Los muchachos trataron de hacerse oír con palabras amistosas, promesas de comprensión y acompañamiento.
Dengue contestaba incoherentes razones para ausentarse un rato de tales paraísos. La madre que debía visitar de inmediato nunca se había sabido quien era. Un increíble trabajo que debía comenzar ese mismo día. Y, por supuesto, que después de esas diligencias se iba a dedicar por entero a recuperar la salud, más tarde, cuando volviera con la misma bicicleta que ni por un momento había pensado en vender.
Manuel se impuso:
-Dengue, hermano... Dejá de decirte mentiras. Te venís con nosotros.
Aflojó. A pesar de la desesperante tensión accedió a caminar junto a la bici, que ahora llevaba Manuel tomada de las guampas. Magda le tomó una mano...
El sol ya se había puesto, pero su luz magenta retenía el paisaje con su afeite. Ellos mismos, unidad viviente en tres corazones y tres resuellos, se iban perdiendo, difusos y oscuros, en el profundo y dramático acorde de las sombras en avance.
Pasaban otras gentes por los lados, anónimas. Mil motivos habían en el mundo para apurar el paso, llevar paquetes y hasta para hablar solos, recontando trajines y olvidando sentimientos.
Ellos, en cambio, dialogaban con el silencio. Compartían de antiguo la sabiduría de la soledad aprendida en mil atardeceres imposibles de detener. En mil noches oscuras, casi tanto como esa que Dengue no había logrado atravesar, y que ahora... tal vez entre todos... ¿Porque, qué otra cosa somos que unos cuantos náufragos arrojados a las costas de un continente desconocido? ¿Sería sensato olvidar a nuestros compañeros para correr a buscar pepitas de oro?