viernes, agosto 29, 2008

591. El Domo

Sólo salió Manuel de sus cavilaciones cuando sintió la caricia que Magda le había venido a hacer.

-¿Qué te pasa flaquito...? ¿Algo te preocupa?

Ya no le preocupaba nada, ni nada le ocupaba la mente a no ser el contacto de la mano de Magda sobre su pecho. Estaba ella allí, junto a él, como siempre, calor y vida y ese brillo en la mirada que...

Más atrás se veían las múltiples órbitas de los alambres, circulares o elípticas, con las gruesas cuerdas de las resonancias, puestas y aceptablemente tensas cada una en su lugar. Los nipones miraban todos en dirección a ellos, con los baldes de engrudo, los fajos de diarios... como pidiendo permiso para comenzar a reparar, construir casi, toda la forma del enorme huevo.

-Te dejamos la décima cuerda para vos.

Allá fueron. Magdalena a dar instrucciones sobre la forma de en que la carcasa se debía afirmar sobre los alambres externos y Manuel, a subirse sobre los hombros de Mandinga, llevando el extremo de la cuerda hacia el ángulo superior, donde otras dos ya estaban colocadas.
Y otra vez aquello que parecía milagro se produjo. La décima cuerda, la de la trayectoria imposible, entrecruzada a la de sus compañera, saltó literalmente de entre sus manos y se enganchó a las otras dos, para ponerse a vibrar rumorosamente sin que ningún rozamiento se lo impidiera.

Todos gritaron de alegría, salvo Akiíto que hacía rato rastreaba con su equipo portátil las banda policial y otras que usaban las organizaciones de cazadores de recompensas.

-Nos queda poco tiempo. Vienen rastreando cerca en busca de los autos.

A partir de esa advertencia la actividad se multiplicó. Magda al frente, los trozos de papel pasaban literalmente debajo de los pinceles y volaban llevados para múltiples manos hasta el lugar que le correspondía ser sostenido por un momento, y después abandonado a la tensión que entre todos iban ejerciendo al secarse. Cáscara de huevo traslúcido que crecía hacia el domo desde todos lados a la vez, y que parecía cerrarse sobre las cabezas con esa perfección de lo perfectamente vital. Esa ilusión que alienta todas las grandes obras. Las que pasan a la historia como grandes maravillas, y aquellas otras, innumerables, que todos los días mantiene viva la esperanza de millones de seres inocentes, ellos la tenían y la sentían, ahora, vibrando en los pechos, muy probablemente en la justa frecuencia de resonancia.

El domo se cerró completamente sobre las miradas.

Akiíto dijo que estaban a docientos metros.

Magdalena comenzó a indicar los mejores lugares para sentarse.

Mandinga y Manuel ocuparon lugares de pilotos.

Cerraron la puerta corrediza y... supieron que estaban elevándose del suelo.

Al instante pasaban sobre las hordas de los rescatistas, quienes deste un amplio abanico de caminos vecinales y campos traviesos, montados en variados vehículos todoterreno, revoleando armas de todos los calibres y redes y garrotes y lanzas y boleadoras..., confluían en asesino entusiasmo, sobre la casa solariega que acababan de abandonar.

Mandinga lo anunció.

-Próxima parada, Tierra Uno.

jueves, agosto 28, 2008

590. Querido Lector

Una traición o engaño a sí mismo, si es que eso fuera una cosa posible. Engañarse para... ¿Para qué engañarse? Si por último siempre se iba a terminar conociendo la verdad, aunque, claro... por eso de lo bailado, tal vez... Nunca se logra la misma naturalidad cuando se sabe que las cámaras nos están enfocando, las de la historia, o las de algún sujeto que quiere registrar los sucesos, por ejemplo uno mismo, colocado en el doble papel o triple de actor principal, de apuntador, de autor de la historia, y hasta capaz de público o testigo presencial. Qué joder!
Porque como posible, todo lo era, si posible era que le estuviesen filmando hasta los detalles más íntimos de la vida sin que nunca apareciera una cámara o cualquier otro aparato que registrara las tomas. Lo imposible, en su vida se había transformado en lo más posible, en lo obvio casi, lo que ya a nadie le podía llamar la atención.
Por eso. Por eso mismo, si alguien creíble le dijera que el autor de toda la historia de Manuel Aquelarre, (ahora Manuel Mandinga), no era ni había sido jamás otra persona que el propio sujeto de la historia... Tendría que creerlo. Aunque por dentro siguiera protestando de no haber pretendido nunca hacer una cosa así. Vaya locura, transformar una vida feliz y sin complicaciones, en una sarta de aventuras disparatadas! Pero tendría que creerlo. Creer que uno puede ser varias personas al mismo tiempo, que no se conocen entre sí y que si se conocieran quizá hasta ni se simpatizaran... Creer que en este mismo momento y sin necesidad de que él entrara en letargo, otro sujeto, habitante de la misma persona se esté dedicando a escribir, de algún modo, los detalles de lo que ahora está sucediendo. (De esto mismo que estaba pensando en este mismo momento). Simultáneamente, y tal vez con otros que estuviesen haciendo otras cosas escondidos en quién sabe qué tipos de rincones oscuros.
Por no hablar siquiera, de la que ya había desechado por hoy de sus pensamientos, que alguno de esos pudiera ser el autor...
(Era un pacto!)(Por hoy al menos)(De que no se acepta el destino escrito)(Ni hablado)(Porque sería lo menos creíble de todo)(Que alguien pudiera escribir un personaje tan pelotudo que no se supiera sacar de encima toda esa historia de ángeles que le persiguen y... No. Lo del anarquismo estaba bien.)
Por otra parte... Si fuera que todo esto sigue siendo escrito por alguien... Lo ha de escribir para que otro alguien lo lea y si lo leen, se supone que ahora mismo lo pueden estar leyendo o aunque no fuera ahora, por eso de la relatividad del tiempo, daría lo mismo, y fuera posible entonces que él hablara directamente con los lectores sin necesidad de intermediarios. Porque los lectores, esos que estarían por allá y allá, tras todos esos horizontes de grises edificios a lo lejos...

-Perdón, ¿me puedo dirigir personalmente a alguno de ustedes? Al que tenga más ganas de conversar...? Podríamos por ejemplo, encontrar alguna forma de que ustedes se comuniquen conmigo? Bueno... no tengo dirección de correo electrónico pero... Podríamos empezar por que yo les enseñara a construir un juego de guijarros, de esos sencillos de cinco piedras, que para mensajes cortos andan lo más bien. Después... No, ya lo sé. Que si me pusiera en contacto con la gente de la Cadena de Las Bolas de Manuel, podría contar con algunos medios de comunicación... Pero es que... No tengo mucha confianza en esa gente. Desconfío que quieren aprovechar mi historia como negocio, por decir lo menos y no dejarme llevar por la imaginación.


martes, agosto 26, 2008

589. El Destino

En media hora todos estaban colaborando con la tarea. Ya Akiíto había vuelto de San Miguel trayendo varios fardos de papel de diario, un rollo de alambre de acero, veinte quilos de harina para hacer el engrudo. y varias cosas más por si fueran necesarias.
Por suerte las cuerdas estaban en buen estado, puestas a lo largo del frente de la casa, en aquella terraza que se usaba como estacionamiento. Los muchachos habían vuelto a extender la maya de la media sombra y ya Manuel y la Magda sostenían el primer círculo de alambre liberado de pegotes, en la posición central. Allí debían colocar las tres cuerdas que formaban el equilátero de abajo, el que ellos suponían encargado de contrarrestar la gravedad, porque... bueno simplemente porque la gravedad viene de abajo, se supone, qué tontería, o tal vez no.
Manuel trajo la primera cuerda y le alcanzó uno de los extremos a la flaca. No se preocupó todavía por la tensión, porque faltaban las otras dos, que, si todo iba a resultar bien, deberían ya desde al comienzo sostenerse entre ellas y, de vez en cuando murmurar un zumbido casi inaudible.
Zumbaron. Inaudiblemente zumbaron en tres frecuencias muy cercanas y bajas como es lo normal y hasta necesario, para que oscilen y busquen entre ellas la consonancia. Esto no sólo tranquilizó a Manuel y la flaca, sino que impuso respeto entre los demás, que ayudaban sin pronunciar palabra mientras contenían el aliento, para que no se les fuera a pasar ningún detalle de lo que ocurría, lo que estaba por ocurrir y que ellos, daban desde ya por descontado...
Manuel se sentó por un momento en el saledizo de una ventana queriendo tomar conciencia de estar otra vez construyendo la balsa que le rescatara del naufragio. Extraño destino que al parecer le marcaba con trazos gruesos ese permanente estado de liberador liberado y vuelto a caer prisionero. En vez de estar no más, con la flaca allá en la casita, tal vez con un crió gateando por el pasto. ¿Existiría el destino...? O el antidestino, es decir... Aquello que por mucho que deseemos nunca vamos a vivir...?

Con lo que volvía a zonas peligrosamente cercanas al concepto de destino como un guión escrito por algo o alguien para que cada quién cumpla con su papel y no joda el plan general. El desquiciado plan general que hace siempre que las cosas funcionen mal más tiempo que bien, que se rompan, que la gente se pelee por tenerlas y sólo cuando las tiene, tras un momento de perplejidad, parecida a la alegría, comprende que en realidad no las quería. La sociedad toda... No, no parecería probable que existiera el destino. ¿Pero entonces por qué las cosas siempre se empeñaban en rodearle de circunstancias y condiciones que le sacaban del camino que él quería recorrer...? ¿Sería por torpe que le pasaban esas cosas, o simplemente por boludo?

Allá estaba el negro grandote, su padre, alcanzando ahora el círculo de alambre que iba a contener las otras tres cuerdas, las de arriba. Magda, flaca de fierro, se limpiaba las manos sobre las piernas del jean antes de enganchar el extremo de la primera cuerda en el punto que su natural sentido le indicaba. Mandinga! Que hombre o diablo más incapaz para el trabajo. Torpe y sin gracia cuando todo lo otro lo hace encima de pasos de baile! Su padre. Claro. Cómo iba él a salir un sujeto decente con semejantes padres. Una hippie delirante y rebelde y un principe de la música tropical. Un Dios de una religión que no puede existir. Un boludo.

Era el destino.

Que él, aparte de boludo como su padre viniera a resultar una especie de cuarto dios o tal vez un octavo. Un... duende, o... un diablito de esos que dicen al oído cosas tentadoras, ja. Que tontería. Porque resultaba que los dioses no eran mejores ni mas inteligentes que los hombres! Ni más buenos ni más malos. Aunque más poderosos... Otra vez.

Alguna vez se iba a poner a pensar más en serio qué era eso del poder, porque... uno si se pusiera a pensar en un tema, en serio, es muy posible que llegara a conclusiones parecidas a las que llegan esos sabios y filósofos, o no? Alguna vez lo había hecho, por algunos minutos, pensar en un tema, en serio, como si uno pudiera, solo, descubrir la verdad con el pensamiento. Pero no importaba. Aunque no se pudiera del todo, se podía llegar a ver más o menos por donde anda la verdad, esa cosa con más caras que una galería de espejos.

Y pensar aquella idea que una vez se le había ocurrido, de que fuera él mismo quien escribiera el guión de su vida, como si fuera una historieta, que él siempre había soñado dibujar...

588. Dinero en los bolsillos

Hasta Akiíto había quedado impresionado. Fue el primero en preguntar qué cosas, qué materiales eran necesarios para poner a punto aquello que colgaba de las ramas del duraznero y sacarles a todos de las dudas.

-¿Han hecho una evaluación de los daños?

Palabras que sonaron extrañas en un contexto tan improvisado y repentinista como podían ser las mentes de Manuel y de Mandinga, sus maneras tradicionales de razonar, sus pocas ganas de hacer cuentas.

-Con papel de diario y engrudo se resuelve todo.
-¿Pero... revisaron el motor? ¿Está en condiciones de funcionar...?

Mandinga le dejó rodar un "no tiene motor" y conciliadoramente invitó a todos a dirigirse a los restos de lo que había sido la bola número 5, una de las mejores que salieran de la gran caverna de El Bosque 1. Aquel lugar donde había conocido de cerca a Manuel y comenzado a simpatizar con él como si fuera su hijo.
Akiíto, por supuesto, tomó aquello como broma y ya llegando al fondo comenzó sin que le invitaran, a levantar cuidadosamente los trozos de cartapesta en busca de la parte sólida del aparato, el motor, o como quiera que estos chistosos le llamaran.
Toshiro en cambio se dio de narices con una flácida cuerda que colgaba desde la rama más fuerte del árbol, al meter un pié dentro de la guitarra de Mandinga escondida bajo un papel impreso a cuatro columnas.
Mandinga gritó junto con el extraño acorde discorde conque el instrumento se despedía de la vida. No lloró, porque no es de hombres, ni de mandingas llorar, cuando pierden el instrumento en un mundo dominado por el dinero, aquello que justamente jamás había llevado en los bolsillos ni imaginado cómo conseguir. Los Mandingas no trabajan. Hacen cosas, por supuesto, cuando están de acuerdo con ellas, pero nunca por dinero.
Jarumí sólo miraba. Su vista reconstruía la probable estampa de aquello, cuando entero y aerodinámico se deslizara por los aires, en el pasado que ahora creía veraz, y en el futuro que de pronto parecía abrirse en un horizonte luminoso. Ella alguna vez había soñado algo así, sobre los multitudinarios ejercitos sin armas que, como una marea de luz se extenderían sobre la faz de la Tierra.
Magda advirtió que estaba viendo algunos alambres cortados, levantó un libro intacto de entre los restos. La Balada del Álamo Carolina. Haroldo Conti, dijo.

-¿Leés libros humanos...?

Mandinga no advirtió que se le dirigiera pregunta alguna. Cinchaba en ese momento desde el extremo de la cuerda enganchada, con riezgo cierto de quebrar el tronco del pobre árbol, como le decía Manuel.
Akido lamentaba no haber traído su cámara, para registrar todas las etapas completas de la reconstrucción del primer aparato transdimensional que hubiera visto.

Todos estuvieron de acuerdo en colaborar para el traslado del material recuperable. Inmediatamente se comensaría a trabajar.

domingo, agosto 24, 2008

587. Pequeñas diferencias

Manuel le hizo comprender la situación en pocas palabras.

-Ellos son demasiado inteligentes para convencerse con algunas pruebitas. Están aburridos de magos y de efectos visuales.

En cambio tendrían otra vez que ponerse a trabajar para que la bola volviese a levantar vuelo. Si tal cosa fuera posible. No, reconstruirla, era sí, posible, pero tal vez no quisiera volar, por esas cosas de las diferencias pequeñas que aparecían entre un mundo y el siguiente paralelo. Ya le había pasado en Tierra 2, donde había hecho un papelón frente al abuelo y sus mejores amigos.

-Ya me enteré.

-Claro que fueron varias las diferencias entre el modelo original, el de Germán, y eso que yo hice allí, sólo y sin acordarme mucho.

-Me dijeron que estaba dentro del aquel galponcito que se incendió.
-No, ese era el de la Última Tierra, esto en Tierra Uno, en la que mi abuelo estaba vivo y me consiguió los materiales para hacer una bola.
-Ah, sí, ya me acuerdo.
-También era mucho más chica. Dentro del galpón no había más lugar...

Entonces Mandinga convencióse de que la pequeñez habría sido la causa del fracaso, no por encontrarlo razonable, más bien todo lo contrario, sino porque alguna explicación tenía que tener que un aparato tan bien diseñado pudiera así de repente antojarse de no volar.

-Las cuerdas no daban la nota...
-...
-...quedaban flojas... y todos los alambres se caían...
-...
-...no pude nunca poner la décima cuerda en su lugar, es decir... la coloque medio a la fuerza, pero ella no colaboraba y más bien parecía no querer hacer ese jueguito que hacía allá en Tierra Uno, cuando ella sóla se terminaba acoplando en el lugar adecuado.... y quedaba vibrando sin rozar a las otras.

Mandinga escuchaba boquiabierto.

-¿Pero que cagada hiciste, muchacho?
-No sé, todo era bastante parecido, aunque más chico...
-¡Que raro...!

A los nipones toda aquella dialéctica familiar los tenía sorprendidos. No podían creer que fuera el producto de algo ensayado, y por otra parte... Parecían tan reales todos los gestos y los ademanes simultáneos a las palabras que, aparte de parecer verosímiles, producían el placer de leer en aquellas caras las emociones y sentimientos que se iban sucediendo en cada uno de los personajes, ignorantes del límite de agresividad y amor que podían expresar sin hacer daño al otro.
Los iban a ayudar. Fuera por lo que fuera, o fueran. Locos geniales capaces de inventar una patraña increíble y hacértela creer. O gente que no más ha tenido experiencias fuera de lo que se considera normal y que... Daban ese aire de cosa cotidiana a lo que otros llenan de una parafernalia de efectos y luces sicodélicas. Vaya con los otros orientales!