Agotado por el sueño se fue a la cama pero, hipnotizado por el baile de las piedras no se podía dormir. Frente a su mente las piedras seguían bailando y haciéndose reverencias para cada cambio de paso. En eso se dio cuenta que había una variante que era la fundamental. El sentido del giro. Porque las piedras lo que hacían era cambiar ese sentido cada tanto tiempo de una forma regular, no porque todas cambiaran al mismo tiempo, algunas no hacían el cambio, pero todas las que cambiaban lo hacían al mismo tiempo…
Se levantó de un salto y atropelladamente volvió a la cocina a reiniciar el juego. Una vez colocadas las piedras se pusieron a bailar girando todas en el mismo sentido, cinco vueltas, se detenían, hacían esos a hamacones y volvían a girar cinco vueltas en el sentido contrario. Ese era el esquema que se repetía insistentemente, como una invitación… ¡Como un llamado!
Pero, si era un llamado…¿Cómo se haría para contestar?. Se le ocurrió que la contestación debía ser distinta que el llamado. Que tenía que hacer que las piedras hicieran otra cosa… Por ejemplo que en vez de girar todas en el mismo sentido, lo hicieran… una para un lado y la siguiente al revés!
Agarró la primera piedra, la del extremo más lejano que venía girando hacia la izquierda y la torneó con los dedos para que girara hacia la derecha. La piedra obedeció pero las otras cuatro cayeron de lado sobre sus panzas. Tomó la segunda y la hizo girar a la izquierda. La tercera a la derecha. La cuarta a la izquierda y la última a la derecha, con lo que lograba a medias su propósito, porque la quinta y la primera, que estaban juntas, giraban entonces las dos hacia… Ah, no, ahora la primera cambiaba sola de giro después de los forzados dos subibajas. Quedaban entonces en el mismo sentido la primera y la segunda…No ya se estaban cambiando, como si fueran concientes de la intención de Manuel e intentaran bailar todas distinto y con ello lo que hacían era rotar el error por todo el pentágono!
De pronto cayeron todas de lado. El mensaje se había trasmitido.¿Sí, quien habla?
Fueron unos segundo apenas de quietud. Enseguida las piedras volvieron a la vida pero ahora con una formación distinta. La primera para la derecha. La segunda para la izquierda. La tercera para la derecha igual que la cuarta. La quinta, en cambio para la izquierda… ¡Un embole!
No podía memorizar esas cosas sin ningún sentido para él. ¿Y si lo escribiera? Tomó el viejo cuaderno de sus cuentas de jardines hechos. Se detuvo con la birome en la mano y supo enseguida qué hacer. Apuntaría el sentido del giro con una flechita. Con cinco flechitas puestas en el mismo orden que el pentágono quedaría apuntada toda la secuencia y después… Bueno, después se vería. Tenía demasiado sueño como para poder seguir, ya deberían ser como las once.
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viernes, octubre 06, 2006
jueves, octubre 05, 2006
86 EL PENTAGONO CENTRAL
Ya era de día cuando salieron, fueron a hacer una escala en lo del Rulo, pero no entraron porque Manuel tenía que seguir acompañando a la flaca que necesitaba volver por su casa. A saludar aunque más no fuera.
Volvió solo y se dio cuenta de estar pasando de nuevo por el lugar en que la bola camuflada se le había interpuesto en el camino. Tuvo miedo. Pero miedo porque un rato antes había pasado con la flaca. Miró para todos lados, aun sabiendo que era una tontería pensar que el lugar tuviera algo que ver… Pero igual, ¡tenía que cuidarse!...¿Cómo?...¿Cuidarse de qué y cómo?...Por la flaca, claro…. Pero si lo agarraban de sorpresa? Poco podría hacer él para evitarlo…¡La primera vez lo habían sacado del baño!
¿Para qué lo querrían? Parecía todo tan confuso. Que lo llevaran de una lado para otro, vaya y pase, pero…¿al pasado…? El abuelo no había sido, aunque lo sabía. Como sabía que iba a ocurrir le avisó a su amigo para que lo fuera a esperar a la estación. Le habría avisado marcha atrás en el tiempo cuando ya supo que había ocurrido… ¡Qué pedo! ¿Y por qué no le habría dicho a su amigo que cuando su nieto fuera grande lo buscara para darle las piedras? ¿O las dejaba escondidas y después le decía dónde buscarlas?
Claro que él pudo haber sabido mucho después, que la bola lo iba a llevar y cuando lo supo… mandar ese mensaje marcha atrás, calculando que llegara justo, o un poco antes para que el otro tuviera tiempo de descifrarlo…
Todo eso lo tendría que aclarar con el abuelo, aunque parecía que tampoco entendía demasiado. Había hablado de misterio, de cosas misteriosas… ¡Los guijarros! Ahora los recordaba, que habían quedado… ni se acordaba. ¡Qué vergüenza! El abuelo estaría esperando alguna señal, o mandando, meta mandar mensajes al pedo, y él boludeando… Aunque también… aprender a usar esas piedras le parecía que era lo mismo que permanecer metido en ese mundo de las cosas raras. Él prefería… Estar con la flaca, tener un hijo y agrandar la casita!
Cuando llegó fue derecho a buscar las piedras. La bolsa había caído desde la mesa hasta el suelo contra la pared. Sacó y contó las piedras. Sí, veinticinco. Puso el cartón sobre la mesa y arrimó la silla y se detuvo un momento a repasar mentalmente lo que debía hacer. Lo que debía hacer porque… si el abuelo se lo pedía…
Al meter la mano dentro de la bolsa se dio cuenta de que las yemas de sus dedos estaban más sensibles. Distinguían a las piedritas una por una, con sus temperaturas y sus posibles colores y especialmente aquella electricidad que corría por la superficie de algunas de ellas. Sacó una y levantó la mano sobre el tablero. La piedra enseguida empujó hacia un lugar del medio donde quedó bailando. Metió la mano y sacó otra de las eléctricas. Ella quiso bailar muy cerca de la primera, a su costado. La tercera fue rechazada por las que bailaban. Cada vez que Manuel la acercaba, las otras se retiraban! Cambió de piedra, buscando otra de las que chisporroteaban en los dedos. Esta sí fue aceptada con lo que Manuel concluyó que las piedritas que tenían electricidad eran compañeras y querían bailar juntas. Se había formado un triángulo achatado que con la cuarta se hizo como una forma de canasto y con la quinta ¡un pentágono! Igual que la forma del tablero pero chiquito y en el centro.
El baile ahora era extraordinario. Manuel se entretuvo un rato en sólo observarlas. Cinco bailarinas en una danza perfectamente coordinada, haciendo continuas variantes sin romper la sensación de algo regular e inteligente!
Volvió solo y se dio cuenta de estar pasando de nuevo por el lugar en que la bola camuflada se le había interpuesto en el camino. Tuvo miedo. Pero miedo porque un rato antes había pasado con la flaca. Miró para todos lados, aun sabiendo que era una tontería pensar que el lugar tuviera algo que ver… Pero igual, ¡tenía que cuidarse!...¿Cómo?...¿Cuidarse de qué y cómo?...Por la flaca, claro…. Pero si lo agarraban de sorpresa? Poco podría hacer él para evitarlo…¡La primera vez lo habían sacado del baño!
¿Para qué lo querrían? Parecía todo tan confuso. Que lo llevaran de una lado para otro, vaya y pase, pero…¿al pasado…? El abuelo no había sido, aunque lo sabía. Como sabía que iba a ocurrir le avisó a su amigo para que lo fuera a esperar a la estación. Le habría avisado marcha atrás en el tiempo cuando ya supo que había ocurrido… ¡Qué pedo! ¿Y por qué no le habría dicho a su amigo que cuando su nieto fuera grande lo buscara para darle las piedras? ¿O las dejaba escondidas y después le decía dónde buscarlas?
Claro que él pudo haber sabido mucho después, que la bola lo iba a llevar y cuando lo supo… mandar ese mensaje marcha atrás, calculando que llegara justo, o un poco antes para que el otro tuviera tiempo de descifrarlo…
Todo eso lo tendría que aclarar con el abuelo, aunque parecía que tampoco entendía demasiado. Había hablado de misterio, de cosas misteriosas… ¡Los guijarros! Ahora los recordaba, que habían quedado… ni se acordaba. ¡Qué vergüenza! El abuelo estaría esperando alguna señal, o mandando, meta mandar mensajes al pedo, y él boludeando… Aunque también… aprender a usar esas piedras le parecía que era lo mismo que permanecer metido en ese mundo de las cosas raras. Él prefería… Estar con la flaca, tener un hijo y agrandar la casita!
Cuando llegó fue derecho a buscar las piedras. La bolsa había caído desde la mesa hasta el suelo contra la pared. Sacó y contó las piedras. Sí, veinticinco. Puso el cartón sobre la mesa y arrimó la silla y se detuvo un momento a repasar mentalmente lo que debía hacer. Lo que debía hacer porque… si el abuelo se lo pedía…
Al meter la mano dentro de la bolsa se dio cuenta de que las yemas de sus dedos estaban más sensibles. Distinguían a las piedritas una por una, con sus temperaturas y sus posibles colores y especialmente aquella electricidad que corría por la superficie de algunas de ellas. Sacó una y levantó la mano sobre el tablero. La piedra enseguida empujó hacia un lugar del medio donde quedó bailando. Metió la mano y sacó otra de las eléctricas. Ella quiso bailar muy cerca de la primera, a su costado. La tercera fue rechazada por las que bailaban. Cada vez que Manuel la acercaba, las otras se retiraban! Cambió de piedra, buscando otra de las que chisporroteaban en los dedos. Esta sí fue aceptada con lo que Manuel concluyó que las piedritas que tenían electricidad eran compañeras y querían bailar juntas. Se había formado un triángulo achatado que con la cuarta se hizo como una forma de canasto y con la quinta ¡un pentágono! Igual que la forma del tablero pero chiquito y en el centro.
El baile ahora era extraordinario. Manuel se entretuvo un rato en sólo observarlas. Cinco bailarinas en una danza perfectamente coordinada, haciendo continuas variantes sin romper la sensación de algo regular e inteligente!
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miércoles, octubre 04, 2006
85 - Baile en lo del Pichi
Por esos días también hubo un baile en el parador del Pichi. –Vaya ocurrencia en pleno invierno- Suerte que no llovió y fue bastante gente, por lo menos la de Lagomar Norte aunque algunos cajetillas como siempre se entreveraron y fueron bien atendidos por el Pichi en la creencia de que eran los que podían gastar…
Rulo tuvo la idea de que fueran los cuatro juntos, total la pancita de Julieta no le impedía bailar y ellos ya hacía días que se pasaban trabajando –aunque hablaban también y hacían planes. Agrandar la casa. Una habitación para el hijo y comprarse una motito para prenderle el carrito y llevar allí las herramientas.
Manuel no hacía muchos planes. Estaba bien pero un poco preocupado por todo lo que le venía ocurriendo. Temía que las cosas se agravaran y que ningún plan fuera posible. Ya había visto el susto que se había pegado la flaca por aquello que dijo ver… Que tal vez nomás. Porque él recordaba haber sentido unos sacudones en el cuerpo mientras estaba tirado en el piso y la flaca venía apurada y riendo hasta que su gesto se había ido cambiando para terminar en una expresión de horror…
Salieron con la flaca para pasar primero por lo de Rulo y la Julieta, a buscarlos y de paso no llegar muy temprano. Llegaron los cuatro juntos a las doce y se ubicaron alrededor de una mesa. Era La Noche de la Nostalgia con cumbia de nostalgia. Sonaban los Wawancó y todo el mundo a bailar! Después El Orangután y toda una serie de antiguayas que muchos tomaban por primicias de re-onda y con mirada de cerveza se dejaban llevar al baile.
Porque la cerveza desbordaba espumosa los bordes de los vasos y fría corría por los gargueros abajo y se acumulaba y presionaba las vejigas y terminaba derramándose en los baños, allá en el fondo, pasando la vieja glorieta de las glicinas. Manuel tuvo que ir también y en el camino tropezó. No tanto por el pedo, más bien por la oscuridad y ese cuerpo humano atravesado en el camino. ¡Era el Dengue! Tirado allí medio moribundo, con esos championes de rayas fosforescentes y sus pantalones anchos y a media hasta.
-¿Dengue, sos vos?
-Qué piña me pegó el Roque!-le dijo- Apenas la vi venir y ya me acostó de lao el Roque y la puta queloparió porque bue…un poco tenía razón que si yo…pero no somos amigos? Le dije, sí creo que le dije amigos, porque encima me estaba puteando y entonces le dije que no eramos acaso amigos de toda la vida acaso eh, acaso. Eh?
-¿Pero qué pasó?
-Noo! Nooo! Hijoeputa no eh? un poco ya ni meacuerdo…me quedé tirao ahí y veía al Roque parao, que me estaba quedando grande, ahí parao y yo caído a sus pies…bue, a sus pies…a sus pies no, pero había quedao tirao por la piña que me dio queloparió el Roque y como veía que encima me seguía puteando, él, que siempre fuimos amigos…por cosas nomás que pasan... lo que pasa es que llegaron de golpe y yo de golpe la veo que sestaba riendo y los ojos así se le estiraban pa reirse que hacían que yo me riera por adentro, con la panza me estaba riendo con la Mulata…si yo ni me había entereo ni ayer quel Roque andaba ahora con la Mulata y nos caen de golpe cuando empezaba el baile y ya estaba la música sonando…y claro! Había que bailar Ella venía bailando desde afuera mientras caminaba y se reía y le brillaba la encía en la saliva de aquel lao en aquella boca…y justo! El Roque que dice que todavía no quiere bailar y yo ¡inconciente! Me oigo decir que yo si bailo mientras la estaba mirando a la Mulata que ella desfachatada dice que bue que vamos a bailar entonces y entonces no vimos más al Roque porque nos fuimos pa la pista agarrados de la mano y después nos abrazamos para bailar y ella se empezó a mover así como para que yo viera y yo me empecé a mover para que la Mulata viera como me movía para ella y mientras la miraba toda porque ella se dejaba mirar y le gustaba y sonreía…por áhi la Mulata quizo ir a mear y yo con ella para el fondo y creo…sí por ahí bajo esa parra nos habremos parao seguro porque era como seguir bailando y la mini della era finita y ahí nomás se palpaba la tanguita que mis dedos resbalaban por el borde mientras la otra mano ya se la colaba inconciente! bajo la mini y…buummm! Veo venir la piña del Roque. ¡Que piña!
Una vez que el Dengue se pudo parar, Manuel y la Magda lo acompañaron a la salida, le recomendaron irse a dormir y ellos volvieron a bailar. Fervor de la noche que parecía veraniega a esa corta distancia entre las pieles. Tensas y suaves pieles acariciadas de todas formas por el entorno imaginativo del baile. Baile. Era el baile quien bailaba en sus cuerpos. Ël se expresaba en esa corriente que pasa a travez de todo lo vivo y lo hace mover.
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Rulo tuvo la idea de que fueran los cuatro juntos, total la pancita de Julieta no le impedía bailar y ellos ya hacía días que se pasaban trabajando –aunque hablaban también y hacían planes. Agrandar la casa. Una habitación para el hijo y comprarse una motito para prenderle el carrito y llevar allí las herramientas.
Manuel no hacía muchos planes. Estaba bien pero un poco preocupado por todo lo que le venía ocurriendo. Temía que las cosas se agravaran y que ningún plan fuera posible. Ya había visto el susto que se había pegado la flaca por aquello que dijo ver… Que tal vez nomás. Porque él recordaba haber sentido unos sacudones en el cuerpo mientras estaba tirado en el piso y la flaca venía apurada y riendo hasta que su gesto se había ido cambiando para terminar en una expresión de horror…
Salieron con la flaca para pasar primero por lo de Rulo y la Julieta, a buscarlos y de paso no llegar muy temprano. Llegaron los cuatro juntos a las doce y se ubicaron alrededor de una mesa. Era La Noche de la Nostalgia con cumbia de nostalgia. Sonaban los Wawancó y todo el mundo a bailar! Después El Orangután y toda una serie de antiguayas que muchos tomaban por primicias de re-onda y con mirada de cerveza se dejaban llevar al baile.
Porque la cerveza desbordaba espumosa los bordes de los vasos y fría corría por los gargueros abajo y se acumulaba y presionaba las vejigas y terminaba derramándose en los baños, allá en el fondo, pasando la vieja glorieta de las glicinas. Manuel tuvo que ir también y en el camino tropezó. No tanto por el pedo, más bien por la oscuridad y ese cuerpo humano atravesado en el camino. ¡Era el Dengue! Tirado allí medio moribundo, con esos championes de rayas fosforescentes y sus pantalones anchos y a media hasta.
-¿Dengue, sos vos?
-Qué piña me pegó el Roque!-le dijo- Apenas la vi venir y ya me acostó de lao el Roque y la puta queloparió porque bue…un poco tenía razón que si yo…pero no somos amigos? Le dije, sí creo que le dije amigos, porque encima me estaba puteando y entonces le dije que no eramos acaso amigos de toda la vida acaso eh, acaso. Eh?
-¿Pero qué pasó?
-Noo! Nooo! Hijoeputa no eh? un poco ya ni meacuerdo…me quedé tirao ahí y veía al Roque parao, que me estaba quedando grande, ahí parao y yo caído a sus pies…bue, a sus pies…a sus pies no, pero había quedao tirao por la piña que me dio queloparió el Roque y como veía que encima me seguía puteando, él, que siempre fuimos amigos…por cosas nomás que pasan... lo que pasa es que llegaron de golpe y yo de golpe la veo que sestaba riendo y los ojos así se le estiraban pa reirse que hacían que yo me riera por adentro, con la panza me estaba riendo con la Mulata…si yo ni me había entereo ni ayer quel Roque andaba ahora con la Mulata y nos caen de golpe cuando empezaba el baile y ya estaba la música sonando…y claro! Había que bailar Ella venía bailando desde afuera mientras caminaba y se reía y le brillaba la encía en la saliva de aquel lao en aquella boca…y justo! El Roque que dice que todavía no quiere bailar y yo ¡inconciente! Me oigo decir que yo si bailo mientras la estaba mirando a la Mulata que ella desfachatada dice que bue que vamos a bailar entonces y entonces no vimos más al Roque porque nos fuimos pa la pista agarrados de la mano y después nos abrazamos para bailar y ella se empezó a mover así como para que yo viera y yo me empecé a mover para que la Mulata viera como me movía para ella y mientras la miraba toda porque ella se dejaba mirar y le gustaba y sonreía…por áhi la Mulata quizo ir a mear y yo con ella para el fondo y creo…sí por ahí bajo esa parra nos habremos parao seguro porque era como seguir bailando y la mini della era finita y ahí nomás se palpaba la tanguita que mis dedos resbalaban por el borde mientras la otra mano ya se la colaba inconciente! bajo la mini y…buummm! Veo venir la piña del Roque. ¡Que piña!
Una vez que el Dengue se pudo parar, Manuel y la Magda lo acompañaron a la salida, le recomendaron irse a dormir y ellos volvieron a bailar. Fervor de la noche que parecía veraniega a esa corta distancia entre las pieles. Tensas y suaves pieles acariciadas de todas formas por el entorno imaginativo del baile. Baile. Era el baile quien bailaba en sus cuerpos. Ël se expresaba en esa corriente que pasa a travez de todo lo vivo y lo hace mover.
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martes, octubre 03, 2006
84 - LOS DIAS DORADOS
Los siguientes fueron días dorados, no sólo porque fueron de sol- otro veranillo entraba a desarrollarse- sino porque no hubo perturbaciones naturales ni artificiales y la vida se desarrolló dentro de lo planeado más menos el margen de error. Rulo y Manuel consiguieron retirar a crédito los materiales de la barraca y comenzaron a trabajar en la casa, por ahora solitaria de los Ferrari, teniendo todavía parte del adelanto sin gastar. Julieta siguió bien con su ambarazo y vino con ellos los primeros días a limpiar todo menos la zona del trabajo. Después se quedaba en la casa o paseaba por el monte, recogiendo trufas que terminaban engrosando la olla. La flaca apareció al otro día del grito, cuando Manuel dormía, a hacerle cosquillas en las patas y cagarse de risa, pidiendo también perdón por haber sido tan tarada de creerse que el flaco había estado apareciendo y desapareciendo delante de sus ojos como si hubiera sido iluminado por esas luces intermitentes de los bailes. Pero Manuel, que tenía mucho sueño, apenas si festejó sus humoradas cuanto menos las explicaciones que se le perdían cuando ovillado en el hueco de la cama, cedía otra vez al sueño… Por último la flaca se acostó a su lado y juntos durmieron hasta el mediodía, cuando llegó el Rulo a los gritos, podrido de esperar que Manuel “ni bien me levante paso por tu casa”.
-Bueno, pero primero nos tomamos unos mates.
-Dejate de joder, después tomamos mate!
Tomaron mate. Un rato apenas, lo suficiente para agotar una cebadura y despertarse un poco. A la una y media ya partían…
Días dorados que se pintaron sobre un cielo azul, rememorando los del verano cuando el aire se perfuma y se siente esa reverberación en la piel y las miradas.
Días dorados de aquellos en que el cuerpo nos queda bien, las energías nos sobran, nos hacemos concientes de los colores de las cosas, de su volumen y su textura… Nos simpatizamos y aceptamos ser queribles.
Así fueron esos días para la Julieta que sentía crecer su primer hijo dentro de la panza. Para el Rulo que se sentía pleno en su pequeño mundo de marido y padre. Para Magdalena que por fin veía claro que lo suyo con Manuel era algo más que sexo. Para Manuel que estaba teniendo la oportunidad de comprobar que esto era lo que quería, esa vida con los suyos y no el montón de cosas raras que últimamente le estaban sucediendo.
Dicen que hay calmas que son lo que precede a las grandes tormentas. Y aunque no siempre ha de ser verdad es probable que por lo general lo sea. Demasiadas discordancias se habían de golpe vuelto armonías. (Cosa matemáticamente posible en un breve período de tiempo proporcional a la indeterminación cuadrática media, pero nunca para duraciones de considerable largura, digamos tres o cuatro días calendarios, por decir una cantidad de tiempo suficiente para que un par de ondas paralelas pasen por casi infinitos períodos de concordancia seguidos de igual cantidad de estridente disonancia. Según la opinión de aquel famoso sabio turco)
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-Bueno, pero primero nos tomamos unos mates.
-Dejate de joder, después tomamos mate!
Tomaron mate. Un rato apenas, lo suficiente para agotar una cebadura y despertarse un poco. A la una y media ya partían…
Días dorados que se pintaron sobre un cielo azul, rememorando los del verano cuando el aire se perfuma y se siente esa reverberación en la piel y las miradas.
Días dorados de aquellos en que el cuerpo nos queda bien, las energías nos sobran, nos hacemos concientes de los colores de las cosas, de su volumen y su textura… Nos simpatizamos y aceptamos ser queribles.
Así fueron esos días para la Julieta que sentía crecer su primer hijo dentro de la panza. Para el Rulo que se sentía pleno en su pequeño mundo de marido y padre. Para Magdalena que por fin veía claro que lo suyo con Manuel era algo más que sexo. Para Manuel que estaba teniendo la oportunidad de comprobar que esto era lo que quería, esa vida con los suyos y no el montón de cosas raras que últimamente le estaban sucediendo.
Dicen que hay calmas que son lo que precede a las grandes tormentas. Y aunque no siempre ha de ser verdad es probable que por lo general lo sea. Demasiadas discordancias se habían de golpe vuelto armonías. (Cosa matemáticamente posible en un breve período de tiempo proporcional a la indeterminación cuadrática media, pero nunca para duraciones de considerable largura, digamos tres o cuatro días calendarios, por decir una cantidad de tiempo suficiente para que un par de ondas paralelas pasen por casi infinitos períodos de concordancia seguidos de igual cantidad de estridente disonancia. Según la opinión de aquel famoso sabio turco)
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lunes, octubre 02, 2006
83 - ¡PREDESTINADO LAS PELOTAS!
-Sabés que al principio me olvidaba de lo que me había pasado del otro lado. A veces me aparecían recuerdos borrosos de cosas que no sabía dónde habían ocurrido. Algunas cosas sueltas, nomás.
-Pero lo que me contás no concuerda con lo que yo tenía entendido…
-¿Y vos qué sabías de lo que a mí me pasaba?
-No, me refiero a lo que supone que hacen las bolas, trasladar personas, pero para que hagan determinadas cosas. Son como misioneros. Las bolas de transporte, digo. Después están las bolas colonizadoras que son esas llenas de luces y músicas pelotudas, las patrullas, como las que te rodearon en el monte, las espías y las de guerra…
-Claro conocí una de las colonizadoras. Esa que me bajó la escalera. Pero… ¿y unas transparentes y otras que son todas como de espejo, o las de papel…?
-De esas he sentido hablar, pero no se casi nada.
Cuando iban a continuar el diálogo fue que sonó la alarma aquella desde la computadora que apagó todas la luces antes de apagarse ella misma por haber detectado la aproximación de bolas patrulleras. Ellos corrieron por la escalera al sótano.
-A Dios no le gusta la tierra, -explicó Ernesto Federico- en cuanto te enterrás el tipo se desinteresa de vos.
-O será que bajo tierra no te pueden detectar?
Según Ernesto Federico no era fácil determinar los límites del poder de Dios, pero aparentemente en el universo se respetaban algunas reglas básicas: Dios en los cielos, el Diablo en las profundidades y en las zonas limítrofes se emparejaban sus respectivas fuerzas y las de otras divinidades menores. Las divinidades menores eran un montón que se decían hermanas, aunque tenían tales diferencias entre ellas que era fácil suponer que fueran nomás hermanas. Eso no era todo, también estaban los duendes, los ñung, las hadas y unos llamados Espíritus Oscuros, mal conocidos, pero aparentemente tan poderosos como el Diablo, del cual serían un desprendimiento, o tal vez del mismo Dios. Los duendes y otros entes festivos preferían existir en la floresta templada. Los Espíritus Oscuros, en los espacios intergalácticos.
-El Bosque, por ejemplo, está lleno de duendes.
-Sí, en los jardines, esos enanitos de Pórtland.
-No jodas, en serio, estos montes están llenos de duendes.
-¿De condones?
-¡Uf, qué rompebolas! Me hacés acordar al viejo Goiticoechea!
-¿Mi abuelo?
-¿Tu abuelo?
-¿Abelardo Escisión Goiticoechea?
-¡¿No me digas que vos sos el famoso nieto de Abelardo Goiticoechea?! EL PREDESTINADO…! Oh, perdoname la confianza anterior… ¡Me arrodillo frente a vos!
Cuando una vez arrodillado, el Mem se plegó de brazos extendidos hasta el suelo, al modo árabe, Manuel aprovechó para saltar por encima y correr velozmente a subir la escalera, levantar la tapa de madera que le abría paso al dormitorio y desde allí seguir corriendo a través del parque abandonado y llegar a la calle, exhausto pero indemne.
-¡Predestinado, las pelotas!
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-Pero lo que me contás no concuerda con lo que yo tenía entendido…
-¿Y vos qué sabías de lo que a mí me pasaba?
-No, me refiero a lo que supone que hacen las bolas, trasladar personas, pero para que hagan determinadas cosas. Son como misioneros. Las bolas de transporte, digo. Después están las bolas colonizadoras que son esas llenas de luces y músicas pelotudas, las patrullas, como las que te rodearon en el monte, las espías y las de guerra…
-Claro conocí una de las colonizadoras. Esa que me bajó la escalera. Pero… ¿y unas transparentes y otras que son todas como de espejo, o las de papel…?
-De esas he sentido hablar, pero no se casi nada.
Cuando iban a continuar el diálogo fue que sonó la alarma aquella desde la computadora que apagó todas la luces antes de apagarse ella misma por haber detectado la aproximación de bolas patrulleras. Ellos corrieron por la escalera al sótano.
-A Dios no le gusta la tierra, -explicó Ernesto Federico- en cuanto te enterrás el tipo se desinteresa de vos.
-O será que bajo tierra no te pueden detectar?
Según Ernesto Federico no era fácil determinar los límites del poder de Dios, pero aparentemente en el universo se respetaban algunas reglas básicas: Dios en los cielos, el Diablo en las profundidades y en las zonas limítrofes se emparejaban sus respectivas fuerzas y las de otras divinidades menores. Las divinidades menores eran un montón que se decían hermanas, aunque tenían tales diferencias entre ellas que era fácil suponer que fueran nomás hermanas. Eso no era todo, también estaban los duendes, los ñung, las hadas y unos llamados Espíritus Oscuros, mal conocidos, pero aparentemente tan poderosos como el Diablo, del cual serían un desprendimiento, o tal vez del mismo Dios. Los duendes y otros entes festivos preferían existir en la floresta templada. Los Espíritus Oscuros, en los espacios intergalácticos.
-El Bosque, por ejemplo, está lleno de duendes.
-Sí, en los jardines, esos enanitos de Pórtland.
-No jodas, en serio, estos montes están llenos de duendes.
-¿De condones?
-¡Uf, qué rompebolas! Me hacés acordar al viejo Goiticoechea!
-¿Mi abuelo?
-¿Tu abuelo?
-¿Abelardo Escisión Goiticoechea?
-¡¿No me digas que vos sos el famoso nieto de Abelardo Goiticoechea?! EL PREDESTINADO…! Oh, perdoname la confianza anterior… ¡Me arrodillo frente a vos!
Cuando una vez arrodillado, el Mem se plegó de brazos extendidos hasta el suelo, al modo árabe, Manuel aprovechó para saltar por encima y correr velozmente a subir la escalera, levantar la tapa de madera que le abría paso al dormitorio y desde allí seguir corriendo a través del parque abandonado y llegar a la calle, exhausto pero indemne.
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