martes, abril 06, 2010

805. El cielo añil

Los otros presentes forzaron el término de las especulaciones. Era conveniente disponer el alojamiento de las visitas. Manuel y Magda, por supuesto contaban con casa propia, así como Urum, quien ya se aprestaba a bajar a las galerías de su comunidad. Pero Don Miguel, Dengue y Ernesto Federico eran auténticos recién llegados, además de ser dobles de otros lugareños, salvo Don Miguel, cuyo doble había en esta Tierra fallecido.
El Ernesto Federico de acá, invitó gustoso al de allá a quedarse en su casa.
Dijo Abelardo que dentro de la bola que le había traído tenía suficiente comodidad como para compartir con su viejo amigo Miguel a quien le quería transmitir el resultado de sus últimas investigaciones sobre naves interdimensionales.
Dengue preguntó si en ese mundo tenía él una réplica, y ante la contestación afirmativa por parte de Ernesto, quien le explicó que no otra persona era quien le había entrenado en el manejo de las bolas de la comunidad, el muchacho pidió para conocerle.
Por último Magda preguntó lo mismo que Dengue, con respecto a la existencia de dobles para ella y Manuel, cosa que nadie respondió.

Se hacía la noche de un día otoñal de un año indeterminado, posterior al 2008 tal vez, en un juego de dimensiones como tantos, mundo perdido entre miríadas de innominados proyectos de realidad, que ocasionalmente brotan a la luz empujados por algún puñado de conciencias curiosas, que preguntan lo que no saben que están precisamente inventando. El cielo se había vuelto ese añil que los muchachos creyeron recordar idéntico, de la misma manera que se creyeron recordar a sí mismos con la misma facha y los mismos gestos, entrañables cosas que no querían tardar demasiado en volver a degustar... en una casita idéntica, probablemente idéntica a la que habían dejado atrás sin pena ni nostalgia.

Hecho el programa para el día siguiente el grupo se separó como si cada cual tuviese que deshacer sus valijas y desdoblar las ropas que no habían traído.
Manuel y Magda enfilaron por la calle de la subida y la bajada, sin pensar siquiera en cosas atales como la comida y el estado de abandono que por fin encontraron dentro de la casa y sus pocos muebles cubiertos de polvo. Parecía que nadie hubiese andado por allí en años... Pero no importaba, en el dormitorio retiraron el colchón de sobre la cama y lo arrojaron al suelo justo antes de tirarse ellos abrazados y embelesados en mirarse a través de los ojos al otro ser que habita fuera de todas las dimensiones, los mundos, los idiomas y las sensaciones

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