Estaban en familia. Esa era la foto de su casa por dentro. En otro tiempo habían sido su madre con el Quique los que habían reído y hablado en ese interior, cuando vivían juntos y la casita era muy nueva, recién hecha, en parte por el propio Quique, aunque con la ayuda de los vecinos y un poco Margarita, el Rulo, entonces de trece o catorce años y de él mismo con apenas diez u once. Margarita y el Quique habían sido, tal vez, felices entre esas mismas paredes, pintadas entonces de aquel colorcito limón maduro, con estrellitas de papel metálico pegadas. El Quique decía que nunca había visto una cosa tan linda y que sólo se la podría comparar en belleza con algún quilombo muy elegante de los que hay en las grandes ciudades. Ahora iban a ser él, Manuel, con la Magdalena los que rieran sus voces e hicieran sus ruidos de platos y de ollas. Los que recibieran las visitas de los amigos y parientes. El rulo con la Julieta para empezar. Y pronto con su hijito que ya venía, y los otros que vinieran después… Manuel con la Magda allí mismo los iban a querer a todos preparándose para querer a sus propios hijos que correrían por esas piezas y las otras que iban a tener que agregar, cimiento y paredes de bloques cubiertas de chapas con sus propias manos y pintadas de nuevo tal vez con nuevas estrellas pegadas en recuerdo de una infancia que no había estado tan mal y que valía recordar así, con una pizca de humor. Estrellas plateadas, se le antojaban y con cinco puntas como…
De pronto supo que su pensamiento iba derecho a los pentágonos y las piedras y…todos esos mundos complicados que le venían a romper las pelotas justo en el mejor momento de su vida!
Porque dentro de la felicidad de Manuel, se había incrustado esa cuña venida del más allá que no le dejaba redondear un posible futuro que prolongara su alegría de vivir y se continuara en todos los hijos que fuera capaz de engendrar…o de alimentar, por lo menos. Bien que ya la flaca le había perdido el miedo a ese tema y que el mismo Rulo estaba entrando en razones… Igual era difícil planear algo cuando a cada rato te llevan los ángeles o los diablos, o tu abuelo y los amigos de tu abuelo y la concha de la lora!
Entonces le vino el recuerdo de lo que le había dicho su abuelo. “Estamos en guerra otra vez.” Y la frase se le superponía con la otra conversación de los milicos reclamándose entre ellos el pasar a la ofensiva y las imágenes de los anteriores, los torturadores de Rincón del Cerro. “Estamos en guerra otra vez” Había que aceptarlo como una realidad que a él había palpado en vivo y en directo. Una guerra de mierda, pero una guerra. A él le habían perseguido, lo habían raptado, le habían querido borrar los recuerdos de su abuela… ¿Con qué derecho?
Eso era la guerra y podían venir a pelearla encima de tu casa y de paso reventarte a vos y a tu familia!
Recibió el mate que le devolvía el Rulo y se puso a cebarlo nuevamente. Levantó la mirada hacia la flaca y le hizo apenas un guiño –no quería quemarse- en el silencio que se produjo cuando ella terminaba de contar cómo había visto al Eternauta salir de la pared. En ese silencio se sintieron las primeras gotas de la garúa sobre las chapas del techo junto con los últimos chirridos de la grasa que en el sartén se terminaba de enfriar. Unas gotas corrieron zigzagueantes por el vidrio de la ventanita del lado del reparo y fue el instante en que la flaca se daba vuelta mordiendo una torta y sobrándole boca para sonreír mientras alargaba el brazo para recibir el mate que Manuel le estaba alcanzando. Aceptaba junto con el mate el compartir su vida en las buenas y en las malas, en la paz como en la guerra, en prosperidad o pobreza, agarrados cuerpo a cuerpo, protegiendo primero la prole y la alegría, de cualquier avatar externo, natural o sobrenatural
narrativa
sábado, noviembre 11, 2006
viernes, noviembre 10, 2006
120 - TORTAS FRITAS EN LA PANERA
-¿Y, Manuel… sale ese mate?
Los brasileros son exagerados hasta en el tamaño de los mates. Claro que si los mates de ellos fueran más chicos no entrarían en sus bocas esas bombillas que usan… Ya está hinchando la loca... Se pone espumosa y larga este olor como de bosta de vaca…o pasto. ¿Será cierto que a veces le agregan alfalfa…? Ahora un cachito más de agua y le enchufo la bombilla con la yerba bien mojadita para que no le duela. Porque es así, boludo, hay que tratarlo bien al mate. No apurarlo… ¡Parezco un gaucho viejo! Las cosas que pienso! ¿No será que soy medio tarado, nomás? El Rulo lo ha creído durante tantos años… No fue necesario que me lo dijera nunca, me daba cuenta por todo lo que hacía para evitar que yo me metiera con esas cosas que sólo él sabe hacer. Como jugar al fubol. Que ni me dejaba aprender! Parece que lo veo. ¡No, la pelota no se patea así! ¡Tenés-que-poner-la-pata de-esta-manera, ves? ¡Qué hincha pelotas! Y todavía no se da por enterado de que el fubol ya me paspó. Me pregunta ¿cómo terminó? Nomás. Se sabe que lo único que termina a cada rato es el partido. Y que todo el mundo sabe cómo terminó, basta con preguntarle al primero que ves…que puedo ser yo que no estoy siquiera enterado de que se jugara ningún partido… En realidad él no ha creído nunca que yo me haya paspado del todo. Se ha de suponer que es “otro de mis caprichos”. Como que un día se me hubiera ocurrido decir, porque sí nomás, que no me interesaba más el fubol, para hacerme ver o parecer más interesante y que después no hubiera podido dar el brazo a torcer y por puro testarudo me había perdido de escuchar los partidos por la radio ¡hasta la final del campeonato y la puta que los parió!
¡De chiquitos! A los uruguayos nos taran de chiquitos…y al pobre Rulo…quién lo taró? Alguno de los maridos de la tía, que no es mi tía, su madre la Shirley… o los amigos…¿Por qué será que un tipo se tara? ¿Por qué le hinchan mucho las pelotas con que tenés que ser así, tenés que ser como tal o cual? ¿O será que nacemos tarados nomás? Unos un poco más que los otros y la diferencia se nota?
-(Y yo, seré tan tarado?)
-(Quién, yo?)
-(Sí, yo)
-(Ah, sí. ¡Yo soy muy tarado!)
-(¿Y yo, también?)
-(Sí, yo también.)
-(Ah, qué bueno! Pero…nos van a cortar. Están hablando del mate que no corre)
-(¡Les cebo uno y se los largo!)
-(Pah! ¿Vi la cara que pusieron?)
-(Agarraron el mate y me miraron mal porque no soportan la lejanía de la mente que se aleja para hablar consigo mismo. Los comprendo pero…)(¡Ya se cortó!)
-¿Y el mate, dónde quedó?
-Arriba de la mesa, flaquito. Cuando te lo devolví estabas papando moscas…
-Sí, mi amor. Si me lo decís con esa trompita estirada está todo bien.
-¿Probaste las tortas?
Manuel se movió para girar de frente cuando estuvo junto a la mesa. Desde allí la Magda quedaba otra vez en el centro de la escena, pero además abarcaba con la vista toda la reunión. Primero, a la derecha, parte de la mesa con el mantel corrido y la madera salpicada de harina. La panera de plástico verde cotorra llena de tortas doradas que hacían una pirámide de perfumes sabrosos. Más allí un cuchillo en 45 y el brazo del Rulo apoyado en la tabla, su piel color cáscara de papa y la manga de la camisa arremangada, de color más claro que la piel. Allá un trozo de pared al fondo, entre celeste y blanca y la gorda heladera Siam, verdesita…Más a la izquierda la flaca de vaqueros y pulóver rompevientos en tonos de…malva, dice ella…pero…¿no es hermoso su culo? Flaquita, te quiero. Claro que te quiero, pero igual. ¿No es hermoso tu culo?
Agarró una torta caliente de la panera de plástico verde cotorra y apreció que la torta hinchada de gases había expandido sus formas en busca de las curvas suaves y cariñosas pareciendo piernas de muchachas en flor atractivas a las miradas y los deseos de morder aunque con dulzura tan tiernas cosas. Se dejó llevar por aquel impulso e hincó sus dientes en la dorada y tibia masa para que rápidas salivas le llenaran la boca
Los brasileros son exagerados hasta en el tamaño de los mates. Claro que si los mates de ellos fueran más chicos no entrarían en sus bocas esas bombillas que usan… Ya está hinchando la loca... Se pone espumosa y larga este olor como de bosta de vaca…o pasto. ¿Será cierto que a veces le agregan alfalfa…? Ahora un cachito más de agua y le enchufo la bombilla con la yerba bien mojadita para que no le duela. Porque es así, boludo, hay que tratarlo bien al mate. No apurarlo… ¡Parezco un gaucho viejo! Las cosas que pienso! ¿No será que soy medio tarado, nomás? El Rulo lo ha creído durante tantos años… No fue necesario que me lo dijera nunca, me daba cuenta por todo lo que hacía para evitar que yo me metiera con esas cosas que sólo él sabe hacer. Como jugar al fubol. Que ni me dejaba aprender! Parece que lo veo. ¡No, la pelota no se patea así! ¡Tenés-que-poner-la-pata de-esta-manera, ves? ¡Qué hincha pelotas! Y todavía no se da por enterado de que el fubol ya me paspó. Me pregunta ¿cómo terminó? Nomás. Se sabe que lo único que termina a cada rato es el partido. Y que todo el mundo sabe cómo terminó, basta con preguntarle al primero que ves…que puedo ser yo que no estoy siquiera enterado de que se jugara ningún partido… En realidad él no ha creído nunca que yo me haya paspado del todo. Se ha de suponer que es “otro de mis caprichos”. Como que un día se me hubiera ocurrido decir, porque sí nomás, que no me interesaba más el fubol, para hacerme ver o parecer más interesante y que después no hubiera podido dar el brazo a torcer y por puro testarudo me había perdido de escuchar los partidos por la radio ¡hasta la final del campeonato y la puta que los parió!
¡De chiquitos! A los uruguayos nos taran de chiquitos…y al pobre Rulo…quién lo taró? Alguno de los maridos de la tía, que no es mi tía, su madre la Shirley… o los amigos…¿Por qué será que un tipo se tara? ¿Por qué le hinchan mucho las pelotas con que tenés que ser así, tenés que ser como tal o cual? ¿O será que nacemos tarados nomás? Unos un poco más que los otros y la diferencia se nota?
-(Y yo, seré tan tarado?)
-(Quién, yo?)
-(Sí, yo)
-(Ah, sí. ¡Yo soy muy tarado!)
-(¿Y yo, también?)
-(Sí, yo también.)
-(Ah, qué bueno! Pero…nos van a cortar. Están hablando del mate que no corre)
-(¡Les cebo uno y se los largo!)
-(Pah! ¿Vi la cara que pusieron?)
-(Agarraron el mate y me miraron mal porque no soportan la lejanía de la mente que se aleja para hablar consigo mismo. Los comprendo pero…)(¡Ya se cortó!)
-¿Y el mate, dónde quedó?
-Arriba de la mesa, flaquito. Cuando te lo devolví estabas papando moscas…
-Sí, mi amor. Si me lo decís con esa trompita estirada está todo bien.
-¿Probaste las tortas?
Manuel se movió para girar de frente cuando estuvo junto a la mesa. Desde allí la Magda quedaba otra vez en el centro de la escena, pero además abarcaba con la vista toda la reunión. Primero, a la derecha, parte de la mesa con el mantel corrido y la madera salpicada de harina. La panera de plástico verde cotorra llena de tortas doradas que hacían una pirámide de perfumes sabrosos. Más allí un cuchillo en 45 y el brazo del Rulo apoyado en la tabla, su piel color cáscara de papa y la manga de la camisa arremangada, de color más claro que la piel. Allá un trozo de pared al fondo, entre celeste y blanca y la gorda heladera Siam, verdesita…Más a la izquierda la flaca de vaqueros y pulóver rompevientos en tonos de…malva, dice ella…pero…¿no es hermoso su culo? Flaquita, te quiero. Claro que te quiero, pero igual. ¿No es hermoso tu culo?
Agarró una torta caliente de la panera de plástico verde cotorra y apreció que la torta hinchada de gases había expandido sus formas en busca de las curvas suaves y cariñosas pareciendo piernas de muchachas en flor atractivas a las miradas y los deseos de morder aunque con dulzura tan tiernas cosas. Se dejó llevar por aquel impulso e hincó sus dientes en la dorada y tibia masa para que rápidas salivas le llenaran la boca
jueves, noviembre 09, 2006
119 - Preparando el mate.
Llegaron derecho a guardar los materiales dentro de la casa y el carrito bajo el paraíso del fondo. Allí Manuel se entretuvo en dar cien manijazos a la bomba de mano para subir agua al tanque mientras miraba allá a lo lejos los calzones de las hermanas Bronté, colgados del alambre entre los pinos, única forma que conocían de ventilar sus intimidades. No eran ni anchos por demás ni tan angostos, como se pudiera suponer en mujeres tan esquivas. Aunque… y después de todo… A él que le podía importar?
Sintió de pronto un fuerte olor a grasa caliente y se apresuró a entrar a la cocina donde la Magda ya preparaba dentro de la olla vieja, una buena cantidad de masa para hacer tortas fritas. Besó a la flaca y la felicitó por la iniciativa y puso a calentar agua para preparar un mate. Un buen mate preparado despacito, como le había enseñado Abelardo.
Desde ayer tenía el mate lavado y boca abajo. Le puso yerba hasta tres cuartos y lo inclinó a 45 –no más- para que dejara una cavidad donde apoyar la paleta de la bombilla. Hecho esto dejó el conjunto sobre el posamates de cuero, manteniendo la inclinación y volvió sobre la caldera a ver cómo iba la calentura puesto que se sabía un punto justo para verter sobre la yerba sin quemarla y dejarla así chupando e hinchando, que es cuando el verdadero perfume del mate se expande y con eso comienza a crear el ambiente para una conversación.
En pocos minutos el agua estuvo pronta, como siempre termina ocurriendo te guste que hierva o no y Manuel tomó la manija de la caldera con un trapo, para no quemarse, y con la caldera humeante en vilo se acercó a la mesa dónde el termo ya esperaba vacío y destapado el momento en que una vez más se iba a intentar lo imposible: meter toda el agua adentro…del agujero. Imposible de toda imposibilidad. Como ya varias generaciones de uruguayos lo habían comprobado dándole la razón a los científicos de…Palo Alto que habían calculado que por lo menos el 20 por ciento del agua se derrama. ¿Palo Alto! Le gustaba ese nombre, que no sabía a qué correspondía ni a dónde. “Escuela de Palo Alto”, había dicho Ernesto hablando con Giorgionne y él se había imaginado un montón de niños sentados en el suelo alrededor de un palo alto.
-Y, Manuel…¿sale ese mate?
Pero parecía que los tipos eran unos capos que sabían de todo. Famosos y conocidos por todos, así que mejor no preguntar dónde quedaba eso. Que sabían mucho, pero no todo, seguramente… Como por ejemplo preparar bien un mate, seguro que no sabían. Porque no iba a saber que a la yerba había que tratarla como a una mujer tierna y tímida que de a poco se la convence de entregar sus encantos. Que no es de golpe que se le echa el agua caliente, sino después de haberla iniciado con la tibia dándole tiempo de humedecerse e hinchar debidamente.
Después venía lo de colocar la bombilla en su posición de tiro. Firme sobre un costado de la “calabacita” –como habían dicho en una película- erecta en su posición y dispuesta a dar de si todo lo mejor que la calidad de la yerba le permitiera de sus conocidas propiedades diuréticas, reanimantes y vitaminosas.
Porque era preciso aclarar una cosa. El mate se toma en mate. Nunca en esos asquerosos jarritos de lata enlosada que usan los porteños. Y otra cosa: Al mate se le pueden dar hasta dos vueltas –que no son verdaderas vueltas sino posiciones de la bombilla. A no ser que se esté tomando en uno de esos mates brasileros que han de llevar como un quilo de yerba y que… ¿Cuántas vueltas les darán?
Sintió de pronto un fuerte olor a grasa caliente y se apresuró a entrar a la cocina donde la Magda ya preparaba dentro de la olla vieja, una buena cantidad de masa para hacer tortas fritas. Besó a la flaca y la felicitó por la iniciativa y puso a calentar agua para preparar un mate. Un buen mate preparado despacito, como le había enseñado Abelardo.
Desde ayer tenía el mate lavado y boca abajo. Le puso yerba hasta tres cuartos y lo inclinó a 45 –no más- para que dejara una cavidad donde apoyar la paleta de la bombilla. Hecho esto dejó el conjunto sobre el posamates de cuero, manteniendo la inclinación y volvió sobre la caldera a ver cómo iba la calentura puesto que se sabía un punto justo para verter sobre la yerba sin quemarla y dejarla así chupando e hinchando, que es cuando el verdadero perfume del mate se expande y con eso comienza a crear el ambiente para una conversación.
En pocos minutos el agua estuvo pronta, como siempre termina ocurriendo te guste que hierva o no y Manuel tomó la manija de la caldera con un trapo, para no quemarse, y con la caldera humeante en vilo se acercó a la mesa dónde el termo ya esperaba vacío y destapado el momento en que una vez más se iba a intentar lo imposible: meter toda el agua adentro…del agujero. Imposible de toda imposibilidad. Como ya varias generaciones de uruguayos lo habían comprobado dándole la razón a los científicos de…Palo Alto que habían calculado que por lo menos el 20 por ciento del agua se derrama. ¿Palo Alto! Le gustaba ese nombre, que no sabía a qué correspondía ni a dónde. “Escuela de Palo Alto”, había dicho Ernesto hablando con Giorgionne y él se había imaginado un montón de niños sentados en el suelo alrededor de un palo alto.
-Y, Manuel…¿sale ese mate?
Pero parecía que los tipos eran unos capos que sabían de todo. Famosos y conocidos por todos, así que mejor no preguntar dónde quedaba eso. Que sabían mucho, pero no todo, seguramente… Como por ejemplo preparar bien un mate, seguro que no sabían. Porque no iba a saber que a la yerba había que tratarla como a una mujer tierna y tímida que de a poco se la convence de entregar sus encantos. Que no es de golpe que se le echa el agua caliente, sino después de haberla iniciado con la tibia dándole tiempo de humedecerse e hinchar debidamente.
Después venía lo de colocar la bombilla en su posición de tiro. Firme sobre un costado de la “calabacita” –como habían dicho en una película- erecta en su posición y dispuesta a dar de si todo lo mejor que la calidad de la yerba le permitiera de sus conocidas propiedades diuréticas, reanimantes y vitaminosas.
Porque era preciso aclarar una cosa. El mate se toma en mate. Nunca en esos asquerosos jarritos de lata enlosada que usan los porteños. Y otra cosa: Al mate se le pueden dar hasta dos vueltas –que no son verdaderas vueltas sino posiciones de la bombilla. A no ser que se esté tomando en uno de esos mates brasileros que han de llevar como un quilo de yerba y que… ¿Cuántas vueltas les darán?
miércoles, noviembre 08, 2006
118 - La triste película
Rulo aceptó callado lo que decía Manuel, talvez no dándose cuenta del todo de que lo suyo había sido una ocurrencia tipo carnada, por si el pescado mordía. Un pretexto para la huída. Por eso –por no haberse dado cuenta del todo de su propuesta tramposa- pudo cambiar de golpe ante la evidente razón que expresaba su primo. Después de haber compartido un fenómeno tan extraño, no tenía derecho a retirarse y dejar a los otros que se arreglaran solos con el problema.
Pero por otra parte había algo que por detrás le roía los talones. El se debía enteramente a la Julieta y a su futuro hijo al menos hasta pasados los seis meses del parto…y después para siempre. No iba a hacer como los maridos de su madre que cuando no estaban borrachos estaban drogados y fácilmente se olvidaban de que algunos de los gurises eran sus hijos y que los otros también necesitaban padre. Dura había sido su infancia de la cual había aprendido a olvidar las partes más atemorizantes para quedarse con lo comprensible y claro, todo aquello que se ve y toca y se puede hacer con empeño y voluntad.
Sabía que la realidad tiene otras caras. ¡Si lo sabría! Todas aquellas caras que de pronto aparecían por las noches asomándose tras las cortinitas de la ventana de la casilla de latas dónde se había criado. Porque la función empezaba siempre a la noche y no era posible elegir la película. Lo que había aprendido, creciendo, era olvidar y no mirar para ese lado
La casilla de latas! Aquella vieja y pequeña casilla donde apenas entraban los camastros y algún que otro mueble. Se recordaba creciendo dentro de ella y sobre su cama hasta que las patas le habían sobrado de largo y las piernas se le habían llenado de vellos. Llegó un día en que la casilla le quedó chica y el coraje alcanzó para salir al mundo… Pero algunas veces fue muy triste la película, al apagarse la luz parecían los espíritus malos, disfrazados de payasos. Pero payasos crueles y burlones que eran portadores de demasiada maldad como para que se pudiera uno sobreponer al temor. Ese temor duro. El más profundo e inexpresable que atenaza las entrañas y la mente obligándonos a aprender a vivir pisando sobre la puerta trampa del sótano a dónde con mucho esfuerzo lo hemos logrado esconder…
Manuel había dejado correr el silencio y ahora juzgó que ya le había dado suficiente tiempo a Rulo.
-Quería decirles que conozco otras personas que han pasado por cosas parecidas y que quieren organizarse para encontrar entre todos una manera de defenderse. A eso le llaman sociedad secreta.
Magda le miró extrañada.
-¿Y si es secreta cómo es que vos sabés quienes son?
-Yo pertenezco al grupo.
Rulo se despertó.
-¿Pero, qué ganás estando ahí? Si te quieren hacer desaparecer ellos no van a poder impedirlo.
-Y qué querés? ¿Entregarte sin hacer nada?
-No digo eso. Pero de qué hablan? Qué hacen?
-No les puedo contar eso ahora. ¡Es una sociedad secreta!
-¿No serán de esos que hacen ritos extraños?
-¿Me creés tan pelotudo?
Comenzaron a caminar de nuevo. El carrito parecía ahora más liviano y al entrar en las calles de balastro sus ruedas iban haciendo un leve siseo que parecía acompañar la electricidad de los relámpagos que desde una lejana banda negra de tormenta iba avanzando sobre Lagomar sus montes y sus casas...
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martes, noviembre 07, 2006
117 - LA SOCIEDAD SECRETA
Antes de que Rulo y el vendedor, por tanteos sucesivos, se fueran aproximando a la “verdadera” pintura acrílica, ya un viejito que desde el principio estuvo probando la calidad de las palas poceras, le había tomado por el brazo y apartado con señas de sigilo y secreto que no fueron suficientes para que Magda no se diera cuenta de que se trataba de alguien disfrazado.
-He encontrado algo que parece ser un mensaje para nosotros! Tenemos que reunirnos mañana. Ya le mandé un correo a Giorgionne…
Manuel se soltó casi con brusquedad cuando no terminaba de quitar con la imaginación el disfraz a aquel anciano para que le restara por debajo el mismísimo Ernesto Federico de Oliveira encorvado a voluntad y fingiendo un parkinson de parodia carnavalera. Enseguida tuvo la ocurrencia de plantear un tema distinto.
-Quiero presentar unos socios nuevos.
El viejito carraspeó.
-Bueno… No hay antecedentes pero… pienso que tenés que presentar sus fojas y esperar a lo que decida la mayoría…
-¿Si consigo que alguno de ustedes me apoye?
-No te olvides de que somos una sociedad secreta.
-¿Sociedad secreta?
-Sí, estamos entrando en una nueva época de sociedades secretas.
-Bueno…
¿Cómo podría ser una sociedad que fuera secreta? ¿Socios que no se conocieran y que sólo se comunicaran por teléfono? ¿Cómo podrían confiar unos en otros? ¿Cómo sabrían el número de teléfono al que tenían que llamar? Se necesitaba mucha inteligencia para imaginar algo así!
Cuando volvió junto al mostrador el dilema de la pintura ya estaba resuelto y sólo restaba pasar por el costado de la barraca a retirar todos los materiales. Rulo estaba satisfecho.
-Nos hicieron descuento por contado y todo!
Salieron cinchando del carro cargado que entre dos era liviano. Magda se ofrecía para ayudar con la pértiga de caño pero no era necesario por lo menos en las primeras cuadras. Se encontraron con el Dengue que salía del boliche de Luque con una caja de vino.
-¡Hola gente…! Che. Muchas gracias por lo del otro día! Me ayudaron pila… Bueno, aunque a mí ya no me puede ayudar nadie… ¿Podés creér, Magda, que el Roque desde ese día no me habla más? Y mire que éramos amigos! De toda la …¡El Roque era mi hermano, hermano! Y ahora ni me mira. Seguro que me lo merezco pero… ¡podría perdonarme…!
-Tenemos que llevar esto, Dengue, -dijo Manuel temiendo el diluvio de palabras. -¿Sabés qué? Te invito para mi cumpleaños… También voy a invitar al Roque, así que si querés le podés hablar ahí…
-¿Cuándo, che?
-Yo te aviso.
Siguieron con el carro que poco a poco iba pesando más. De pronto Manuel hizo señas de parar.
-¿Ustedes saben lo que es una sociedad secreta?
Magda se acordó del liceo. Siempre le había quedado la intriga de cómo sería ser miembro de una de esas sociedades que se imaginaba de gentes hablándose todo el tiempo al oído.
-Si en el liceo vimos eso.
-¿Ah sí? Bueno, explicame cómo es eso del secreto. ¿Cuál es el secreto?
-El secreto es quiénes forman parte de la sociedad…
-¡Claro!
Rulo interrumpió.
-Che, ¿y si seguimos? Quiero volver enseguida con Julieta.
-¡No jodas, Rulo! Ahora vos también estás metido en esto.
-He encontrado algo que parece ser un mensaje para nosotros! Tenemos que reunirnos mañana. Ya le mandé un correo a Giorgionne…
Manuel se soltó casi con brusquedad cuando no terminaba de quitar con la imaginación el disfraz a aquel anciano para que le restara por debajo el mismísimo Ernesto Federico de Oliveira encorvado a voluntad y fingiendo un parkinson de parodia carnavalera. Enseguida tuvo la ocurrencia de plantear un tema distinto.
-Quiero presentar unos socios nuevos.
El viejito carraspeó.
-Bueno… No hay antecedentes pero… pienso que tenés que presentar sus fojas y esperar a lo que decida la mayoría…
-¿Si consigo que alguno de ustedes me apoye?
-No te olvides de que somos una sociedad secreta.
-¿Sociedad secreta?
-Sí, estamos entrando en una nueva época de sociedades secretas.
-Bueno…
¿Cómo podría ser una sociedad que fuera secreta? ¿Socios que no se conocieran y que sólo se comunicaran por teléfono? ¿Cómo podrían confiar unos en otros? ¿Cómo sabrían el número de teléfono al que tenían que llamar? Se necesitaba mucha inteligencia para imaginar algo así!
Cuando volvió junto al mostrador el dilema de la pintura ya estaba resuelto y sólo restaba pasar por el costado de la barraca a retirar todos los materiales. Rulo estaba satisfecho.
-Nos hicieron descuento por contado y todo!
Salieron cinchando del carro cargado que entre dos era liviano. Magda se ofrecía para ayudar con la pértiga de caño pero no era necesario por lo menos en las primeras cuadras. Se encontraron con el Dengue que salía del boliche de Luque con una caja de vino.
-¡Hola gente…! Che. Muchas gracias por lo del otro día! Me ayudaron pila… Bueno, aunque a mí ya no me puede ayudar nadie… ¿Podés creér, Magda, que el Roque desde ese día no me habla más? Y mire que éramos amigos! De toda la …¡El Roque era mi hermano, hermano! Y ahora ni me mira. Seguro que me lo merezco pero… ¡podría perdonarme…!
-Tenemos que llevar esto, Dengue, -dijo Manuel temiendo el diluvio de palabras. -¿Sabés qué? Te invito para mi cumpleaños… También voy a invitar al Roque, así que si querés le podés hablar ahí…
-¿Cuándo, che?
-Yo te aviso.
Siguieron con el carro que poco a poco iba pesando más. De pronto Manuel hizo señas de parar.
-¿Ustedes saben lo que es una sociedad secreta?
Magda se acordó del liceo. Siempre le había quedado la intriga de cómo sería ser miembro de una de esas sociedades que se imaginaba de gentes hablándose todo el tiempo al oído.
-Si en el liceo vimos eso.
-¿Ah sí? Bueno, explicame cómo es eso del secreto. ¿Cuál es el secreto?
-El secreto es quiénes forman parte de la sociedad…
-¡Claro!
Rulo interrumpió.
-Che, ¿y si seguimos? Quiero volver enseguida con Julieta.
-¡No jodas, Rulo! Ahora vos también estás metido en esto.
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