba a una mayor complicidad. La eterna flaca, nuestra mitad más interesante. Conocedora de todas nuestras terminaciones nerviosas, capaz de ejecutar en ellas las más exquisitas melodías.

¿Pero por qué reía ahora, con tan enorme desfachatez, a boca de jarro del beso que le estaba poniendo sobre el terciopelo de sus labios?

Habló.

Dijo, loquito, estás tan loco, loco que ya ni te das cuenta de lo que te pasa. ¿Pasarle algo? ¿Acaso a él le estaba pasando algo más que no fuera el enorme contento que sentía por por fin haber terminado la Odisea de volver a su mundo adoptivo, acompañado de personas queridas? En cambio a ella, le seguía ocurriendo eso, que le hacía plegar el labio de aquella manera que siempre le había parecido un repentino y gracioso gesto de desdén que ocultaba el próximo estallido de una simpatiquísima carcajada. Que vino, enseguida...

-Tendrías que mirarte en un espejo!

¿Espejo?

-¿Por qué...?

-Ja ja, No sé... Fijate en el espejo de la moto.

Efectivamente la moto de Federico tenía un par de espejos más desparramados que el propio manillar. Y uno de ellos ya reflejaba su figura desde la pera en más, sin mostrar cosa alguna que pudiese ser tan cómica o sorprendente. Una cara como cualquier otra, que por pùra casualidad le había tocado en suerte para toda la vida y...

-¡El bosquimán!

Ahora la carcajada de Magda estalló con toda la fuerza de una catarata que salpicaba desconcierto en todas direcciones. Entre estertores afirmaba que el fenómeno llevaba varias horas de haber comenzado y que... y que... Para terminar abrazando al flaco y dándole de sus labios un beso perfecto de esos que comienzan a derretirnos mucho antes de llegar los labios o las lenguas a tener contacto.

Por un momento Manuel dejó de pensar.



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