No llegó a abrir los ojos en este mundo. No era ya necesario, lo supo al darse cuenta de que habían cesado todas las sensaciones corporales. Ni temperatura, ni pulso en las venas de la sien, como hasta el instante previo, cuando vislumbrara el abismo que se abría entre la imponente pretensión del animal y los ingenuos planes que anidaban en las mentes de sus amigos. Ya estaban a salvo. Disponían de tiempo para encontrar la vía de escape a la sorpresiva encrucijada... Primero, encontrarse. Como anteriores veces, con el pensamiento... y el sentimiento... en ese ámbito, o mundo sin dimensiones ni materia...
-(Magda...)
Después, encontrar la mejor estrategia para evadir los peligros que la locura de este poderoso sujeto les venía a significar...
-(Cholo...?)
Daba por descontado que nadie , ni siquiera la mayor de las Bronté, iba a querer continuar el diálogo anterior, con este sujeto tan loco...
-(Ernesto...¿estás ahí...?)
...que pretendía dividir el universo en dos bandos, más parecidos que distintos y tan asquerosos uno como otro...
-(¿Vittorio...?)
Se comenzaba a preocupar. ¿Por alguna razón sus amigos no habrían podido refugiarse dentro del punto? ¿Estarían aún frente a frente con la impresionante figura de Satanás y su trasfondo de berreantes majadas colorinches...?
-(Vieja...)
Debía mantener la calma. De un momento a otro se iba a restablecer el contacto. Quién sabía... No él, por cierto, cuales eran las leyes y las limitaciones de ese extraño mundo donde sólo podían habitar los pensamientos... las emociones...los sueños... pero no los cuerpos, ni las cosas, ni siquiera los colores...
-(¿Hay alguien ahí...?)
...por decir lo menos, ya que ni siquiera -ahora se daba cuenta- podría decirse que aquello era un reino oscuro... ni por supuesto claro, o intermedio. No lograba determinar si allí había claridad u oscuridad. Podía, sí, recordar lo que era un ambiente luminoso u otro oscuro, pero... Aquello, lo que le rodeaba, no era ninguna de esas cosas, ni otra distinta tampoco... Ni chicha ni limonada, ni lindo ni feo, era... simplemente un lugar solitario.
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martes, febrero 19, 2008
476 NI CHICHA NI LIMONADA
Etiquetas:
CHICHA,
cuarta dimensión,
interior del punto,
LUZ,
oscuridad,
soledad
lunes, noviembre 20, 2006
130 - Soy un árbol, soy un médano...
La mulata se quiso ir y se fue.
Manuel contó a Magda el motivo de su vuelta que no era para quedarse sino para volver con los guijarros y si era posible con ella para presentarla a la sociedad secreta de los Maquis. Lo del Rulo le parecía mejor dejarlo para otro día, hoy era importante mostrar el uso de las piedritas y entre ellos dos formaban un buen equipo.
Salieron muy ufanos a pie por el callejón –Manuel dejó el bendito equipo de lluvia y tomó la bolsa de gamuza- Magdalena de Troya de la mano con Alejandro Manuel Magno, grandes, casi imponentes en tamaño y en belleza, luciendo sus dorados bucles y sus pupilas celeste agua, rumbo a la definitiva consagración en la fiesta del oscar de la academia. También haciendo galas de campechana macanudez como todo aquel que se ha criado prácticamente en la calle. Esa calle que ahora no caminaban descalzos ni corrían descalzos, ni ensuciaba ella sus tobillos flacos de barro o polvo. Ahora era otro tiempo. Iban hacia una historia futura que ellos escribían paso a paso, latido a latido y que nadie –ni siquiera ellos- sabía hacia dónde conduciría ni si tendría un cercano y predeterminado final.
Vieron que la noche se había impuesto al día y que les rodeaba la oscuridad. Cuando pasaban por la más estrecha de las calles entre los pinos el brazo de Manuel rodeó el cuello de Magda para que sintiera con quién iba, protegida de la fría humedad, de la soledad o el abandono. Sentían así el pulso de la sangre acompasando la marcha en medio de la negrura, que no era para ellos una nada, sino primacía de los otros sentidos, los más internos y profundos que les estaban hablando del silencio compartido en un espacio por ahora sin luz. Un latido y otro que contesta, el aire negro, el canto de los grillos y la presencia de las cosas ocultas a la vista, vibrando su existencia e intercambiando, en nocturno juego de panaderos, las personalidades y los lugares. Yo soy un árbol, soy un médano, soy un hombre que camina, soy un cartel que aun no ha sido escrito…
Se detuvieron en un beso. En la oscuridad perfecta se encontraron los labios y las lenguas en moroso movimiento. Se recorrieron. Se estaban reconociendo en el sabor cuando de la nada brotó la luz para enceguecerles de blanco relumbre. Eran dos faros que desde adelante alumbraban a destajo y gritaban con destemplada voz:
-¡Pero si es Manuel! ¡Nuestro jardinero!
Temblaron de sorpresa y hasta temor, aunque enseguida comprendieran que aquella no era otra que la voz de la señora de las blancas tetas. Y que los faros debían salir con toda seguridad de la Cherokee del señor Ferrari, estacionada a lo oscuro y con el motor apagado -¿recuerdo de otros tiempos?- justo en el camino que ellos habían venido recorriendo. ¿Qué mierda estarían haciendo allí?
Saludaron apenas y retomaron la marcha haciendo caso omiso del amague de “charlemos un momento” que los tipos hacían al bajarse sonrientes del vehículo. Apresuraron el paso sin mirar atrás y pronto llegaron a Gianastacio dónde la luz artificial ilusionaba un clima diurno dominado por la presencia, entre las copas de los árboles, del alto tanque de agua de la O:S:E
-Desde aquí no son más que tres cuadras.
-¿Es una casa grande…abandonada?
-Ja, sí y no.
-¿Cómo, sí y no?
-Porque es ahí, pero no es ahí…
narrativa
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Manuel contó a Magda el motivo de su vuelta que no era para quedarse sino para volver con los guijarros y si era posible con ella para presentarla a la sociedad secreta de los Maquis. Lo del Rulo le parecía mejor dejarlo para otro día, hoy era importante mostrar el uso de las piedritas y entre ellos dos formaban un buen equipo.
Salieron muy ufanos a pie por el callejón –Manuel dejó el bendito equipo de lluvia y tomó la bolsa de gamuza- Magdalena de Troya de la mano con Alejandro Manuel Magno, grandes, casi imponentes en tamaño y en belleza, luciendo sus dorados bucles y sus pupilas celeste agua, rumbo a la definitiva consagración en la fiesta del oscar de la academia. También haciendo galas de campechana macanudez como todo aquel que se ha criado prácticamente en la calle. Esa calle que ahora no caminaban descalzos ni corrían descalzos, ni ensuciaba ella sus tobillos flacos de barro o polvo. Ahora era otro tiempo. Iban hacia una historia futura que ellos escribían paso a paso, latido a latido y que nadie –ni siquiera ellos- sabía hacia dónde conduciría ni si tendría un cercano y predeterminado final.
Vieron que la noche se había impuesto al día y que les rodeaba la oscuridad. Cuando pasaban por la más estrecha de las calles entre los pinos el brazo de Manuel rodeó el cuello de Magda para que sintiera con quién iba, protegida de la fría humedad, de la soledad o el abandono. Sentían así el pulso de la sangre acompasando la marcha en medio de la negrura, que no era para ellos una nada, sino primacía de los otros sentidos, los más internos y profundos que les estaban hablando del silencio compartido en un espacio por ahora sin luz. Un latido y otro que contesta, el aire negro, el canto de los grillos y la presencia de las cosas ocultas a la vista, vibrando su existencia e intercambiando, en nocturno juego de panaderos, las personalidades y los lugares. Yo soy un árbol, soy un médano, soy un hombre que camina, soy un cartel que aun no ha sido escrito…
Se detuvieron en un beso. En la oscuridad perfecta se encontraron los labios y las lenguas en moroso movimiento. Se recorrieron. Se estaban reconociendo en el sabor cuando de la nada brotó la luz para enceguecerles de blanco relumbre. Eran dos faros que desde adelante alumbraban a destajo y gritaban con destemplada voz:
-¡Pero si es Manuel! ¡Nuestro jardinero!
Temblaron de sorpresa y hasta temor, aunque enseguida comprendieran que aquella no era otra que la voz de la señora de las blancas tetas. Y que los faros debían salir con toda seguridad de la Cherokee del señor Ferrari, estacionada a lo oscuro y con el motor apagado -¿recuerdo de otros tiempos?- justo en el camino que ellos habían venido recorriendo. ¿Qué mierda estarían haciendo allí?
Saludaron apenas y retomaron la marcha haciendo caso omiso del amague de “charlemos un momento” que los tipos hacían al bajarse sonrientes del vehículo. Apresuraron el paso sin mirar atrás y pronto llegaron a Gianastacio dónde la luz artificial ilusionaba un clima diurno dominado por la presencia, entre las copas de los árboles, del alto tanque de agua de la O:S:E
-Desde aquí no son más que tres cuadras.
-¿Es una casa grande…abandonada?
-Ja, sí y no.
-¿Cómo, sí y no?
-Porque es ahí, pero no es ahí…
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