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sábado, septiembre 20, 2008

599. Todos los oficios

Estuvieron muy ocupados arreglando la casita, cortando el pasto que se estaba llenando de yuyos y en los yuyos variedad de insectos portadores a su vez de parásitos diminutos y en los parásitos diminutos... Bueno, que entre eso e ir a buscar cosas para cocinar, y cocinar, y comer, que siempre les llevaba mucho tiempo, porque gran parte de él no lo pasaban masticando ni tragando sino riendo, y el tiempo que pasaban todos los días en la cama, no precisamente durmiendo, sino revolcando los cuerpos en el placer siempre renovado, y otras cosas que hacían tanto en la cama como en cualquier lugar, por ejemplo recordarse de alguna de las extrañas aventuras vividas pero no recordarse de algún detalle, uno de ellos, y preguntarle al otro... Bueno que el tiempo no les alcanzaba.

Pasaron así no menos de quince días hasta que recordaron que existía una comunidad de vecinos con la que debían colaborar. Fueron a presentarse. Es decir que se encontraron por el camino con el Cholo, que venía con un montón de cuadernos escolares bajo el brazo, y le preguntaron si no sabía cual pudiera ser la colaboración que a ellos les correspondía en tiempos de paz.

-La que ustedes quieran -respondió, agregando- En el salón comunal hay carteles con la lista de las tareas más atrasadas.

Les pareció asombrosa la velocidad conque Cholo se adaptaba a los nuevos tiempos y que todos habían comprendido la esencia del nuevo concepto de sociedad libre.

-¿Y si hay tareas que nadie quiera hacer?
-Si nadie las quiere hacer nadie las hará. Es otra manera de votar. Hace mucho que lo conversamos...

Es que Cholo era incapaz de apartarse una coma de los principios fundamentales de Libertad, Igualdad y no transferencia del Poder.

-¿Y esos cuadernos...?
-Estoy ayudando en la escuela. Ahora no alcanzan los maestros para explicarle a los niños los principios de la sociedad anarquista y especialmente cuales son los peligros que le asechan.

A Magda se le encendieron los ojos.

-Yo podría colaborar en eso...

De todas maneras siguieron camino hacia el salón para ver los carteles. Aquello era un hervidero de gente que entraba y salía después de leer los y cambiar opiniones con los circunstantes sobre las posibilidades de cada cual en cada uno de los oficios. Los que siempre habían trabajado de peluqueros ahora querían realizarse como cocineros. Los albañiles se inclinaban por la pintura o la carpintería. Los vendedores a veces soñaban con ser bailarines o equilibristas. Los carniceros, prestidigitadores. Los choferes, masajistas. Los desocupados, cualquier cosa divertida.

Manuel decidió apuntarse en el grupo de los pintores de brocha gorda.

miércoles, agosto 13, 2008

582. Gente rara

Toshiro se puso a explicar la diferencia que existía entre necesario y suficiente y les hubiese llenado la cabeza a todos de difíciles conceptos si no fuera que en ese preciso momento se sintió un estruendo apagado provendiente del costado y el fondo del parque.
Salieron, asomando una cabeza primero y después dudando, porque, a no ser Magda y Manuel que a esa altura ya se estarían haciendo la película de lo que iba a ocurrir en los momentos sucesivos, los otros cuatro, los de los ojos rasgados, los abrieron muy grandes, porque no podían entender ni con que criterio juzgar aquello que veían salir de entre un montón de alambres y pedazos de papel rajado. Parecía un ser humano, grande y torpe, con la cabeza revoleando rastas, enfundado en una camisola caribeña y con un cacho de cubierta de auto atada en cada pata. Salía de entre las tiras de papel, como un enjendro grotezco, aunque risueño. Avanzaba a zancadas como si estuviese bailando, mientros los otros razonaban a toda priza sobre la posibilidad de que el dirigible de papel le hubiese caido encima al pobre hombre. Correr a ayudarle, o esperar, a que la situación se aclare un poco más, vaya uno a saber...
Manuel quiso presentarlo:

-El es...
-Probablemente tu padre, -interrumpió Mandinga ya llegando al grupo.

Por supuesto todos hicieron silencio menos las tripas de Manuel que se pusieron a hacer toda clase de trasbasamiento de líquidos orgánicos y a retorcerse. No podía tomarse en serio lo que estaba diciendo el tipo, ese bocazas, y además a él que le importaba si fuera que fuera que fuera que fuera su padre. Que fuera! A el que le iba a importar? Pòrque nunca le había importado aunque a veces se haya puesto a imaginarlo, por nada, por pensar en algo, y se lo imaginara más o menos así, aunque no tan bruto. Que fuera. En realidad ya se lo imaginaba desde que su madre paralela de aquel mundo le dijo que el negro tamborilero famoso, de la historia de su madre, la verdadera, era un negro de la nación Mandinga. Por lo demás, bien como dice la flaca:"pero si fuera así, ¿cómo es que cuando se encontraron otra vez de frente, allá en la caverna, ni se mostraron alarmados, ni hicieron nada que llamara la atención." Aunque yo le conteste casi siempre que no fuéramos a hacer de aquello un teleteatro lleno de coincidencias e hijos desconocidos, estaba dudando.

El hijo del diablo, ja ja, venía siendo yo, o de Mandinga por lo menos, medio diablo. Con razón me perseguían tanto! y me querían reformar moralmente a cada rato... Después matar...
¿Qué le digo...? ¿Le diré algo? No sé que se acostumbra a decir en estos casos, ja, que tu padre aparece de entre los escombros de su nave interdimensional de papel pintado, a decirte, hijo, yo soy tu padre, vengo a reconocerte y a darte mi apellido. Que, claro tendría que cambiarlo, si algún día quiero, por el de este pedazo de antropoide negro que es mi padre. Manuel Mandinga Goiticoechea, un servidor. Podré poner en mi tarjeta de presentación, porque voy a ser importante desendiente de la dinastía Mandinga. Que negros hijos de puta! Ja ja.

-¿Te golpeaste mucho...?

Mandinga no contestó, miro a Manuel, ahora de una manera que nunca . Después sí.

-Mijo, te debo una explicación de todo esto, pero te juro que no sabría hacerla corta. Qusiera saber quien es esta gente que está con ustedes, hola Marga, disculpa, creo que quedé medio grogui con el golpe.

En primer lugar, ahora que ya pasaba la alarma, era tiempo de volver al interior de la casa, hablar tranquilamente, para ver si efectivamente este paracaidista fracasado, pretendía ser puesto como el heroe del otro mundo que cayó en nuestro jardín. (Qué gente rara) En segundo, tenían que tenerle paciencia a estos criollos medio mentirosos por pasión poética y no por maldad. En tercer lugar, reconsiderar la idea de ser trasladados juntos hacia el exterior. Una revolución no es un divague.