martes, noviembre 17, 2009

758. Gracioso Desparpajo


Hacerle un reproche hubiese sido como pretender que alguien pudiera detener las fantasías que de continuo bailotean por la mente. Se puede, claro, cuando uno ya está experimentado. Pero en el caso de Dengue, mente virgen de satisfacciones que con seguridad ha sobrevivido manteniendo un teatro clandestino que se abre en la soledad para emparchar un alma cocida de retazos... Se habría imaginado al otro mundo como el reino de los deseos satisfechos, leche y miel sobre la lengua y cuerpos desnudos para tocar.

-¿Lo imaginaste así...?
-Lo imaginé...

La barra de muchachos y muchachas habían tomado carrera y pasaban ahora por donde ellos seguían detenidos, un tanto boquiabiertos. El aire se sentía fresco pero la banda enfilaba, entre risas y chanzas, directamente hacia las modestas olas que poco más allá seguían lamiendo la arena. Dengue compuso en su cara una irrepetible expresión de éxtasis mientras seguía el movimiento de todos los cuerpos hasta el chapuzón.

-Hemos perdido la ropa... es raro. -Comentó Magda.

Dengue se encogió de hombros.

-Aquí no se necesitan...

-Lo que yo no veo, es el lugar donde puede haber quedado la boca del pasaje... Tenemos que volver a intentarlo -agregó seriamente Manuel.

Pero una nueva banda de desnudos se acercaba desde las palmeras. Ni tantos ni tan bullangueros como los anteriores, pero algo hizo que les miraran con especial atención. Sí, ese morochito que caminaba entre los primeros llevando de la mano a una rubia tostada por el sol. Ese que se parecía mucho al propio Dengue. ¡Hasta en el más mínimo detalle de los rasgos, aunque no tanto en la actitud corporal. Sí, ese era otro Dengue!! Manuel trató de explicar apartándoles un poco del camino.

Dengue lo comprendió, pero también se dio cuenta de la diferencia. Él nunca hubiese podido caminar con la cabeza tan en alto ni moverse con tanta soltura. Trataba de imaginar una superposición de su cuerpo con el del otro, que ya se alejaba moviendo los glúteos con gracioso desparpajo, y no lo lograba. No se podía sentir en la piel ni sobre las patas del otro. Le daba como una especie de envidia y sin embargo era él mismo. Lo veía hermoso, habiéndose visto siempre a sí mismo muy feo. Lo veía admirable...


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