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viernes, agosto 15, 2008

583. Begonias Afrodisíacas

Ya adentro el protagonismo de Mandinga pudo mucho más que las serias intenciones de Toshiro. Se habló, es decir,Mandinga habló, de todas las vueltas que había tenido que dar por un puñado de mundos de los que se decía haber recibido extraños visitantes. Vueltas en las que había causado molestias a todos las versiones habidas y por haber de ellos mismos y de todos los que por una causa o por otra pudieran haber tenido contacto con ellos. Molestias decía, porque suele parecer molesto a los humanos, que le aparezca de pronto un sujeto desconocido a entresacarle información acerca de sus relaciones familiares o sociales, con el cuento de que andan por ahí perdidos, un par de parientes paralelos, de esa clase de paralelismo que nada tiene que ver con la geometría, o sí, aunque valga más no mencionarlo. Por fin había encontrado el último mundo donde habían estado y del cual se habían borrado instantes antes del gran desastre que casi devora en un incendio toda la casa del viejo Abelardo en esas dimensiones. Satanás seguía con su juego. Él ya se había dado cuenta. El, Mandinga. Se había dado cuenta de que el hijodeputa estaba divirtiéndose como el gato con el ratón rengo. Lanzándolos a ellos adelante y viendo cómo el desgraciado de Mandinga se ponía a olfatear el Poliverso en busca de pistas que siguiéndolas le pusiera al alcance del zarpazo del maldito chivo. Y no era por hacerse la víctima.  Porque lo volvería a hacer cuanta vez fuera necesario, por mucho riesgo que eso supusiera, porque, y recién ahora se daba cuenta, sencillamente no era capaz de renunciar a la búsqueda. Las ideas le habían bullido en el cerebro durante mucho tiempo. Las ideas, esas, que él antes hubiese jurado que nada le importaban, que no entraba dentro de su mente ninguna idea semejante a paternidad y todas las obligaciones que se supone van juntas. Pero las ideas no nos pertenecen del todo y a Mandinga se le habían revolucionado, poniéndose a dictarle cátedras de moral, en lenguaje muy crudo y directo. ¡A él! ¡Justo a él! Ja.
Y todo lo que decía, empero, era bastante verdad. Que en un principio se había olvidado casi por completo de aquella blanquita que una noche de candombe había compartido con él la diversión en todos los sentidos. El hecho de que él se hubiese hecho amigo de Abelardo, fíjense que casualidad, muchos años después, algo completamente casual y parecido a lo de hoy, Germán cayó con una de las primeras bolas, que había fabricado, en el jardín de begonias afrodisíacas de mi viejo.

-Ja, ja. Mi viejo lo quería matar!

Hasta Toshiro se había olvidado de sus dudas y, al igual que los otros, se había quedado a las espaldas de los uruguayos pero tratando de no perderse palabras de aquello que por enredado e increíble merecía ser  la pura verdad. Incluso hicieron alguna pregunta, para terminar de imaginarse la clase de realidad que pudieran tener esos mundos. Descartar las ideas de imágenes virtuales o mundos potenciales y concebir aceleradamente que la materia organizada no es más que la organización de millones de datos, o los que sean, que forman un paquete animado por una cantidad equis de una cosa que se llama energía y que está determinada por otro paquete de información. Eso sería lo que se guarda en un disco rígido. Después están los millones de otros discos rígidos, que, sin embargo, al menos muchos de ellos, habrían de ser sumamente compatibles con otros muchos, porque nada es único en un sentido absoluto. Lo que no entendieron del todo fue eso de que existan muchos niveles de dimensiones que no correspondan pon ninguna idea de dimensión, como el amor o el pensamiento, y que éstas también, aunque distribuidas de forma muy despareja, aparecieran con una versión propia para cada uno de los universos paralelos.

Mandinga dejó de contestar preguntas para volver a su historia.  Quería ir al punto del tiempo en que por primera vez se le había ocurrido que Manuel pudiera ser su hijo. Aquella noche que todos cenaban en la gran caverna de Ernesto y que Margarita, bajo el brazo de Giorgionne giró su cabeza y dibujó en su cara un pequeño tirón de un sólo musculito de su mejilla de un modo peculiar. De algún modo que él ya tenía registrado en  flashes de una cara de mujer, de alguna vez, en algún lugar, pero que, era posible que fuera común entre las mujeres blancas. Sólo después comenzó a ver cómo esa pequeña idea de un momento preciso, comenzaba a crecer y a fortalecerse razonando en base a los datos que de oídas recogía. Preguntarle a Abelardo arrojó pocos resultados aparte de tener que escucharle rezongar un buen rato con el tema de los amores alocados de su hija. Según él, Margarita había dedicado toda la vida a demostrar que él como padre era un viejo gruñón y anticuado. Para eso había encontrado un método infalible: Hacer cosas cada vez más disparatadas hasta que él, como padre, no tuviera más remedio que intervenir. Después encima, el ataque del probable suegro al probable sinvergüenza que probablemente había embarazado a su hija adolescente, abandonándola con un hijo en la panza. Me cago.


Lo del accidente, arriba del duraznero... Bueno, la verdad es que venía distraído, jajá!




miércoles, agosto 13, 2008

582. Gente rara

Toshiro se puso a explicar la diferencia que existía entre necesario y suficiente y les hubiese llenado la cabeza a todos de difíciles conceptos si no fuera que en ese preciso momento se sintió un estruendo apagado provendiente del costado y el fondo del parque.
Salieron, asomando una cabeza primero y después dudando, porque, a no ser Magda y Manuel que a esa altura ya se estarían haciendo la película de lo que iba a ocurrir en los momentos sucesivos, los otros cuatro, los de los ojos rasgados, los abrieron muy grandes, porque no podían entender ni con que criterio juzgar aquello que veían salir de entre un montón de alambres y pedazos de papel rajado. Parecía un ser humano, grande y torpe, con la cabeza revoleando rastas, enfundado en una camisola caribeña y con un cacho de cubierta de auto atada en cada pata. Salía de entre las tiras de papel, como un enjendro grotezco, aunque risueño. Avanzaba a zancadas como si estuviese bailando, mientros los otros razonaban a toda priza sobre la posibilidad de que el dirigible de papel le hubiese caido encima al pobre hombre. Correr a ayudarle, o esperar, a que la situación se aclare un poco más, vaya uno a saber...
Manuel quiso presentarlo:

-El es...
-Probablemente tu padre, -interrumpió Mandinga ya llegando al grupo.

Por supuesto todos hicieron silencio menos las tripas de Manuel que se pusieron a hacer toda clase de trasbasamiento de líquidos orgánicos y a retorcerse. No podía tomarse en serio lo que estaba diciendo el tipo, ese bocazas, y además a él que le importaba si fuera que fuera que fuera que fuera su padre. Que fuera! A el que le iba a importar? Pòrque nunca le había importado aunque a veces se haya puesto a imaginarlo, por nada, por pensar en algo, y se lo imaginara más o menos así, aunque no tan bruto. Que fuera. En realidad ya se lo imaginaba desde que su madre paralela de aquel mundo le dijo que el negro tamborilero famoso, de la historia de su madre, la verdadera, era un negro de la nación Mandinga. Por lo demás, bien como dice la flaca:"pero si fuera así, ¿cómo es que cuando se encontraron otra vez de frente, allá en la caverna, ni se mostraron alarmados, ni hicieron nada que llamara la atención." Aunque yo le conteste casi siempre que no fuéramos a hacer de aquello un teleteatro lleno de coincidencias e hijos desconocidos, estaba dudando.

El hijo del diablo, ja ja, venía siendo yo, o de Mandinga por lo menos, medio diablo. Con razón me perseguían tanto! y me querían reformar moralmente a cada rato... Después matar...
¿Qué le digo...? ¿Le diré algo? No sé que se acostumbra a decir en estos casos, ja, que tu padre aparece de entre los escombros de su nave interdimensional de papel pintado, a decirte, hijo, yo soy tu padre, vengo a reconocerte y a darte mi apellido. Que, claro tendría que cambiarlo, si algún día quiero, por el de este pedazo de antropoide negro que es mi padre. Manuel Mandinga Goiticoechea, un servidor. Podré poner en mi tarjeta de presentación, porque voy a ser importante desendiente de la dinastía Mandinga. Que negros hijos de puta! Ja ja.

-¿Te golpeaste mucho...?

Mandinga no contestó, miro a Manuel, ahora de una manera que nunca . Después sí.

-Mijo, te debo una explicación de todo esto, pero te juro que no sabría hacerla corta. Qusiera saber quien es esta gente que está con ustedes, hola Marga, disculpa, creo que quedé medio grogui con el golpe.

En primer lugar, ahora que ya pasaba la alarma, era tiempo de volver al interior de la casa, hablar tranquilamente, para ver si efectivamente este paracaidista fracasado, pretendía ser puesto como el heroe del otro mundo que cayó en nuestro jardín. (Qué gente rara) En segundo, tenían que tenerle paciencia a estos criollos medio mentirosos por pasión poética y no por maldad. En tercer lugar, reconsiderar la idea de ser trasladados juntos hacia el exterior. Una revolución no es un divague.