miércoles, noviembre 25, 2009

761. Los Aborígenes

Enseguida que la barrera estuvo abierta a sus espaldas Dengue inició la retirada junto con Manuel y Magda, pero antes, aun mantuvo un intercambio de miradas con su tocayo a modo de despedida.
Era triste tener que separarse de alguien con quien se tiene tanto en común. Tanto y más que lo que se sabe de uno mismo. Alguien que a partir de los mismos elementos ha podido combinarlos de forma tan ingeniosa que lo que en uno pudiera parecer defecto, en el otro apareciera como virtud. La flaca y frágil figura, por ejemplo, que en Dengue no habían podido cambiar ni los más pesados trabajos que sólo le habían llenado de duros tendones debajo de una piel escuálida y el otro, lucirla con tanta gracia y agilidad, que más pereciera bailar que otra cosa cuando camina. Felipe, se llamaba, igual que él antes de que justo por su figura todos le comenzaran a llamar Dengue.

Se reagruparon al llegar a los primeros aromos y se iban a sentar allí no más en la orilla, cuando por sobre sus cabezas y las copas de los pobretones árboles apareció un par de helicópteros pistoneando malos augurios. Tiraron ellos miradas hacia los muchachos que seguían allá en el baño y comprobaron la oscura premonición: Ellos se dispersaban como manada de gacelas que olfatean guepardo, sin saber cuál fuera la dirección correcta, cuando ya caían esas telarañas para enredarlos, y pescarlos, así desnudos como estaban, sin que los pataleos lograran otra cosa que bambolear un poco las redes que ya cerradas eran elevadas sin prisa hacia las panzas hambrientas de las naves.

A ellos nada les pasó. Porque al presenciar lo que ocurría, no sin vergüenza, se habían ocultado en el montecito, donde permanecieron, aguantando los latidos, mientras trataban de imaginar alguna clase de explicación. Cuando por fin se asomaron, vieron que desde el mar venía corriendo, semi agachada, la rubia tostada del principio, que llegó hasta donde ellos, a tirarse entre sollozos debajo de las ramas más bajas, y temblar sus miembros desprotegidos.

-Felipe no zafa de esta-, dijo.

Le rodearon con cautas caricias y explicaron que no eran de allí. Que no comprendían lo ocurrido, aunque lo lamentaran.

-Aguanté la respiración debajo del agua-, intentó explicar.

-¿Por qué Felipe no zafa...?

-Y... porque es la segunda vez que lo cazan!

-¿Quienes son los de los helicópteros?

Levantó la cara de entre las manos.

-¿Cómo que quienes son? ¿Quienes van a ser?

-No somos de aquí...

-¿Acaso hay un lugar distinto? En todos lados pasa lo mismo... -fijó la mirada en la mano blanca del pecho de Dengue- Eso creo...

Al cabo de mucho insistir ella aceptó que pudiesen haber lejanos lugares distintos, perdidos en las nieblas de detrás del horizonte, allá donde dicen que sigue existiendo el paraíso. África. Preguntó si ellos creían en la existencia de Africa, la tierra sin mal. ¿Acaso venían de allá? Brujos, seguro, poseedores de la antigua magia -Volvió a mirar la mano en el pecho- Se lamentó de su ignorancia y explicó que la vida de los humanos se estaba volviendo un continuo presente. Ya no quedaban viejos sabios para enseñar a los jóvenes, y la vida era tan corta...

-Pero quienes los persiguen?
-Los...  Tienen un nombre raro. Son una raza... O algo así.
-No saben cómo se llaman?
-Felipe sabe decirlo. Es en un idioma antiguo y quiere decir que ellos son otra raza mejor. A nosotros nos llaman aborígenes.
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