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domingo, julio 05, 2009

709. Témpera y engrudo

De pura bronca y vergüenza Rulo tartamudeaba, incapaz de reconocer alguna responsabilidad en lo que acababa de ocurrir y que vos hace rato adivinaste. Que la escalera se iba a enganchar con un rollo de alambre acerado y que la punta del alambre acerado se iba a deslizar  por el guardabarros del cochecito dibujando una impertinente línea blanca que zigzagueaba sobre la chapa cromada, como si fuera la rúbrica de algún sujeto nervioso.
Sólo puteaba, maldiciendo su suerte y la concha de la re-puta madre que habría parido al alambre, al Clío y a la escalera.

-Podemos probar con témpera...

Lo miró con ojos llenos de odio creyendo que se trataba de otra de las bromas de Manuel. Esos coches venían pintados con ese sistema tri-capa, que saben hacer muy pocos pintores y que da ese tornasolado especial. ¡Témpera! Lo mismo que dijese engrudo para pegar la montaña de porcelana que el boludo acababa de hacer añicos!

-¿Todavía te quedan ganas de joder...? Ya van tres cagadas que hacemos en un rato.
-¿Tres?
-Tres, sí, La alacena que arrancaste de la pared. El caño que pinchaste... y esto. Si seguimos así no nos van a querer pagar el trabajo...
-Es el destino, Estaba escrito...
-¡Qué destino ni qué escrito!. Estas cosas sólo les pasan a los boludos...
-Aunque las quieran evitar,,
-No, lo que no pueden evitar es ser boludos!
-¿No te acordás que el otro día en tu casa, te previne de todo lo que nos podía pasar aquí...?

Rulo entreparó las diatribas,

-Un montón de boludeses.

Manuel apenas agregó:

-Todavía faltan varias...





viernes, julio 03, 2009

708, El alambre mal nacido

Ya estaba. Pero sorprendido también, de haber descifrado el enigma con tanta presteza como la falta anterior de ella. Esas cosas que nos hacen sentir inteligentes por el primer éxito posterior a incontables fracasos. Que a veces llamamos tomar conciencia... Bah!
Ya estaba simplemente el enigma resuelto. Urgente, decía el abuelo, sin haberlo dicho otras veces, queriendo decir entonces que lo de ahora corría prisa. Emergencia, peligro o alguna otra razón similar...

-¿Es que no pensás levantarte más de ese suelo? Tenemos que trabajar!

Lo dicho. Con Rulo no había caso. Pero a pesar de todo tenía razón en algo. Todavía no había atinado a levantarse de entre los poligonales trozos del destrozo, así que...
El asunto era cómo contestar. Chocolate por la noticia que si tuviese alguna bola en buen estado de el problema no existiría. Sentarse en el punto phi y desde allí simplemente pensar un mensaje con intensión de que fuera enviado. Extraña manera de volver simple lo complicado que existía, al menos en algunos mundos, aunque no en éste, recalcitrante rincón dónde las cosas todavía costaban sangre sudor y lágrimas.
Allá vamos.

Cazó con una mano la masa y con la otra el fierro ese que Rulo llamaba corte y sin mediar más comentarios entró a picar el reboque a lo largo de la mancha de humedad. Duro reboque que emitía chispas a cada dos por tres, pero que tras la primera capa sedía bruscamente al impacto de la herramienta y la herramienta se adentraba presurosa en sus entrañas. Ah! El fierro era repelido de pronto por un géiser de agua fría que ya estaba salpicando su cara y buena parte de su vestimenta.

-¡Pinché el caño! Cerrá la llave de paso.
-¿Y dónde está?

Las llaves de paso por lo general son ubicadas en el lugar más obvio, o sea aquel donde jamás pensaríamos buscarla. La llave de paso se disimula en el rincón más oscuro e incómodo, pero además... por lo general no funciona, se ha trabado luego de años de desuso e indiferencia humana.

-No la encuentro, -resonó la voz de Rulo desde algún lugar de habitaciones vacías- subiré a cerrar la bajada del tanque,
-¡No...!
-Ella dijo que en el garaje había una escalera...
-No, dejá...
-...detrás del Clío...

Manuel no se puso a correr hacia el garaje para llegar primero porque no se resignaba a dejar aquella fuente brotando con toda su energía. Trataba de detener el torrente metiendo un dedo sobre la herida, miraba a los lados como si fuera posible que justamente pudiera ver algún objeto o sustancia apropiada para la tarea, se bañaba en fin, fuera de toda voluntad. Pero no se evadía del todo de la tragedia que podría estar por comenzar en el garaje. Sólo un poco. Pensando que tal vez el destino no aceptara intercambio de personajes. ¿O acaso lo que tuviese que suceder sucedería no más, aunque el protagonista no se presentara a la escena?
En eso, junto con ruidajes varios, distinguió la exclamación de Rulo:

-¡La puta que te parió, alambre de mierda!

Ya estaba. Los hechos acababan de contestar su pregunta. Ahora sólo restaba evaluar lo daños y ver... si por acaso pudieran disimular los rayones en la pintura.

-Oh! No! No! ¡La puta madre! ¡Qué cagada!

Sacó entonces el dedo, dejando en libertad al chorro para que mojara a gusto todo lo que quisiera y comenzó a caminar con pachorra rumbo al garaje. Después de todo no dejaba de ser gracioso que por esta vez fuera su falso primo quien metiera la pata. Al pedo, porque nunca se iría a bajar del caballo del sabelotodo que había montado toda la vida, pero igual...

-¿Que ha pasado, primo...?





martes, agosto 26, 2008

589. El Destino

En media hora todos estaban colaborando con la tarea. Ya Akiíto había vuelto de San Miguel trayendo varios fardos de papel de diario, un rollo de alambre de acero, veinte quilos de harina para hacer el engrudo. y varias cosas más por si fueran necesarias.
Por suerte las cuerdas estaban en buen estado, puestas a lo largo del frente de la casa, en aquella terraza que se usaba como estacionamiento. Los muchachos habían vuelto a extender la maya de la media sombra y ya Manuel y la Magda sostenían el primer círculo de alambre liberado de pegotes, en la posición central. Allí debían colocar las tres cuerdas que formaban el equilátero de abajo, el que ellos suponían encargado de contrarrestar la gravedad, porque... bueno simplemente porque la gravedad viene de abajo, se supone, qué tontería, o tal vez no.
Manuel trajo la primera cuerda y le alcanzó uno de los extremos a la flaca. No se preocupó todavía por la tensión, porque faltaban las otras dos, que, si todo iba a resultar bien, deberían ya desde al comienzo sostenerse entre ellas y, de vez en cuando murmurar un zumbido casi inaudible.
Zumbaron. Inaudiblemente zumbaron en tres frecuencias muy cercanas y bajas como es lo normal y hasta necesario, para que oscilen y busquen entre ellas la consonancia. Esto no sólo tranquilizó a Manuel y la flaca, sino que impuso respeto entre los demás, que ayudaban sin pronunciar palabra mientras contenían el aliento, para que no se les fuera a pasar ningún detalle de lo que ocurría, lo que estaba por ocurrir y que ellos, daban desde ya por descontado...
Manuel se sentó por un momento en el saledizo de una ventana queriendo tomar conciencia de estar otra vez construyendo la balsa que le rescatara del naufragio. Extraño destino que al parecer le marcaba con trazos gruesos ese permanente estado de liberador liberado y vuelto a caer prisionero. En vez de estar no más, con la flaca allá en la casita, tal vez con un crió gateando por el pasto. ¿Existiría el destino...? O el antidestino, es decir... Aquello que por mucho que deseemos nunca vamos a vivir...?

Con lo que volvía a zonas peligrosamente cercanas al concepto de destino como un guión escrito por algo o alguien para que cada quién cumpla con su papel y no joda el plan general. El desquiciado plan general que hace siempre que las cosas funcionen mal más tiempo que bien, que se rompan, que la gente se pelee por tenerlas y sólo cuando las tiene, tras un momento de perplejidad, parecida a la alegría, comprende que en realidad no las quería. La sociedad toda... No, no parecería probable que existiera el destino. ¿Pero entonces por qué las cosas siempre se empeñaban en rodearle de circunstancias y condiciones que le sacaban del camino que él quería recorrer...? ¿Sería por torpe que le pasaban esas cosas, o simplemente por boludo?

Allá estaba el negro grandote, su padre, alcanzando ahora el círculo de alambre que iba a contener las otras tres cuerdas, las de arriba. Magda, flaca de fierro, se limpiaba las manos sobre las piernas del jean antes de enganchar el extremo de la primera cuerda en el punto que su natural sentido le indicaba. Mandinga! Que hombre o diablo más incapaz para el trabajo. Torpe y sin gracia cuando todo lo otro lo hace encima de pasos de baile! Su padre. Claro. Cómo iba él a salir un sujeto decente con semejantes padres. Una hippie delirante y rebelde y un principe de la música tropical. Un Dios de una religión que no puede existir. Un boludo.

Era el destino.

Que él, aparte de boludo como su padre viniera a resultar una especie de cuarto dios o tal vez un octavo. Un... duende, o... un diablito de esos que dicen al oído cosas tentadoras, ja. Que tontería. Porque resultaba que los dioses no eran mejores ni mas inteligentes que los hombres! Ni más buenos ni más malos. Aunque más poderosos... Otra vez.

Alguna vez se iba a poner a pensar más en serio qué era eso del poder, porque... uno si se pusiera a pensar en un tema, en serio, es muy posible que llegara a conclusiones parecidas a las que llegan esos sabios y filósofos, o no? Alguna vez lo había hecho, por algunos minutos, pensar en un tema, en serio, como si uno pudiera, solo, descubrir la verdad con el pensamiento. Pero no importaba. Aunque no se pudiera del todo, se podía llegar a ver más o menos por donde anda la verdad, esa cosa con más caras que una galería de espejos.

Y pensar aquella idea que una vez se le había ocurrido, de que fuera él mismo quien escribiera el guión de su vida, como si fuera una historieta, que él siempre había soñado dibujar...

588. Dinero en los bolsillos

Hasta Akiíto había quedado impresionado. Fue el primero en preguntar qué cosas, qué materiales eran necesarios para poner a punto aquello que colgaba de las ramas del duraznero y sacarles a todos de las dudas.

-¿Han hecho una evaluación de los daños?

Palabras que sonaron extrañas en un contexto tan improvisado y repentinista como podían ser las mentes de Manuel y de Mandinga, sus maneras tradicionales de razonar, sus pocas ganas de hacer cuentas.

-Con papel de diario y engrudo se resuelve todo.
-¿Pero... revisaron el motor? ¿Está en condiciones de funcionar...?

Mandinga le dejó rodar un "no tiene motor" y conciliadoramente invitó a todos a dirigirse a los restos de lo que había sido la bola número 5, una de las mejores que salieran de la gran caverna de El Bosque 1. Aquel lugar donde había conocido de cerca a Manuel y comenzado a simpatizar con él como si fuera su hijo.
Akiíto, por supuesto, tomó aquello como broma y ya llegando al fondo comenzó sin que le invitaran, a levantar cuidadosamente los trozos de cartapesta en busca de la parte sólida del aparato, el motor, o como quiera que estos chistosos le llamaran.
Toshiro en cambio se dio de narices con una flácida cuerda que colgaba desde la rama más fuerte del árbol, al meter un pié dentro de la guitarra de Mandinga escondida bajo un papel impreso a cuatro columnas.
Mandinga gritó junto con el extraño acorde discorde conque el instrumento se despedía de la vida. No lloró, porque no es de hombres, ni de mandingas llorar, cuando pierden el instrumento en un mundo dominado por el dinero, aquello que justamente jamás había llevado en los bolsillos ni imaginado cómo conseguir. Los Mandingas no trabajan. Hacen cosas, por supuesto, cuando están de acuerdo con ellas, pero nunca por dinero.
Jarumí sólo miraba. Su vista reconstruía la probable estampa de aquello, cuando entero y aerodinámico se deslizara por los aires, en el pasado que ahora creía veraz, y en el futuro que de pronto parecía abrirse en un horizonte luminoso. Ella alguna vez había soñado algo así, sobre los multitudinarios ejercitos sin armas que, como una marea de luz se extenderían sobre la faz de la Tierra.
Magda advirtió que estaba viendo algunos alambres cortados, levantó un libro intacto de entre los restos. La Balada del Álamo Carolina. Haroldo Conti, dijo.

-¿Leés libros humanos...?

Mandinga no advirtió que se le dirigiera pregunta alguna. Cinchaba en ese momento desde el extremo de la cuerda enganchada, con riezgo cierto de quebrar el tronco del pobre árbol, como le decía Manuel.
Akido lamentaba no haber traído su cámara, para registrar todas las etapas completas de la reconstrucción del primer aparato transdimensional que hubiera visto.

Todos estuvieron de acuerdo en colaborar para el traslado del material recuperable. Inmediatamente se comensaría a trabajar.

domingo, abril 27, 2008

522. Paparruchadas

Después de un rato Manuel confesó sus dudas acerca de que tal vez el inconveniente estribara en la reducción de las dimensiones. Las cuerdas cortas no podían dar la misma nota que daban las largas, a no ser que estuvieran mucho más flojas... Claro que a ellos les habían quedado tan flojas que en realidad, en vez de vibrar, colgaban flácidas de sus extremos. Le escuchaban como quien oye llover y hasta Miguel, que ante los argumentos había estado confirmando con la cabeza, prefirió quedarse callado antes que de dar razones a lo que no las podía tener. ¡Cuerdas vibrantes tomadas de un circulito de alambre flaco! Techo sostenido por tres alambrecitos que cruzaban. No. La lógica era la lógica y las leyes de la física eso. Que una cuerda no puede estar tensa sin transmitir esa tensión al elemento que la sostiene, que la tiene que aguantar por lo menos haciendo esa misma fuerza en el sentido contrario. En vez de círculo de alambre tendría que ser de barilla de acero, ese y todos los otros círculos y óvalos que sostenían las tensiones... Con lo que el enorme armatoste multiplicaría su peso por cien...
Ya iba de vuelta llegando a Gianastassio, Miguel, acompañado de un silencioso Ernesto, cuando esto último iba pensando, enojado todavía consigo mismo por haber tenido tamaño momento de credulidad idiota. Justo él.
Ernesto suspiró y con eso llamó la atención de Miguel quien creyó que nunca le había visto tan triste. Quiso saber el motivo y con eso tal vez apartarse de su propio abatimiento.

-¿Qué te pasa Ernesto, te noto muy callado...?
-Es el muchachito este... el nieto de Abelardo que hoy de tarde lo he tratado mal por no comprender que... aunque no sea cierta esa historia de los mundos paralelos... de todas maneras no es un simple loco, en primer lugar existe, lo que ya es todo un portento.
Miguel preguntó qué era lo que quería decir con esa exaltación de la existencia y Ernesto replicó que si no le parecía portentoso que existiera por segunda vez. Miguel cayó en la cuenta y tuvo que reconocerlo rindiéndose a la evidencia de que ese muchacho, por muy rayado que estuviera, era la prueba viviente del límite del conocimiento científico...
-Abelardo ya me había estado hablando de él, es decir del hermano, pero no los conocía... Abelardo tiene inventado un sistema astrológico basado en la estadística con el cual hizo una carta natal del nieto, que coincidía con otra hecha en base a la información de Buda...
Miguel le interrumpió para acotarle que ya debería saber su opinión sobre todos los sistemas de astrología.

-Un montón de paparruchadas cuyo único mérito es ser antíguo.
-Pero si se basara en datos objetivos?
-Objetivos te pueden parecer los datos de Buda, por ejemplo? Todo lo que se diga de Buda tiene encima por lo menos dos mil años de mentiras acumuladas...
-Bueno, mirá... Te puedo decir que de ese estudio Abelardo había concluido que el muchacho iba a tener características extraordinarias
-¡Pero este es otro muchacho!
-No importa... Aunque fuese así, mirá qué destino, tener que encontrarse con otro que es él mismo. Que se sepa a nadie le ha ocurrido.
-¡Y por qué decís que es el mismo. ¿Porque él lo afirmó...? Podría ser un... hermano mellizo... un...
-No jódas. Hasta Manuel se dio por vencido. No podía evitar que el otro se le metiera en la cabeza.

Paso a paso habían doblado en Gianastassio y ahora caminaban la tarde noche, alumbrados de vez en cuando por algunos autos, hacía el puente -ya no pasaban omnibus- y tácitamente se iban acompañando...