lunes, noviembre 02, 2009

754. El árbol cae sin hacer ruido

Quedaba en claro que la dificultad estribaba en poder poner la mente sobre un sólo objetivo. No dejarse desviar por los temores y saber a ciencia cierta a donde se quiere ir. Fácil de decir, mientras una miríada de mundos parecidos bailen  la danza de las posibilidades que pugnan por realizarse, tentando a nuestras mentes como las sirenas a los navegantes griegos. Porque al igual que los dioses, que necesitan ser creídos -pensó Manuel- los mundos necesitan volverse reales para existir, y reales solo son las cosas que alguien vive, que muchos viven, cuantos más mejor. Como un libro que muchos leen. Porque si nadie leyera un libro... Si ni siquiera su autor lo hubiese vivido al escribirlo, si... fuera una historia escrita por una computadora sin conciencia... que nunca después alguien leyera... Esa historia, nunca habría existido. No tendría personajes ni situaciones. Ni lugares, ni escenarios. Como aquel gran árbol que se cae en el bosque solitario alejado de todo ser conciente...  que al caer no hace ruido.
Eso pensó, y al pensarlo, una dolorosa duda se clavó en el esquivo rincón por donde la conciencia crece. No sería acaso nuestra mente la que de continuo va creando mundos a medida que los imagina? Mundos enteros donde hasta podemos habitar, vivir y ser felices, o padecer las mil penurias y sufrir hasta la muerte negra, sin cesar en ningún momento de acrecerlo con nuevas imaginaciones que a cada paso acumulan complicados retruécanos, irónicos desenlaces, estúpidas situaciones y hasta vastos e insufribles aburrimientos?
Por eso tomó de pronto a la flaca por la cintura y la trajo  contra si, como si de bailar se tratara. De bailar la gran música que el gigantezco órgano de todas las mentes ejecuta y está siempre ejecutando aun cuando parezca que nadie quiere bailar. (Tantas son nuestras ignorancias.)
La besó despreocupadamente aunque con suficiente calor como para que ella sintonizara aquella inefable vibración y aceptara el gesto que la existencia estaba en ese momento dibujando. Porque lo aceptó, completamente y, ante la impavidez de los otros, ellos dos, entrelazados los brazos, fueron a meterse de cabeza y torso, y después del todo, dentro del famoso cubo luminiscente, por donde se vieron desaparecer después de estirarse como un par de lánguidas anguilas. Chau.


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