miércoles, octubre 11, 2006

92 - ...saber que te quiero...

Después, cuando salían de la carnicería, Magda le preguntó si se había metido en el Umbanda. Manuel supo que no tenía palabras para explicarle aquello. ¿Cómo decir con palabras lo que uno no ha entendido de esa forma? Todo lo que había podido avanzar en ese terreno tan oscuro era la simple aceptación de los hechos, pero explicarlo… Estaba lo que decía Ernesto Federico… Estaba lo que decía su abuelo…y estaban las cosas que él mismo había vivido y palpado pero… Ni siquiera se había puesto a pensar si esos distintos puntos de vista se contradecían entre sí, o no.
-Esto no es una religión.
-¿Y qué es…?
Entonces se dio cuenta de que tampoco sabía lo que era una religión. El se decía no religioso, tal vez por habérselo sentido decir a su abuelo. Su madre…bueno, su madre había pasado por todo, también por el Umbanda y hasta por los Testigos. Pero ella, posiblemente, tampoco supiera lo que es una religión. Pensó en que algunos tienen fe y creen en Peñarol o en Nacional. ¿Sería religión cualquier cosa en la que se crea? Y él…¿en qué creía? En su abuelo primero. Creía en la flaca… Creía que hay cosas buenas y otras que no…
-Son cosas que están ahí, que pasan…
-¿Hablar con los muertos?
-No sólo eso… Saber que te quiero.
Magdalena se sorprendió.
-¿Me querés…? ¡Yo también te quiero!
Decir y escuchar aquello fue abrir la puerta a una emoción que de pronto le desbordó hasta las lágrimas. La miró de nuevo, porque de nuevo la veía como si fuera otra persona, alguien desconocido que de pronto le dijera que lo quiere, y que él se diera cuenta, extrañamente, que en su corazón anidaba por ella, desde antes, un enorme amor. Aquella cara, como vista por primera vez y al mismo tiempo reconocida. Aquella pequeña nariz recta, aquellos labios… Pero especialmente lo que se sabía presente detrás de la mirada. Aquella presencia indecible. Magdalena. Que sentía allí vibrando de cálida presencia para él…!
Se miraron a los ojos, se sonrieron. Una sonrisa cándida que iluminó por un instante el universo todo. Cesaron los peligros agazapados en las sombras. No importaron más las carencias de la vida, la pobreza, el dinero ni el desdén ajeno. ¿Cómo se podría comparar tan pequeñas cosas con la fortuna inmensa de sentir lo que sentía y de saberse correspondido?
Se rieron y al mismo tiempo lloraron. Era tan lindo llorar el uno por el otro! Por haberse encontrado. Almas errantes, a la deriva de un universo incomprensible y loco que sin embargo deja que se formen a veces, remansos de encuentro para que los que se quieren se reconozcan y den rienda suelta a su amor.
Esa noche vino frío sobre Lagomar. Frío y lluvia con vientos arrachados que silbaban entre los filamentos de los pinos, como si hubiera una banda de duendes soplando flautas vegetales afinadas en si bemol. La lluvia golpeaba con fuerza las chapas del techo y chorreaba sobre los vidrios hasta la arena del patio, incapaz ya de absorberla la dejaba correr y formar sus arroyos y lagunas llenas de pinochas flotantes, mientras dentro de la casa el amor entibiaba lo de por sí ya tibio y hasta caliente en la calentura del amor y el sexo. El sexo y el amor que en dos cuerpos se reflejaba y en ese universo paralelo donde habitan las almas de los vivos cuando no se esconden, que es cuando desde allí animan las verdaderas caricias, las que no precisan tocar la piel, sino esa aura vibrátil que envuelve el cuerpo y que suele hacer pequeños remolinos tornasolados alrededor de cada pequeño valle o colina o que a veces simplemente por jugar vuela y baila alrededor.



martes, octubre 10, 2006

91 ¿Cómo le fue por el otro mundo?

-¿A qué estabas jugando?
¿Cómo decirle, cómo contestarle sin mentirle?
-Sabés que estaba pensando en la comida. Estoy muerto de hambre, ¿Vamos a comprar alguna cosa?
-Bueno. Pero contame qué son esos trompitos…¿De dónde los sacaste?
-Los encontré…
-Mostrame. ¿Cómo hacés para que bailen todos a la vez?
-Como cualquier trompo, Magda. Con los dedos, como si fuera una perinola… ¡Quiero comer carne! Hace días que le damos a las pizzas y a los fideos.
Salieron apurados como si todos los comercios fueran de pronto a cerrar. Manuel adelante, caminaba a las zancadas llevando a la flaca casi de tiro y sin resuello como para seguir preguntando. Ella lo siguió, pero picada de curiosidad ante su evidente evasiva. Le conocía demasiado como para no desconfiar de tanto apuro… Le conocía tanto que ahora estaba segura de que andaba con otra mujer. No se veían desde el baile, ayer… Pero de que no se acostaban juntos ya iban como dos días!
En eso que caminaban apurados por la calle, vieron dos hombres que enfilaban directamente hacia ellos. Resultaron ser el licenciado Giorgionne y Ernesto Federico de Oliveira e Souza! Manuel correspondió a los saludos efusivos del Licenciado y saludo al Mem, que como pudo, a media voz…
-Perdóneme Manuel por el exabrupto de ayer. No quise ofenderle ni atemorizarle.
Giorgionne quedó sorprendido ante las palabras de Ernesto Federico, se le borró la sonrisa de la cara - único lugar donde la tenía – y miró a Manuel como si Manuel pudiera aclararle algo. Pero Manuel, si bien sabía a qué se refería el hombre, ignoraba todo posible significado de la palabra exabrupto, con lo que se quedó pensativo un segundo. Pensativo por pensar que estando la flaca presente no le iba poder preguntar a Giorgionne cómo le había ido por el otro mundo.
-Bueno, nosotros seguimos…íbamos muy apurados!
-Un segundo Manuel. ¡Tenemos que reunirnos!
-Usted me dijo que en quince días. Todavía…
-No, mañana en la policlínica, a la misma hora.
Impelidos por el motor fuera de borda del apuro de Manuel, se separaron rápidamente del lugar dejando atrás a los dos hombres, allá en la esquina, tal vez desconcertados o tal vez mal pensando uno del otro como el causante de tan precipitada salida de los muchachos
Unas cuadras adelante Manuel aflojó la marcha.
-¿Qué quiere decir exabrupto?
-Si no sabés vos… A vos te lo dijo.
-¡Ese tipo está loco!
-¿Y quién es?
-Un loco que vive en el bosque y es amigo de los Tucu tucus…
-¿Y por qué te pidió disculpas…?
-¡Qué sé yo!
La flaca estaba mal. Era comprensible. Manuel se sentía un boludo haciendo todo ese teatro de despistes con ella. Con la flaquita divina que él quería. ¿Cómo sincerarse? No sabía cómo pero tendría que hacerlo!
-¿Sabés de dónde salieron los trompitos?
-No. No me contaste nada.
-Eran de mi abuelo y me los dejó para que… me comunicara con él.
-¿Después de muerto?
-Sí.


lunes, octubre 09, 2006

90 - SEIS LETRAS

Al rato de llegar a su casa, Manuel tenía bailando los cinco guijarros en el centro del tablero. Como la otra vez hacían sus cinco giros en un sentido para detenerse, hamacarse como subibaja e invertir el giro otras cinco vueltas… También él repitió lo ya hecho. Fue invirtiendo los giros en cada siguiente guijarro de modo que quedaran el primero a la derecha, el segundo a la izquierda y así hasta completar los cinco, con lo que el quinto y el primero, los dos quedaban iguales. Igualdad que comenzó a rotar hasta que por fin los cinco descansaron sobre sus costados.
Manuel abrió el cuaderno en una página en blanco y con la birome entre los dedos esperó la respuesta que no se hizo esperar. Pronto las piedras se fueron poniendo de pie para bailar su danza. La misma de la vez anterior. Ahora observó que aquello que hacían formaba un ciclo que se repetía cada seis compases, tiempos, posiciones del baile… No valía la pena continuar, ya tenía apuntada la secuencia en el cuaderno… Arrancó la página y cuando la puso al lado de la anterior vio que las dos eran iguales, pero… ¿Para qué hacía esas anotaciones si en realidad no entendía un pomo…? Por unos momentos, mientras recogía y guardaba las piedras en la bolsa, se quedó pensativo y al mismo tiempo con la mente casi en blanco. Había sí un pequeño hilo de pensamiento que se hundía en la profundidad oscura de su cerebro en busca de alguna idea o intuición… Una esperanza que en realidad no perdía de pescar en aquellas profundidades alguna idea salvadora…
Si aquello era un mensaje del abuelo. ¿Qué le querría decir con aquellos seis dibujos de baile? Porque eran seis dibujos… que él podría dibujar, más que escribir, sobre la hoja… Dibujar con flechitas que indicaran el sentido de los giros. Lo hizo así y las seis posiciones se transformaron en el papel en seis conjuntos de flechitas que formaban, cada uno, un pentágono de flechitas dibujadas. Eran como si fueran letras o algo así:
-->------->-------<-------<------->-------<

<-<-----<-<----<->---->->----<-<----<-<
>->-----<-<---->->----<->----<->---->->
Verlo sobre el papel le resultó gracioso y le llevó volando al recuerdo de los dibujos que su abuelo hacía con las lanas cuando se le había dado por tejer tapices que colgaba en su dormitorio, cada vez más extraños a la vez que monótonos. Ahora era el nieto el que dibujaba rayitas! Pero no lo hacía por propia iniciativa, lo hacía… Porque aquello era un mensaje que tenía que descifrar! Debía descubrir la clave de aquella secuencia de seis…letras. Porque se le había puesto que aquello era una palabra de seis letras…como Manuel! Porque… si el abuelo estaba mandándole un mensaje, no sería nada raro que lo empezara con su nombre. Y si eso era así, bueno…¡Ya tenía la clave al menos de seis letras distintas!
De pronto su mente hizo unos giros que la bajaron de las esferas del pensamiento al nivel más concreto de la sensibilidad. Por su nuca sintió que una lengua húmeda se deslizaba paseándose hacia los lados… Unos labios tibios le iban dando ligeros besos que apenas rozaban su piel en sucesivos y casi imperceptibles contactos que le llenaban de cosquillas…
-¡Flaca…!


domingo, octubre 08, 2006

89 - Amigos en el pasado.

A la vuelta comentaban en son de festejo el resultado de la conversación con Ferrari. Pasaban por una racha de suerte según Manuel. Rulo en cambio opinaba que no sólo suerte, que el tipo aceptaba todo por influencia de su mujer.
-Está que se mea por vos!
-No jodas…
El problema, pensaba Manuel, lo iba a tener cuando el marido se diera cuenta. Suerte que era medio estúpido… Porque aquel asunto del desmayo en la vereda y de que él, sin querer al levantarla le había metido la mano en la cotorra y que después se le había caído encima…! Si no se había dado cuenta entonces de que estaba pasando algo raro!
-En cualquier momento esa mujer te va a apretar dentro de alguna pieza!
-Dejá de joder. Ese tipo seguro que anda armado.
-Y sí…
-Y ella es una vieja mantequilla.
-Ja, desde que andás con la Magda te haz puesto delicado.
-Loco. Tengo veinte años. Que se busque otro que…
Al decir veinte años, se le empezaron a venir los recuerdos de aquel lejano pasado en el que había estado pero que no podía mencionar. Veinte años era la edad que tenía el amigo de su abuelo allá en Guichón y el abuelo mismo que no pudo ver –hubiera estado gracioso- y la suya propia que no había cambiado con el viaje… De su abuelo sabía que ahora estaba muerto, aunque vivo de alguna forma, porque le había hablado por teléfono mental varias veces, contestando a todo. No había sido una voz gravada! Pero en este mundo, ahora mismo, el abuelo estaba muerto…no estaba en ningún lado… Y el otro, el amigo, dónde andaría ahora si es que seguía vivo. Se estaba yendo en aquella fecha 7 de Marzo de 1967. Ni siquiera le había preguntado para dónde. Bueno, tampoco él le había dado tanta bola. Sólo cumplía su promesa con el abuelo, así que… ¿Y Elena? ¿Y sus hermanos? Porque seguro que eran hermano, parecidos en todo… Y el otro que volvía de la colimba, que al fin se había vuelto sin verlo…
-Yo no te pido explicaciones. Hacé lo que quieras.
Era raro eso de tener amigos en el pasado. Personas que era posible tal vez encontrar de nuevo, pero que ahora serían viejos… Y hablar con los muertos. ¿No era raro acaso? Porque él estaba tratando de manejar ese juego de piedras para poder hablar con un muerto que está vivo! Porque el abuelo, mientras le hablaba decía estar vivo pero…¿dónde?
-¿Te pasa algo?
-No…me estaba acordando de algo.
-¿De qué…?
-Del tiempo…
-De cuál tiempo?
-…que hace que no veo al abuelo…
-Desde que se murió.
-Claro pelao! ¿Por qué se tuvo que morir?
-Y…todo lo que empieza termina…
-¿Te parece…?
Habían llegado a la bifurcación de sus caminos. Manuel no quiso entrar a tomar unos mates, como le invitara su primo. Dejó saludos para Julieta y su panza y siguió a paso largo sin tener ninguna duda de lo que iba a hacer cuando llegara.



sábado, octubre 07, 2006

88 - Una pizca de azafrán.

Eran las tres de la tarde y el Rulo lo estaba sacudiendo para que se despertara. Habían quedado en ir a entregar el trabajo a los Ferrari, más que a entregar, a cobrar que era lo interesante. El tipo, regresado desde Montevideo, ya estaría disfrutando de las virtudes de lo hecho por ellos. Un jardín resplandeciente y unas paredes impecables, libres de toda mancha de humedad, a no ser la humedad natural de las partes recién revocadas. Hasta la gotera del techo de la cocina había desaparecido. Que no había resultado ser una perdida del caño de bajada del tanque, como le había dicho Manuel a la señora de las tetas de Ferrari, sino una simple grieta, pequeña pero rompe bolas, en el hormigón justo en el punto en que el caño penetraba y que con un cacho de silicona se había resuelto. ¡Chau!
Cuando llegaban a la casa, justo el milico estaba entrando la Cherokee al garaje. Salió enseguida a recibirles enfundado en una campera de cuero negro, tipo motoquero. ¿Quién lo viera al tipo! Con esos mostachos re-milicos y esa cara de sorete mal cagado!
Estaba conforme en general con el trabajo y ya tanteaba con la mano en el bolsillo, seguramente lleno de plata, pero había un detalle, les dijo, que les quería mostrar en la cocina, a dónde le hizo pasar a través del comedor, donde saludaron a la señora, quien aunque recatadamente vestida no desaprovechó la ocasión para una derretida sonrisa, quedándose a la saga del grupo, detrás de Manuel, al que inundó con su biosfera de perfumes. Violetas de los alpes, azahares salvajes, flores de zapallo y una pizca de azafrán rayado.
La señora se quedó en la puerta y esperó a que su marido les mostrara lo que quería mostrarles, que no era otra cosa que la caída de la alacena completa y llena de vajillas sobre la mesada de la cocina cuyo mármol se había partido en mil pedazos sin dejar fuera del estropicio la canilla monocomando de acero iridiado de Persia que en ese momento, todavía, largaba un hermoso chorro de agua que se dividía en dos, con forma de ve de la victoria, que iban a mojar, el uno los restos machacados de la alacena al pie del anafe, sobre los restos retorcidos del microondas y un piélago de platos de porcelana de Hong Kong, por supuesto hechos pedazos; y el otro directamente al hueco que en la pared había quedado en el lugar que debiera ocupar la alacena, donde el agua corría salvando el desparejo terreno, como si fuera el agua de un manantial en la ladera de un cerro.
-Ocurrió hace una hora, yo venía de irlos a buscar a ustedes, dijo el milico a modo de explicación, para agregar lo que era el verdadero motivo de su comentario.:
-¿Cuándo arreglaron ahí arriba, ¿se apoyaron en el mueble?
-Nooo!
La expresión de Manuel fue completamente convincente, por lo menos para la señora, que acababa de entrar a la cocina y acompañó la casi indignada negación de ellos, con otra derretida sonrisa mientras jugueteaban sus dedos, debajo del busto, como comprobando la sedosidad de la tela, apenas celeste y muy poco traslúcida como para saber si las tetas estaban allí debajo sueltas, o no.
En conclusión, Ferrari propuso un nuevo trabajo. Fijar la alacena otra vez en su lugar y pintar todo el ambiente de nuevo.
-Me gustaría en tonos de malva. –Opinó la señora.
Ellos sonrieron, como conocedores del tema, aprobando aquella elección.