sábado, diciembre 22, 2007

450 LOS DONJUANES

,Saltó del taburete donde estaba sentado y salió corriendo a los gritos olvidando que Manuel y el Cholo estaban ausentes. La galería se veía enorme y vacía a lo largo de veinte metros que distaban las primeras bolas estacionadas. No se sentían ruidos ni conversaciones... Todos habían salido...

Sospechaba que Margarita estuviera en el dormitorio de Manuel con su compañero Giorgionne cada día más derretido y ahora empeñado en escribir la historia del movimiento hippie del Uruguay que ella le iba recordando, pero no quería molestar.

-¡Los celulares!

Entonces volvió sobre sus pasos, recogió el taburete y se sentó frente al monitor. Llamada triangulada con el Cholo y el teléfono de Magda para decirles lo que tal vez ya supieran sobre el avance de los grises clones sobre las praderas sudamericanas. "En este momento no te puedo contestar, podés dejarme un mensaje después del tono." Dijo la voz de Magda gravada sobre el chip de cianuro de potasio amalgamado. El teléfono de Cholo en cambio mantenía la voz originaria que tampoco daba otra opción que la del correo de voz. Volvió a las noticias.

Ahora el informe se centraba en Buenos Aires atendiendo a otro fenómeno nuevo. La proliferación de unos sujetos  que se dedicaban a seducir mujeres jóvenes y  pregonar una filosofía despreocupada, tendiente al goce de la vida tal cual se presentara, sin mediar esfuerzo alguno, ni responsabilidad, ni nada. Las dos cosas a la vez, pregonaban. A los periodistas les había parecido al menos preocupante, sin entrar a discutir el derecho innegable que cada cual tiene de pensar y decir lo que le pareciere. Les llamaban "Los Donjuanes" y constituían otro tipo humano de la abigarrada fauna de la otrora capital argentina. Altos en general y dotados de una verba más que  rica en palabras extrañas y extranjerías, acostumbraban merodear en los parques públicos, las plazas y las paradas de colectivo en busca de carne fresca y oídos abiertos. No parecían violentos pero sí obsesos sexuales.  Los mostraban ahora en plena faena por el Parque Rivadavía donde recostaban sus ocasionales parejas contra las casillas de los vendedores de libros para mejor quitarles la ropa mientras les daban besos apasionados.

A Ernesto el corazón le dio un vuelco dentro del pecho. Aquellas facciones... le traían premoniciones siniestras... Porque eran todos parecidos entre sí y tenían algo en la manera de curvárseles la cejas o de hacer ese gesto ambiguo con la comisura de los labios... ¡Se parecían a Douglas Demenech!

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