--Bueno, pero yo tengo que mostrarte el mensaje que traigo –dijo Kirk, mientras se quitaba la gorra y se la volvía a encasquetar bastante más tirada sobre las cejas.
Arriba de su cabeza se formaron, entonces, cinco globitos apretados uno contra otro y sin llamada hacia ningún lado. El primero decía:”Perdoname Manuel he abusado de tu paciencia. Te prometo no trasladarte más a ningún lado sin tu consentimiento.” El segundo:”Esto me ha costado una dura pelea con tu abuelo, pero ya hemos hecho las paces” . El tercero:"Temí que si te lo decía antes te ibas a asustar mucho, era natural”. El cuarto: Necesitaba un testigo y eras el único adecuado que tenía a mano” Y el quinto: “Lastima que no logro manejar las bolas con la precisión que quisiera” Kirk se quedó mirando el pucho que fumaba a la espera de algún comentario o respuesta. A Manuel más que respuestas le brotaban preguntas que se le aparecían en la conciencia tratando de salir habladas. ¿Qué le quería decir Germán llevándolo a donde estaban los milicos? ¿Qué tenía que ver Bosco en esto y los guijarros del abuelo Abelardo? ¿Los torturadores con la pirámide de luz? Y muchas cosas más que no entendía y que si no se las explicaba Germán, ¿quién se las podría explicar…?
Pero claro, le iba a mandar decir eso nada menos que a Germán Oesterheld y con el Sargento Kirk como mensajero…! Optó por reducir los textos.
--Decile que está bien, pero que por favor me explique qué tienen que ver los milicos de acá con toda esa historia de Dios y el Diablo.
Kirk recupero el movimiento y poniendo cara de macanudo le hizo seña de que esperara. Trepó a la tira, que seguía estacionada enfrente, y llegado allí se agachó de modo que sólo se le veía la espalda que se movía mientras parecía estar buscando algo en el espacio oculto a todo testigo. De pronto de allí mismo brotaron extraños chiflidos y descargas al tiempo que se ponía otra vez de pié pero con unos auriculares como de tanquista, puestos en la cabeza. En la mano derecha sostenía un micrófono de opaco metal gris –parecido a un huevo de plomo—por donde repitió la inquietud de Manuel luego de una serie de letras absurdas dichas como saludo…
--QRX,QRO,QSL…
Parecía contrariado. Le salían expresiones en ingles que iba entreverando con otras en español o en lunfardo.
--No le podés contestar this che Germán!
Se acomodó los auriculares y el cuadrito se corrió para dar lugar a otro en el que Kirk se tapaba la boca y la pera con la otra mano. El rostro se le había poblado de gotitas y los costados de la cabeza emitían pequeñas rayas que denotaban su mal humor. Nuevamente se corrió el cuadro y en el próximo Kirk ya tenía apoyada una mano sobre la línea del marco, como si fuera una ventana abierta por la que se disponía a salir para volver a la rueda…
Los socios de Manuel corrieron sus sillones para que pasara libremente, no fuera cosa de que se enganchara en algo.
--Tu abuelo no deja que te conteste.
--¿Qué…?
--Dice que lo disculpes pero que, por la vieja amistad que lo une a tu abuelo y que viene de recuperar a duras penas, no te puede contestar.
--¿Y vos no me podrías contestar?
--I’m sorry…Es decir no me jodas!
--¿Por qué no me jodas?
--Entendeme! Mister Germán es para mí como un padre…
--¿Y yo qué…?
--Vos recién está llegando.
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martes, diciembre 05, 2006
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lunes, diciembre 04, 2006
144: ¿Quién no conoce al Sargento Kirk?
Apenas habían tragado las últimas porciones de pizza y cuando todavía limpiaban los chorretes de salsa que habían salpicado la mesa, en el aire de frente a sus caras aparecieron letras nerviosas, manuscritas en imprenta y ampliadas hasta una pulgada sobre un fondo improvisado de entramados blancuzcos, que hizo de toda esa banda una perfecta pantalla de proyección. Un título: “Mensaje de G. Oesterheld para Manuel”. No sólo eso, sino que apareció un marco de hermosas líneas negras en cuyo interior se fueron engendrando dibujos y armando un mundo de significantes detalles que Manuel pudo identificar sin ninguna dificultad. Allí estaba de medio cuerpo, con su chaqueta azul y su gorrita el entrañable Sargento Kirk, quién, seguramente sentado sobre algo que el recuadro no dejaba ver, sonreía haciendo miradas rápidas en dirección al cartel y largando de entre los labios esas cositas que siempre largaba, saliva o un pequeño pucho de cigarro tal vez –misterios insondables de la historieta. Porque se movía! Aparte de sonreír y de largar esa cosita, el dibujo se movía trepando las irregularidades ásperas de la trama y tomando para sus líneas y colores nuevas zonas del recuadro. De pronto miró a Manuel, como si siempre hubiera sabido que allí estaba, absorto y boquiabierto como un niño. Lo miró con la misma sonrisa cómplice con que había hecho los visajes al letrero y al mismo tiempo como pidiendo permiso para esa suerte de intromisión. Sacó una pierna por sobre la raya y enseguida boleando la otra, se bajó del recuadro y avanzó tranquilo –flameante lámina impresa— hasta el sillón que hubiera sido del Rulo, para sentarse en él de piernas separadas y torso adelantado, como quién va a decir algo muy cercano.
—Hola.
--(¡El sargento Kirk!) ¿Qué hacés acá?
--Ah, me reconociste?
Manuel se rió con infantil vergüenza.
--¿Cómo no te iba a reconocer. ¿Quién no conoce al Sargento Kirk!
Kirk sacó con pachorra su tabaquera y se puso a armar. Quería disfrutar por un momento, seguro, la suprema felicidad de un dibujo. Ser observado con deleitado placer, como el que evidenciaba la tonta sonrisa de este nuevo amigo…
--Te traigo un mensaje… Un Mensaje de Germán –dijo, levantando la mirada de sus pequeños y rectangulares ojos y recorriendo con ella a todos, como si preguntara por la conveniencia de hacerlo en público.
Pero Manuel no salía de sus propios recuerdos.
--¿Cómo era que te fuiste del ejército para ir a pelear a favor de los indios…?
--Ya no te acordás. ¿Viste qué al pedo que ha sido mi lucha? –bromeó la cara de Kirk debajo de la pequeña visera y las espadas cruzadas.
--¿Y cómo es que hablás igual que nosotros?
--Con el troesma Germán he aprendido muchas cosas de ustedes los gauchos. También los indios del norte me contaron cosas de los del sur, pero claro, me contaban lo que Germán escribía por las noches para poner en sus bocas…
--No entiendo una cosa. ¿Por qué te manda a vos con el mensaje?
--¡Es más barato, ja ja! No. En serio a mi me puede mandar dibujado con lo que se ahorra unos cuantos tera-no-se-qué.
--Y vos… aparte de venir dibujado… allá donde estabas… ¿Cómo estabas?
--Dibujado, Manuel! Yo soy un dibujo en cualquier lado. Claro que allá tengo volumen.
--¿Y quien te dibuja?
--¡Hugo Pratt, quién más!
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—Hola.
--(¡El sargento Kirk!) ¿Qué hacés acá?
--Ah, me reconociste?
Manuel se rió con infantil vergüenza.
--¿Cómo no te iba a reconocer. ¿Quién no conoce al Sargento Kirk!
Kirk sacó con pachorra su tabaquera y se puso a armar. Quería disfrutar por un momento, seguro, la suprema felicidad de un dibujo. Ser observado con deleitado placer, como el que evidenciaba la tonta sonrisa de este nuevo amigo…
--Te traigo un mensaje… Un Mensaje de Germán –dijo, levantando la mirada de sus pequeños y rectangulares ojos y recorriendo con ella a todos, como si preguntara por la conveniencia de hacerlo en público.
Pero Manuel no salía de sus propios recuerdos.
--¿Cómo era que te fuiste del ejército para ir a pelear a favor de los indios…?
--Ya no te acordás. ¿Viste qué al pedo que ha sido mi lucha? –bromeó la cara de Kirk debajo de la pequeña visera y las espadas cruzadas.
--¿Y cómo es que hablás igual que nosotros?
--Con el troesma Germán he aprendido muchas cosas de ustedes los gauchos. También los indios del norte me contaron cosas de los del sur, pero claro, me contaban lo que Germán escribía por las noches para poner en sus bocas…
--No entiendo una cosa. ¿Por qué te manda a vos con el mensaje?
--¡Es más barato, ja ja! No. En serio a mi me puede mandar dibujado con lo que se ahorra unos cuantos tera-no-se-qué.
--Y vos… aparte de venir dibujado… allá donde estabas… ¿Cómo estabas?
--Dibujado, Manuel! Yo soy un dibujo en cualquier lado. Claro que allá tengo volumen.
--¿Y quien te dibuja?
--¡Hugo Pratt, quién más!
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domingo, diciembre 03, 2006
143: ¡BLANCAS!
Por último todos acordaron quedarse en la cueva. Ernesto ofrecía pizzas o en su defecto chorizos que podía subir a cocinar en el horno…o comprar alguna cosa, pero no. Lo mejor era mantenerse adentro y arreglarse con lo que hubiera. Fueron pizzas. El vino, abundante y embotellado, apareció como atención de la casa, haciendo que Manuel mirara significativamente a la flaca mientras comía la primera porción y se pegoteaba los dedos con la muzzarella que se deslizaba y amenazaba caer engrasando todo. Suerte que lo otros también levantaron la porción sobre la cara y abriendo la boca lograban engullir los hilos sin perder ninguno. El método de todo lo meto en el Metotodo. Para reírse.
Ellos raramente iban a la pizzería. Por falta de money, claro, pero lo novedoso no era la pizza, ni mucho menos el vino, ja! Sino lo otro que también se dijeron con aquella misma mirada, porque sólo con la mirada se puede decir. Eso extraño que flotaba en el ambiente dándole un toque de galante ceremonia, a pesar de los guarangos modales de ellos y aun de Giorgionne, que empezó con un precioso cacho de muzzarella sobre su propio pantalón. ¡Me cago en el cacho!
Era un aire de película de aquellas del tiempo de las ceremonias y las pelucas. Costumbres de antes cuando todos los hombres parecían maricones. ¿Ernesto Federico, sería marica? Era difícil de decidir…y sin embargo… tal vez no fuero eso lo extraño que flotaba en el ambiente.
Manuel tocó con disimulo la rodilla de la flaca para que le mirara otra vez y en la mirada ver si estaban pensando en lo mismo sobre eso que ahora se hacía un raro perfume que untoso e insistente se pegaba a las narinas y cargaba la atmósfera con algo a la vez comestible y desconfiable.
Sí, lo extraño no era otra cosa que un perfume. Uno de esos que usan los ricos, que son más pesaditos que los de ellos, puro alcohol con una gota de extracto, que se desaparecen al menor soplo del viento.
Así que el negro era rico y por eso tenía esos modales. Que te acomodo la mesa de la mejor manera. Que te alcanzo el azucarero y no me olvido de las servilletas…Compro perfumes caros y me los echo encima. Almendras o nueces mezcladas con miel y ese pañuelo en el pescuezo…de seda con seguridad.
Pero lo había salvado de la escalera luminosa y no lo había hecho por Dios, sino por los hombres. Por El Hombre, como él decía. Para salvar al hombre de su esclavitud. ¡Lastima que fuera tan pegajoso! Pero generoso… Y hasta a veces cómico. ¡El famoso Mem! Ernesto Federico de Oliveira e Souza, nativo de Caxías do Sul, en el estado de Río Grande pero venido al Uruguay de pequeño a habitar en aquella casa enorme que tenían encima. Ahora Manuel se la imaginaba nueva y bien pintada, rodeada de jardines por dónde correteaban varios niños ricos. Negros por esta vez, seguidos de niñeras como en esas películas americanas de las plantaciones de algodón, pero con los colores cambiados. ¡Las niñeras eran blancas, ja ja! Y los niños negros eran atrevidos y jactanciosos y maltrataban a las niñeras gritándoles altivamente: “¡Blancas!”
Le vino mucha risa con la boca llena y un trozo de muzzarella huyó de la boca a la nariz, como a veces se mete el arroz, y se atoró totalmente. Un desastre. Quiso ayudarle la flaca dándole golpes en la espalda pero, a ella también le vino risa y también se atoró, con lo que la ayuda la dio por fin Ernesto aconsejando tragar pequeños sorbos de agua para restablecer el sentido de la circulación natural.
Dijo que para la risa sí era bueno el método de los golpes en la espalda. Golpes no. Lo bueno era un solo golpe fuerte tomando al paciente de sorpresa cuando se encontrara distraído y al mismo tiempo a las risas –el método era contra la risa—Era así que se hacía, aunque fuera difícil imaginar alguien a las risas y al mismo tiempo distraído.
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Ellos raramente iban a la pizzería. Por falta de money, claro, pero lo novedoso no era la pizza, ni mucho menos el vino, ja! Sino lo otro que también se dijeron con aquella misma mirada, porque sólo con la mirada se puede decir. Eso extraño que flotaba en el ambiente dándole un toque de galante ceremonia, a pesar de los guarangos modales de ellos y aun de Giorgionne, que empezó con un precioso cacho de muzzarella sobre su propio pantalón. ¡Me cago en el cacho!
Era un aire de película de aquellas del tiempo de las ceremonias y las pelucas. Costumbres de antes cuando todos los hombres parecían maricones. ¿Ernesto Federico, sería marica? Era difícil de decidir…y sin embargo… tal vez no fuero eso lo extraño que flotaba en el ambiente.
Manuel tocó con disimulo la rodilla de la flaca para que le mirara otra vez y en la mirada ver si estaban pensando en lo mismo sobre eso que ahora se hacía un raro perfume que untoso e insistente se pegaba a las narinas y cargaba la atmósfera con algo a la vez comestible y desconfiable.
Sí, lo extraño no era otra cosa que un perfume. Uno de esos que usan los ricos, que son más pesaditos que los de ellos, puro alcohol con una gota de extracto, que se desaparecen al menor soplo del viento.
Así que el negro era rico y por eso tenía esos modales. Que te acomodo la mesa de la mejor manera. Que te alcanzo el azucarero y no me olvido de las servilletas…Compro perfumes caros y me los echo encima. Almendras o nueces mezcladas con miel y ese pañuelo en el pescuezo…de seda con seguridad.
Pero lo había salvado de la escalera luminosa y no lo había hecho por Dios, sino por los hombres. Por El Hombre, como él decía. Para salvar al hombre de su esclavitud. ¡Lastima que fuera tan pegajoso! Pero generoso… Y hasta a veces cómico. ¡El famoso Mem! Ernesto Federico de Oliveira e Souza, nativo de Caxías do Sul, en el estado de Río Grande pero venido al Uruguay de pequeño a habitar en aquella casa enorme que tenían encima. Ahora Manuel se la imaginaba nueva y bien pintada, rodeada de jardines por dónde correteaban varios niños ricos. Negros por esta vez, seguidos de niñeras como en esas películas americanas de las plantaciones de algodón, pero con los colores cambiados. ¡Las niñeras eran blancas, ja ja! Y los niños negros eran atrevidos y jactanciosos y maltrataban a las niñeras gritándoles altivamente: “¡Blancas!”
Le vino mucha risa con la boca llena y un trozo de muzzarella huyó de la boca a la nariz, como a veces se mete el arroz, y se atoró totalmente. Un desastre. Quiso ayudarle la flaca dándole golpes en la espalda pero, a ella también le vino risa y también se atoró, con lo que la ayuda la dio por fin Ernesto aconsejando tragar pequeños sorbos de agua para restablecer el sentido de la circulación natural.
Dijo que para la risa sí era bueno el método de los golpes en la espalda. Golpes no. Lo bueno era un solo golpe fuerte tomando al paciente de sorpresa cuando se encontrara distraído y al mismo tiempo a las risas –el método era contra la risa—Era así que se hacía, aunque fuera difícil imaginar alguien a las risas y al mismo tiempo distraído.
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sábado, diciembre 02, 2006
142: HERMANOS TUCU HUMANOS
Giorgionne se fue a un rincón de la Galería con un bloc de notas y una birome. Ecribía un poco y tachaba. Escribía otro poco y arrancaba la hoja… Al cabo una luminosa sonrisa en sus ojos anunció el humo blanco de sus intentos. Volvió satisfecho a mostrar lo que había hecho:
Mantenerse bajo tierra / cuando no alcanzan las fuerzas
Aunque parezca vergüenza / es en el fondo valor.
Quien más aguanta el ardor / más aumenta su destreza.
Unos salen al combate / poniendo el pecho a las balas,
Ignorando que en las malas / es de hombres cavilar.
Sabremos cómo volar / si conservamos las alas.
http://maquischarruas.blogspot.com
Las estrofas fueron festejadas pero, dejaban pendiente lo principal: El Encuentro. Manuel propuso que eso fuera dicho fuera de los versos, de manera clara. Día, hora y lugar. A eso se sumó Ernesto quien además pedía inventar una contraseña o algún elemento visual que sin llamar la atención a todo el mundo, sirviera para identificarse. Giorgionne, de buen humor recordó un encuentro similar entre desconocidos que iban a llevar cada uno un bombo boliviano como recatada señal para una cita en 18 y Andes, en plena dictadura. Magdalena rió.
-¿Y si la hacemos fácil?—preguntó Manuel.
-¿Cómo?
-Les mandamos una esquelita con los Tucus. Como hicieron ellos…
Estaba resuelto. Otra vez la amistad con los Tucus les iba a sacar de un problema. Porque los Tucus gigantes… ¡Eran tan humanos como ellos! ¿Por qué nunca habían pensado en invitarlos a formar parte de los Maquis? ¿Seríamos lo humanos tan Tucus como ellos? ¿Aprenderíamos al fin a hablar como ellos, o ellos como nosotros?
Ernesto, desde su asiento frente al monitor volvió a llamarlos.
-Miren lo que dice T.N!
Estaba repasando los canales y se había detenido en una nota sobre el incendio en El Bosque en la que delante de las lenguas de fuego y la caída de árboles enteros devorados por las llamas, hallábase un notero con enorme micrófono modelo cucurucho e impecable traje oscuro diciendo tonterías tan trilladas que parecía ser aquél el mismo incendio de todas las veces, grabado y repetido para llenar el espacio sin decir nada. Ni una palabra de la explosión, que todo el mundo habría oído, ni mucho menos rozar siquiera la posibilidad de que algo, así fuera un color, hubiera caído del cielo. ¿Para qué esperar entonces que el tipo informara sobre la irrupción en cielos uruguayos de una nave secreta, con características de indetectable y de despegue vertical aceleradamente translumínico, por no decir hiperespacial, o que en su defecto dijera simplemente la verdad?
Manuel reconoció en el primer plano de la toma a su amigo Aníbal que distraídamente pasaba ignorando la cámara y sin dejar de mirar para el lado del incendio se iba rascando la cabeza. Ha vuelto de Maldonado—le dijo a Magda. Pero la flaca sólo le contestó con cosquillas en las costillas, por debajo de la remera, iniciando algo que…
-Tenemos que irnos.
El otro dúo replicó al toque que de ninguna manera podría ser conveniente hacer aquello. Internarse en la noche de un mundo agitado, lleno de bomberos y policías y bolas celestiales en plena batalla
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Mantenerse bajo tierra / cuando no alcanzan las fuerzas
Aunque parezca vergüenza / es en el fondo valor.
Quien más aguanta el ardor / más aumenta su destreza.
Unos salen al combate / poniendo el pecho a las balas,
Ignorando que en las malas / es de hombres cavilar.
Sabremos cómo volar / si conservamos las alas.
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Las estrofas fueron festejadas pero, dejaban pendiente lo principal: El Encuentro. Manuel propuso que eso fuera dicho fuera de los versos, de manera clara. Día, hora y lugar. A eso se sumó Ernesto quien además pedía inventar una contraseña o algún elemento visual que sin llamar la atención a todo el mundo, sirviera para identificarse. Giorgionne, de buen humor recordó un encuentro similar entre desconocidos que iban a llevar cada uno un bombo boliviano como recatada señal para una cita en 18 y Andes, en plena dictadura. Magdalena rió.
-¿Y si la hacemos fácil?—preguntó Manuel.
-¿Cómo?
-Les mandamos una esquelita con los Tucus. Como hicieron ellos…
Estaba resuelto. Otra vez la amistad con los Tucus les iba a sacar de un problema. Porque los Tucus gigantes… ¡Eran tan humanos como ellos! ¿Por qué nunca habían pensado en invitarlos a formar parte de los Maquis? ¿Seríamos lo humanos tan Tucus como ellos? ¿Aprenderíamos al fin a hablar como ellos, o ellos como nosotros?
Ernesto, desde su asiento frente al monitor volvió a llamarlos.
-Miren lo que dice T.N!
Estaba repasando los canales y se había detenido en una nota sobre el incendio en El Bosque en la que delante de las lenguas de fuego y la caída de árboles enteros devorados por las llamas, hallábase un notero con enorme micrófono modelo cucurucho e impecable traje oscuro diciendo tonterías tan trilladas que parecía ser aquél el mismo incendio de todas las veces, grabado y repetido para llenar el espacio sin decir nada. Ni una palabra de la explosión, que todo el mundo habría oído, ni mucho menos rozar siquiera la posibilidad de que algo, así fuera un color, hubiera caído del cielo. ¿Para qué esperar entonces que el tipo informara sobre la irrupción en cielos uruguayos de una nave secreta, con características de indetectable y de despegue vertical aceleradamente translumínico, por no decir hiperespacial, o que en su defecto dijera simplemente la verdad?
Manuel reconoció en el primer plano de la toma a su amigo Aníbal que distraídamente pasaba ignorando la cámara y sin dejar de mirar para el lado del incendio se iba rascando la cabeza. Ha vuelto de Maldonado—le dijo a Magda. Pero la flaca sólo le contestó con cosquillas en las costillas, por debajo de la remera, iniciando algo que…
-Tenemos que irnos.
El otro dúo replicó al toque que de ninguna manera podría ser conveniente hacer aquello. Internarse en la noche de un mundo agitado, lleno de bomberos y policías y bolas celestiales en plena batalla
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viernes, diciembre 01, 2006
141 : Dioses y Diablos en la Tierra
Ernesto y los Tucus volvieron con la noticia de que la caverna estaba impecable. No se notaban daños de ningún tipo y lo más importante: En cinco minutos de escucha silenciosa, ni Trum ni Porum habían escuchado ningún microsonido que denunciase algún tipo de inestabilidad. Podían volver. Era necesario hacer varias búsquedas en la computadora para entender algo de lo visto en el incendio. Además de tener que seguir con el tema de la contestación del mensaje.
Allá fueron, cada uno con su vaso y sus pensamientos, escaleras abajo y oscuridad adentro entre medio del eco de las sirenas que aun revoloteaban en la oquedad del aljibe y que sólo cesaron de reverberar en los oídos una vez que entraron en el estrecho declive de los 45.
Al llegar a la Galería Máxima, los Tucus, ni bien terminaron el jugo de la jarra se despidieron. Era ya muy tarde para sus costumbres. Ernesto en cambio iniciaba su trabajo de rastreo en la compu, silencioso y concentrado por un rato hasta que habló haciendo que los otros vinieran a su entorno. Había encontrado lo que buscaba, que no era otra cosa que lo que Manuel ya había adelantado en la casa. La cucaracha negra era un X666, LA BESTIA. Desagradable objeto volante con un montón de características revolucionarias.
Todos estuvieron de acuerdo en que lo que mostraba el monitor era lo mismo que habían visto sobre las llamas.
-Pero lo que estaba caído en el suelo no era un avión.
-¿Cómo saberlo?
-Yo vi los cadáveres!
-¿Cadáveres de qué?—preguntó Ernesto.
-De seres parecidos a nosotros…pero de otra especie.
-¿Ángeles o demonios?
-Yo qué se…son tan parecidos…
Las cosas se complicaban. Ahora los dioses y los diablos andaban por la tierra de los hombres. Todos habían visto aquel manojo de alambres, porque no más que eso podían ser los hilos incandescentes que se veían brillar entre medio de las llamas… Un capullo de seda, restos de una bola, pero un avión, jamás! Había hombres luchando de parte de alguno de los bandos en pugna. Aliados…Traidores!
Porque ponerse de parte de Dios o del Diablo era traicionar a todas las especies que habitaban la tierra. Manuel lo comprendió y lo dijo. El nunca se iba a poner al servicio de ningún ser, por poderoso que fuera, porque él no aceptaba que nadie estuviera al servicio de nadie.
-¡Te vas a cagar!
Sólo deseaba tener a su lado a aquellos que quería, o al menos respetaba…Era su derecho y por eso pasó ahora el brazo sobre los hombres de Magda.
-Tenemos que escribir la contestación al mensaje de los otros Maquis—opinó Giorgionne.
Ernesto tuvo la idea de hacerlo también en versos que formaran el mismo acróstico.
-¿En verso?—preguntó extrañado Manuel.
-Claro, en coplas de payador, como el de ellos.
-¿Y si no nos entienden?
-¿Por qué no nos van a entender…?
-Yo, a veces no entiendo los versos…
En realidad nunca se había puesto a pensar en por qué había cosas que se escribían en verso… Pero fuera por lo que fuera, comprendió que en este caso iba a tener que dejar que Ernesto y Giorgionne hicieran lo que deseaban. ¡Tanto era su entusiasmo en escribir los versos que hasta se habían olvidado de discutir el contenido del mensaje!
Eso les recordó.
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141 : Dioses y Diablos en la Tierra
Allá fueron, cada uno con su vaso y sus pensamientos, escaleras abajo y oscuridad adentro entre medio del eco de las sirenas que aun revoloteaban en la oquedad del aljibe y que sólo cesaron de reverberar en los oídos una vez que entraron en el estrecho declive de los 45.
Al llegar a la Galería Máxima, los Tucus, ni bien terminaron el jugo de la jarra se despidieron. Era ya muy tarde para sus costumbres. Ernesto en cambio iniciaba su trabajo de rastreo en la compu, silencioso y concentrado por un rato hasta que habló haciendo que los otros vinieran a su entorno. Había encontrado lo que buscaba, que no era otra cosa que lo que Manuel ya había adelantado en la casa. La cucaracha negra era un X666, LA BESTIA. Desagradable objeto volante con un montón de características revolucionarias.
Todos estuvieron de acuerdo en que lo que mostraba el monitor era lo mismo que habían visto sobre las llamas.
-Pero lo que estaba caído en el suelo no era un avión.
-¿Cómo saberlo?
-Yo vi los cadáveres!
-¿Cadáveres de qué?—preguntó Ernesto.
-De seres parecidos a nosotros…pero de otra especie.
-¿Ángeles o demonios?
-Yo qué se…son tan parecidos…
Las cosas se complicaban. Ahora los dioses y los diablos andaban por la tierra de los hombres. Todos habían visto aquel manojo de alambres, porque no más que eso podían ser los hilos incandescentes que se veían brillar entre medio de las llamas… Un capullo de seda, restos de una bola, pero un avión, jamás! Había hombres luchando de parte de alguno de los bandos en pugna. Aliados…Traidores!
Porque ponerse de parte de Dios o del Diablo era traicionar a todas las especies que habitaban la tierra. Manuel lo comprendió y lo dijo. El nunca se iba a poner al servicio de ningún ser, por poderoso que fuera, porque él no aceptaba que nadie estuviera al servicio de nadie.
-¡Te vas a cagar!
Sólo deseaba tener a su lado a aquellos que quería, o al menos respetaba…Era su derecho y por eso pasó ahora el brazo sobre los hombres de Magda.
-Tenemos que escribir la contestación al mensaje de los otros Maquis—opinó Giorgionne.
Ernesto tuvo la idea de hacerlo también en versos que formaran el mismo acróstico.
-¿En verso?—preguntó extrañado Manuel.
-Claro, en coplas de payador, como el de ellos.
-¿Y si no nos entienden?
-¿Por qué no nos van a entender…?
-Yo, a veces no entiendo los versos…
En realidad nunca se había puesto a pensar en por qué había cosas que se escribían en verso… Pero fuera por lo que fuera, comprendió que en este caso iba a tener que dejar que Ernesto y Giorgionne hicieran lo que deseaban. ¡Tanto era su entusiasmo en escribir los versos que hasta se habían olvidado de discutir el contenido del mensaje!
Eso les recordó.
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