martes, diciembre 18, 2007

447 EL NO QUIERE LA GUERRA

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Por lo tanto vinieron días tranquilos. Después de enviar montañas de información contenidas en la memoria de la computadora. Después de cambiar ideas acerca de qué cosas eran las que no se podían omitir para que la decisión de los compañeros se pudiese tomar con conocimiento de causa. Después de que el tremendo trajín que significó hacerlo hubo terminado, entonces, sobrevinieron los días tranquilos. La calma necesaria para que todos se fueran enterando no sólo de la compleja anatomía del universo y sus pobladores, sino de todos los antecedentes que sobre cada protagonista se tenía. Tres días duros que pasaron fueron  seguidos ya de otros tres de calma que van corriendo sin que los Maqui's siquiera se enteraran del enorme interés que en toda América, vamos, en todo el mundo, habíase generado en torno a ese piélago de información que  se derramaba como una ola sobre toda capacidad de absorción informativa.

Mucha gente recibía aquello como única continuación a sus recuerdos de la creación en siete días y no tenía más remedio que declararse confundida. Otros conocían los marcianos de Orson Welles y muchos habían leído El Eternauta, pero igual distaban bastante de poderse imaginar lo que se les decía, no como una obra literaria, sino como la descripción apenas amena de la anatomía y fisiología de la realidad. Anatemizaban las notas y comentarios de Abelardo cuando se empeñaba en enseñar física en trece dimensiones o divagar sobre la naturaleza última del espíritu. Pero revivían en las narraciones sobre la accidentada vida de Manuel. Aunque cueste creer esa misma gente que  seguía desde hacía unos meses, la vida de Manuel a través del televisor, tuviera tanto interés en apuntar en su memoria algunos detalles más!

Doña Flor se lo decía a su vecina charlando bajo la higuera de aquel patio de Estación Chamberlain.

-Como te digo, Clara, yo misma no sé que tiene Manuel que me hace tenerle confianza. No quiero decir que por eso no vaya a opinar distinto que él en cualquier momento, pero... Yo sé que es sincero.

Clara asentía con la cabeza sin dejar de sonreír cándidamente.

-Él no quiere la guerra...

-Por qué decís eso?

-Lo leí en el reporte de Magda sobre algunas características de Manuel... No lo dice así, terminantemente pero... Dice que Manuel siempre que puede evita todo tipo de violencia...

-Esto es distinto, Clara.

-Yo no veo la necesidad de la guerra. Ahí dice que actualmente las bolas de nosotros son invulnerables ante las armas que ellos tienen.

-Aparentemente, dice, y no las bolas que están en uso, sino las que equipemos con las nuevas tecnologías traídas por el abuelo Abelardo.

-Es cierto... ¿Te has fijado en lo entero que se ve el viejo?

-Sí, pero nada que ver frente a Mandinga.

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