jueves, julio 31, 2008

572. Fiesta, saqueo, palos y vía

A la madrugada comenzaron los problemas. No toda la gente sumada al festejo había llegado con esas intenciones. Muchos, especialmente aquellos que bajaron de la oscura hilera de camiones y bañaderas que habían estacionado sobre Rivadavia, después de mezclarse con la multitud y ser enseguida de los más divertidos y entusiastas... comenzaron a encontrarle gracia al destrozo indiscriminado de vidrieras y puertas de comercio. Más aun al vaciamiento con posterior incendio e incluso, al asalto de viviendas particulares. El centro de General Rodriguez ardió tanto en llamas como en gritos, mientras las mercaderías pasaban de mano en mano hasta los camiones y los camioneros de desgañitaban tratando de hacer entender que ya no disponían de lugar.
A las cuatro llegaron y subieron los últimos. A las cuatro y media, cuando se habían ido todos, llegó la primera columna de blindados, los helicópteros con su lluvia de gases, los perros, los caballos y los sables. Un polícromo muestrario de uniformes, cascos y armamento. Escudos y banderas de las distintas compañías y grupos financieros que manejaban cada uno de los cuerpos armados, que vinieron a restituir el orden y la paz empresarial, perseguidos de cerca por una tropa de cámaras de tv, reflectores y periodistas. ¡Un panorama dantesco!
Mientras los bomberos barrían gente con sus chorros hidráulicos, los perros mordían tobillos y pantalones, los infantes le daban duro a las cachiporras, los borrachos se asombraban y todos estaban siendo detenidos sistemáticamente y conducidos a la otra hilera de oscuros vehículos estacionados más al oeste, Manuel, Magda y algunos amigos de Jarumi, que en ningún momento habían dejado de temer un desenlace negativo, escapaban caminando por encima de los rieles.
No habían logrado hacerse oír. La masa se había impuesto, con su mente propia, su mente de masa, que no oye ni piensa, sino que sigue con el piloto automático justamente en dirección al precipicio.
Ahora nadie quería hablar. Ni Magdalena, ni Manuel, ni Jarumi, ni ninguno de los tres japonecitos argentinos: Toshiro, hermano mayor de Jarumi, Okido y Natasha.
Adelante, a lo lejos, se veían las luces de Merlo.
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