lunes, marzo 15, 2010

799. Soy yo... soy vos

Ya en camino se rió de la desazón que dejara en su abuelo y también en los otros, por la separación tan brusca y cortante. Era que bailando abrazados con su abuelo había concebido una pequeña triquiñuela que ahora iba a poner en práctica.
Ni bien entró en el hipercubo su pensamiento no sólo se refirió a aquel lugar de la casa de Ernesto Federico donde un par de días antes habían decidido viajar a esta Tierra divididos en dos grupos, sino que imaginó un momento apenas posterior  a ese. El momento siguiente, cuando todavía los que quedaron afuera de la máquina no hubieran tenido tiempo más que para un par de parpadeos... Y así fue hecho.
Allí estaban enfrente, sin ninguna impaciencia Mandinga con su amplia sonrisa, flanqueado por don Miguel y Ernesto Federico, todos ellos detrás del Tucu tucu Urum, quién casi obstruía la salida de Manuel.

Preguntaron por pura formalidad si en aquel mundo continuaba reinando la paz, si Magda y Dengue se encontraban bien y otros detalles, mientras las punzadas del temor estrangulaban y retemblaban los esfínteres.

Había llegado el momento de salir del mundo conocido.

Enseguida se cerró la puerta, por decirlo así, y todos dejaron de ver el interior de aquel pequeño sótano, lleno de trastos y de cables colgantes. De ver la expresión compungida  que a último momento se pintó en el rostro del Dr. Bermúdez, y en cambio verse de pronto, reflejados en la traslucidez infinita que les rodeaba.

Manuel pidió a Mandinga que le dejara la operación. Imagino el momento aquel en que se había despedido de su abuelo dándose vuelta para caminar hacia el monte. Imaginó el tiempo que habría demorado en desaparecer de la escena, e imaginó también la sorpresa de todos cuando ahora le estaban viendo de regreso. Saliendo del monte acompañado de un Tucu tucu, un Mandinga y dos humanos.

Ernesto Federico, el de la Harley, todavía con sus manos enguantadas en los manillares de su motocicleta... las retiró lentamente para elevarlas hasta las antíguas antiparras que le cubrían gran parte del rostro. También retiró de su cráneo aquella funda de cuero negro y, liberando la mano derecha del guante, la extendió hacia el otro Ernesto Federico, quien se le había venido acercando, como atraído por una maldita sospecha.

-Sí, soy yo... Soy vos.... Somos...

El recién llegado, en cambio, todavía no hablaba. A veces las ideas tardan en acomodarse en la cabeza. La locura debería ser entendida como la percepción  parcial de una realidad escondida. De un mundo oculto pero tan real como el que mas.




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