lunes, julio 28, 2008

571. PÓLVORA

A los que se le van sumando otros, que por aquí y por allá trepan primero a los respaldos de las camas, después meten los dedos grandes de los pies ente las hileras de ladrillos desnudos, después alcanzan con estirados brazos, alguna de tantas vigas de hierro que les sirven de sustentador para ágiles movimientos de vaivén, al modo de avezados trapecistas y ya están, parados sobre las ménsulas! Tres, cuatro, y otros más que ya llegan también a las banderolas para abrirlas y dejar que entre, a raudales, el aire y las sangrienta luz del atardecer. Tal vez por puro gusto, en la única aventura que se habría visto en mucho tiempo o, tal vez, no habría por qué descartarlo, por haber comprendido de algún modo, que el mensaje gestual de los primeros alpinistas de la barraca había querido significar libertad. El inicio de la segunda parte de esta historia, que hasta allí habría resultado seguramente poco divertida. Porque así como todos los humanos tenemos el gen de la pelotudez encima, también tenemos el de la lucha vital, que no admite repeticiones ni permanencia. El gen de la idiotez y también el de la inteligencia, así como otros tantos pares de virtudes o defectos, según como se lo mire, perfectamente previstos en nuestra herencia humana, en medidas y potencias semejantes, para que no tengamos más remedio que hacernos cargo de elegir nuestro camino y escribir el programa de nuestras vidas.

Provistos estamos de herramientas. La razón, por ejemplo, que junto con la intuición, nos podría develar los secretos más profundos de la existencia, si no fuera porque los datos nos llegan de tan endiablada manera confusos, que nos parece siempre tan probable la verdad de una teoría como la verdad de la contraria. Materia o espíritu. Onda o partícula. Órden o libertad...

Pero los muchachos allá arriba terminaban de abrir todas las banderolas y ahora se concentraban sobre la ménsula central. La luz del atardecer a sus espaldas les rodeaba con un aureola de película heroica, sin la música, pero con todo el ángulo exacto de la toma número uno, desde dónde se supone les miraba la multitud, todavía hundida en el sopor del opio. Levantaron todos los brazos. Primero los de allá arriba, y después, aunque con simiesca emulación, los de abajo. Muchos participaban ya del nuevo espíritu, pero otros, tal vez la mayoría, comenzaban a sospechar recién, que todo lo que habían estado presenciando en los últimos minutos, no constituían una serie de coincidencias producidas por puro azar. Pareciera que el conjunto, pudiera tener, tal vez, un sentido...
De todas maneras los brazos estaban en alto saludando a los jóvenes de las ménsulas, allá arriba, que ahora hacían nuevas señas, como queriendo decir algo.

La muchedumbre calló cuando en lo alto el grupo de jóvenes empezó a indicar, con concéntricos movimientos de brazos, que la persona del medio iba a hablar para todos.
La persona del medio era esa muchacha, un poco flaca y de piel mulata, llamada Magdalena, que saludaba como todos, sin dejar de sonreír nerviosa.

-Queremos decirles que recuerden que estamos presos. Que nos han anulado con los vapores de opio que salían por esos caños y que... Bueno, que los queremos invitar a la libertad

La multitud estalló en una sorpresiva manifestación de júbilo, como si hubiesen desde siempre esperado esas palabras para romper el maleficio y volver a la vida. Las caras, un rato antes dominadas por la ceniza de la indiferencia, se llenaban de pulsantes arterias que transportaban la energía liberada hacía la masa muscular del cuerpo, tras una sola consigna. Acción, acción, acción !!!

Espectacular hubiera sido tomar la vista desde afuera de las barracas, en la penumbra de las últimas luces del día, cuando las puertas metálicas volaran por los aire bajo la presión de aquella multitud que avanzaba sin tregua ni descanso. Claro que bien iluminada, con habilidad, para que la masa humana no llegara a parecer el avance de la marabunta desolando el planeta.

Los guardias suelen tener ese olfato. Se precipitaron a los lados con gestos de "siemprestuvimos a favor de ustedes", desde los más o menos amistosos que lucraban con las coimas a los más hijos de puta, los que habían gozado todo el tiempo mostrándose superiores. Todos estuvieron prontamente aplaudiendo las tropas de la nueva causa, que acababan de descubrir y adoptar porque, siempre habían sido, cada uno, desde chiquitos, muy convencidamente convencidos de la razón que tienen las masas humanas cuando son grandes masas y nosotros con armas insuficientes.

Sed concentraron en aquel gran patio central que se unía con caminos emergentes, con todos los otros barracones y el edificio de guardias, allá, donde sobre esa extendida terraza del primer piso se veía la hilera completa de efectivos armados haciendo el saludo de presentación de armas al jefe supremo y sin discusión. Juan Pueblo. La multitud rugió. Comenzaba poco a poco a vislumbrar el imponente poder que poseía. Rugió otra vez, escuchándose rugir, y volviendo a hacerlo, ahora girando las fauces del gran león que descubría ser, en todo el derredor. El temor comenzó a avanzar por el territorio bonaerense, despertando de sus camas a los traidores de la gente, que, atacados de sofocación repentina y de premoniciones amargas, salían o miraban hacia afuera de sus guaridas, creyendo ver que el cielo estaba cambiando de color.

La parada en el patio central, solo significaba esperar a que la gente de los otros barracones llegaran, arrastrando los pies y ni siquiera convencidos, protestando a soto voce, empujándose unos a otros sin saber muy claro hacia dónde, pero en fin, gregarios. LLegaron y se fueron sumando y entremezclando con los otros de la misma forma que, seguramente, aunque con mayor velocidad, se han de mezclar los componentes químicos de la polvora, cuando es detonada, es decir cuando explota.
La onda expansiva se dirigió, como mancha de nafta incendiada, hacia el centro y la estación de General Rodriguez, a campo traviesa, por escasos tres quilómetros. Allí llegando, eran casi un ectoplasma gigantesco que no cesaba de crecer. Detuvieron los trenes. Encendieron todas las luces y todo General Rodriguez supo que en las calles iban a bailar hasta que las velas no ardieran.
¿Qué propósitos les animaban? El propósito eran ellos mismos, no algo que se pueda describir, o pensar. No estaban recuperando un derecho, se habían dado cuenta de que ellos eran el derecho
Publicar un comentario en la entrada