Mostrando entradas con la etiqueta galpón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta galpón. Mostrar todas las entradas

domingo, agosto 24, 2008

587. Pequeñas diferencias

Manuel le hizo comprender la situación en pocas palabras.

-Ellos son demasiado inteligentes para convencerse con algunas pruebitas. Están aburridos de magos y de efectos visuales.

En cambio tendrían otra vez que ponerse a trabajar para que la bola volviese a levantar vuelo. Si tal cosa fuera posible. No, reconstruirla, era sí, posible, pero tal vez no quisiera volar, por esas cosas de las diferencias pequeñas que aparecían entre un mundo y el siguiente paralelo. Ya le había pasado en Tierra 2, donde había hecho un papelón frente al abuelo y sus mejores amigos.

-Ya me enteré.

-Claro que fueron varias las diferencias entre el modelo original, el de Germán, y eso que yo hice allí, sólo y sin acordarme mucho.

-Me dijeron que estaba dentro del aquel galponcito que se incendió.
-No, ese era el de la Última Tierra, esto en Tierra Uno, en la que mi abuelo estaba vivo y me consiguió los materiales para hacer una bola.
-Ah, sí, ya me acuerdo.
-También era mucho más chica. Dentro del galpón no había más lugar...

Entonces Mandinga convencióse de que la pequeñez habría sido la causa del fracaso, no por encontrarlo razonable, más bien todo lo contrario, sino porque alguna explicación tenía que tener que un aparato tan bien diseñado pudiera así de repente antojarse de no volar.

-Las cuerdas no daban la nota...
-...
-...quedaban flojas... y todos los alambres se caían...
-...
-...no pude nunca poner la décima cuerda en su lugar, es decir... la coloque medio a la fuerza, pero ella no colaboraba y más bien parecía no querer hacer ese jueguito que hacía allá en Tierra Uno, cuando ella sóla se terminaba acoplando en el lugar adecuado.... y quedaba vibrando sin rozar a las otras.

Mandinga escuchaba boquiabierto.

-¿Pero que cagada hiciste, muchacho?
-No sé, todo era bastante parecido, aunque más chico...
-¡Que raro...!

A los nipones toda aquella dialéctica familiar los tenía sorprendidos. No podían creer que fuera el producto de algo ensayado, y por otra parte... Parecían tan reales todos los gestos y los ademanes simultáneos a las palabras que, aparte de parecer verosímiles, producían el placer de leer en aquellas caras las emociones y sentimientos que se iban sucediendo en cada uno de los personajes, ignorantes del límite de agresividad y amor que podían expresar sin hacer daño al otro.
Los iban a ayudar. Fuera por lo que fuera, o fueran. Locos geniales capaces de inventar una patraña increíble y hacértela creer. O gente que no más ha tenido experiencias fuera de lo que se considera normal y que... Daban ese aire de cosa cotidiana a lo que otros llenan de una parafernalia de efectos y luces sicodélicas. Vaya con los otros orientales!


miércoles, marzo 26, 2008

499 Para llegar a la cita

Era otra vez el viejo Lagomar a lo largo de sus calles de balastro claro rodeadas por los pinos y el silencio. Era ese tiempo lento que se niega a transcurrir más que para volver una y otra vez al mismo canto de la chicharra, el crepitar de las piñas que se abren y el silencio de cada pinocha que con la brisa se desprende y cae.
Estaba visto. No se trataba de una epidemia de amnesia selectiva. Ni de un viaje temporal a los momentos previos a la irrupción de las bolas y los ángeles. Era tal vez, un especie de maleficio... Un juego mágico que habría hecho con sus pezuñas el chivo de Satanás... Cosas en las que no creía. Nunca. Porque no lo podía creer, simplemente. O sea...

De pronto se le hizo la luz. ¡Estaba en otro mundo! Ya Mandinga le había contado un episodio similar, al que no había sabido si prestarle crédito, o no. Eso era! De ahí las pequeñas diferencias sobre una base muy similar. De ahí que las personas, sin dejar de ser ellos mismos, parecieran haberse definido de una manera distinta. Como había dicho él. Un mundo paralelo, donde cada cual se ve enfrentado a situaciones un poco diferentes, toma decisiones también algo diferentes y.... Aquí el Dengue no había dejado de ser un borracho ni Ernesto Federico, tal vez habría pensado en formar una sociedad secreta, porque en este mundo... seguramente no habrían aparecido los ángeles ni su abuelo habría mandado a Mandinga para ayudarle. Hasta era posible que...

Tanteó que en el bolsillo tuviera suficientes monedas. Corrió hasta la parada de ómnibus de Becú y sin parar se colgó de uno que ya partía.
-Hasta la 20.
Se bajó a la carrera por Aerosur como si fuera apurado para no perder un avión que estuviese remontando del aeropuerto, allá, pasando la altura. Pero no. Corrió apenas hasta que estuvo frente a aquel galponcito que sobresalía de la línea de construcción. El viejo galponcito donde se abuelo reinventaba la pólvora todos los días. Ahí, era ese. Y la terraza de la casa extendida al costado, con aquel mismo portland que había dibujado tantas veces con tizas de colores...
Tal vez sea cierto que Manuel se lo esperaba, pero igual, cuando vio que la puerta del galpón se habría y de ella aparecía aquel anciano encorvado de pelos hirsutos...