jueves, noviembre 13, 2008
Lo que hay
En otras partes de la ciudad, en simultáneo, los últimos comerciantes cerraban sus tiendas o ferreterías con la magra cuenta en la memoria y el sonsonete de la radio que habían escuchado sin escuchar desde algún lugar de los estantes, entreverada con las mediadas de los tornillo, el precio del quilo de papa, y esa moto del vecino que revienta los tímpanos a cualquiera. Otro día que se suma a los muchos que han pasado desde que ya no se esperan, sino que se dejan pasar como los bancos de niebla. Puré de papas sin sal ni aceite en que ha concluido aquella lucha de clases tan temida y postergada por una entera generación, que a fuerza de paños tibios, consideraciones y alianzas terminaba siendo la cosa más parecida a la nada. Una nada totalmente honesta.
Vittorio lo sabía. Lo iba sabiendo mientras volvía a caminar las viejas veredas aquellas de cuando bastante más joven festejaban la vuelta de la democracia y el entierro de la feroz dictadura instalada para evitar esto que al fin la había sucedido. Paradoja, que fuera tan difícil decir cual de los bandos había triunfado, si no era que los dos habían sido derrotados por la grisura y la fuerza de la costumbre. Dictadura mucho más duradera, prohijada por generaciones de empleados públicos aburguesados y carentes de conciencia verdadera, que al parecer de Vittorio, nunca podría terminar en la defenza corporativa de algunas ventajas económicas alrededor del derecho de no hacer nada. Aburrirse todos los días hasta los tuétanos pero con mucho cuidado de nunca llegar a ser útiles. Los odiaba y al mismo tiempo se sabía uno de ellos. O más bien les comprendía de mala gana, todos sumergidos en este mar sin olas en que se había transformado la vida, la de ellos y la suya propia, desde que les habían convencido de que la política es simplemente el arte de lo posible, y lo posible, lo que hay.
Dobló por Durazno y mientras iba sacando del bolsillo chico las llaves saludó a la muchacha del quiosco que tantos defectos tenía según su mujer y al hacerlo volvió a ver la estampa viviente de aquella cosa en que se había transformados tras diez años de matrimonio. Roselín Rosencratz de Giorgionne. Escribana.
domingo, junio 15, 2008
553. La Verdadera Patraña
-¿Quienes son, de verdad, ustedes?
Manuel estornudó con una mano, con la otra hizo señas de esperar, y estirándola, tomó la bola de ropas que le alcanzaba Margarita al mismo tiempo que ya cerraba la puerta de la habitación tras sus pasos. Salió con anchos pantalones a cuadros plateados y un cárdigan té con leche que no lograba ocultar el estridente diseño de lo que se había puesto como camisa, aquella camisola brasilera que justamente Ernesto había regalado al veterano para su último cumpleaños.
Margarita ya alcanzaba jarritos de mate cocido caliente, habiendo dejado, con cierta vergüenza el paquete de galletas abierto sobre la mesa. Les invitó a sentarse en la cocina -el líving carecía aun de muebles adecuados- y a hablar con calma.
-Estos no son temas que -dijo serenamente- se puedan liquidar en tres palabras ni en cinco minutos.
Dirigió la mirada a Ernesto.
-Tal vez usted, Ernesto, debería escuchar un rato en vez de prejuzgar. -Le sonrió- Venga, siéntese aquí, mire, le ofrezco la mejor silla...
Fue Magda quien continuó:
-Me extraña tanta incredulidad en un hombre estudioso de las antiguas tradiciones, la sabiduría del hombre primitivo, la...
Magda pensaba continuar pero, al ver la extrema palidez en que entraba el muy negro rostro de Ernesto se detuvo.
-Pero... ¿usted qué sabe sobre mis estudios?
-En su casa tiene muchos objetos del pueblo Dogón. Su madre...
Ernesto apenas musitó:
-Si, mi madre era dogón...
-Pero ella no le enseñó sobre su pueblo... -arriesgó Magda.
-Nada.
-Quiso saber algo sobre sus antepasados y se encontró con leyendas muy misteriosas...
-Viaje varias veces a la República de Malí para recoger información de la gente que mantenía las tradiciones orales...
-Verdad que no parecen un montón de supersticiones?
-No. Yo no encuentro otra explicación que no sea aceptarlas como una versión, tal vez algo deformada, de cosas verdaderas. Pero...
-Por qué cree que esos seres nunca más volvieron del sistema de Sirio?
Ernesto rió nerviosamente.
-No se. Los Dioses suelen abandonar a los hombres. Hace mucho que no nos visitan...
Margarita corrigió.
-Bueno, si vamos a creer lo que se dice. Casi no pasa año que no aparezca alguna virgen por algún lado.
Y continuó Manuel:
-Estamos bajo una dictadura.
Ahora fueron los dos, Ernesto y Margarita, quienes quedaron pensativos. Ya no podían tomar las palabras de los muchachos a la ligera, pero "dictadura" parecía algo perteneciente a otra conversación. En qué sentido lo diría?
-Nos han contado una historia como la de los tres chanchitos. Los dioses son iguales a nosotros, tienen los mismos defectos, se pelean, son ambiciosos, vanidosos, egoístas... También entre ellos, como entre nosotros hay algunos que son más buenos, pero, por lo general dominan los peores... Porque... Bueno, siempre son los ambiciosos los que organizan las guerras, los que aprenden a luchar, a dominar, a lograr que los demás se tengan que arrodillar frente a ellos...
-¿Guerras...?
-Sí, nosotros estamos bajo el dominio de ese que llamamos Dios. Él es el mismo para casi todas las religiones importantes. Él ha triunfado sobre los antiguos dioses de cuando esto era un territorio fronterizo. El determina lo que es el bien y el mal. El nos exige obediencia y adoración. No permite que algún otro dios se aparezca por esta zona. No quiere competidores...
-¿Y qué gana con eso...?
-Se siente poderoso.
-¿Y acaso no lo es?
-No mucho más que alguno de su contrincantes cercanos. Pero además ... el universo es muy grande y ninguno de ellos es eterno.
viernes, mayo 16, 2008
533. Acomodar el cuerpo
Abelardo también necesitaba pensar en su nueva realidad. Nunca se había imaginado llegar a ser una especie de guerrillero clandestino... Ahora lo era. No guerrillero porque planease a hacer alguna acción armada, en contra o a favor de algún antiquísimo ideal. Como tantas veces lo había pensado. Pero pensado por entretenimiento a la hora de la siesta,como medio de sacarse las tensiones y las agresividades contenidas. Sin correr peligro ni hacérselo correr a nadie. Ahora a los 63... Sí, justo, pensó viendo en su imaginación aquel viejo número 63 que cuando niño veía pintado en aquellas paredes de una casa vieja en Guichón. Era ese mismo 63 que tenía de años de edad, el número pintado en aquel cartel político que había sido del partido Comunista según explicara su padre. Ya había aprendido lo que se siente cuando uno es perseguido, durante la dictadura, pero, esto iba a ser distinto, porque se le andaba buscando individualmente, aunque fuese para armar una payasada. Debería, tal vez, aprender todas aquellas técnicas que otros inventaron cuando tuvieron que vivir a salto de mata., bajo la dictadura...
Manuel...en realidad no había dejado de pensar un momento durante todas las últimas charlas y las anteriores peripecias, en que la prioridad número uno era conseguir los medios para volver a su patria, la verdadera. Aquella en la que a pesar de todo todavía se podía seguir viviendo a la manera anarquista.
Salieron antes de las cinco, arriesgando encontrar alguna patrulla, pero decididos a presentarse en lo de Ernesto de Oliveira, allá en El Bosque, a solicitar alojamiento, o más bien protección. Después... después se vería... cuando la información que circula entre la militancia del Frente, confirme o no que se se estuviese gestando un nuevo golpe de estado. Ernesto por lo general se mantenía muy bien informado y...
El ómnibus no venía y ellos en la parada no podían hablar porque estaban rodeados de gente que comentaba alegremente, o con angustia, la noticia de esa banda de locos terroristas que planeaban volar el Pereira Rosell. Hasta menciones a la pena de muerte se oían.
Por último apareció el bicho y viajaron sin ningún inconveniente, salvo los acostumbrados. Llegaron a la hermosa villa de los Oliveira y allí frente a su portal tiraron de la cadenita que accionaba sobre el arco, una hermosa campanilla de puro bronce. Había comenzado a garuar, el cielo se había alisado todo en un gris claro que de a poco comenzaba a oscurecer. La tarde se iba poniendo íntima y anidaba sentimientos de querencia, de fuego en la estufa del hogar.
El portón de los Oliveira se habría con el control remoto que traía Ernesto desde la casa hasta ellos para recibirles. Ernesto parecía contento. Les hizo pasar con cierta prisa y ya adentro acomodó los sillones como para una rueda estrecha, la que iban a formar para el intercambio de informaciones. Ernesto a través del Bip Bip y mediante las claves que tiene acordada con sus contactos, había recibido noticias de nuevos programas especiales que se estarían grabando para la tele. El Operativo de San José de Carrasco ya se lo había informado el mismo Miguel que fue alertado por un vecino.
Los dados parecían estar echado...
lunes, julio 23, 2007
353 El Cogote de la Gallina
Otros se acercaron con problemas de repartos de bienes en parejas desavenidas, tenencia de hijos, deudas impagables, muelas careadas y hasta sonambulismo. A todos trataron de dar consuelo y esperanza, qué más remedio, aun sin tener vocación para ello, conmovidos por la inmediatez del dolor ajeno, llaga abierta en la carne de una humanidad desorientada, empujada día a día hacia caminos e intereses que termina por confundir con los propios.
Llegada la medianoche seguían en eso, ya terminados los chorizos con los que habían convidado a los dolientes también, que a veces los rechazaban aunque nunca al vino. Iban quedando un rato más en la rueda a medida que terminaban de oír los consejos o comentarios, pero tenían vino aun en los vasos y bastante timidez como para retirarse de golpe para volver a sus vidas y poner en práctica lo que a su manera habían entendido.
En eso comenzaron otra vez a llegar las llamadas al teléfono de Magda que había traído Dengue. Peponne al habla con novedades. Se había entrevistado con Mujica en la clandestinidad al que le había pasado ese número, ahora sin peligro de ser rastreado porque era tal el relajo en los organismos de seguridad que no quedaban aparatos de rastreo en uso. La luz se estaba restableciendo por sectores mediante acuerdos rápidamente negociados y basados provisoriamente en intercambio de servicios. El dinero dejaba de circular sustituido por algo parecido a cuentas corrientes entre las distintas comunas. El tránsito en la ciudad se reducía a ambulancias y algunos omnibuses urbanos. Los comedores comunales desbordados de gente de toda clase en ambiente festivo. Las plazas eran romerías. Los cordones de las veredas, largos asientos en primera fila para los jóvenes con sus guitarras. Desde mañana no abrían los bancos… no quedaba nada en sus interiores…. Había una llamada en espera. La llamada del Pepe.
Primero para felicitar por el éxito, nobleza obliga, de juntar de un manotón todo el manojo de los poderes dispersos, “muchachito”, como en ningún manual revolucionario hubiese aconsejado hacer, o intentar hacer, o…Claro que nadie antes había contado con tamaña arma como esas naves espaciales que…Le parecía que aun daban para mucho más si se las usaba a fondo y sistemáticamente con un plan previamente trazado. Porque… el peligro era que pudiera caer alguna en poder del enemigo que no era, ya se habrán dado cuenta, las fuerzas armadas uruguayas. A pesar de que otra vez se hablaba de movimientos golpistas, ahora pretextando el vacío de poder. Ese era uno de los puntos sobre el que no se debía perder tiempo, como viejo zorro se los decía. El poder es el poder. Exige siempre que lo ejerzas…
-¿Una dictadura?
-Llamale como quieras, muchachito. El poder está en tus manos.
Manuel sintió el fuego de la vergüenza que le recorrió de pronto todo el cuerpo y se le detuvo en la cara. Supo que era verdad esa horrible frase. Sintió la tensión de los músculos de sus manos que parecían retener algo que no querían dejar escapar, como un ladrón de gallinas que aprieta el gaznate del bicho para que no cacaree mientras él trepa el tejido de alambre tratando de meter la punta de los pies en los rombos, sin hacer ruido ni engancharse el pantalón con las puntas sueltas. No era una gallina, era el poder. El poder sentarse en una casa de gobierno y dar órdenes para que sean cumplidas, a los ministros que se vengan acercando con sonrisas simpáticas y los pelos bien peinados. A cada cual lo suyo que ellos se iban a encargar de transformar en algo que les sea útil personalmente o a algún amigo que les deberá un favor….Hasta que el poder se disgregue en muchísimos pedacitos peleándose entre ellos pero sin llegar a donde anda la gente…y todo siga como antes con el nuevo dictador que poco a poco se acostumbra a su ineptitud pero no suelta la gallina.