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jueves, noviembre 16, 2006

126 - ¿Acaso no saben todo?

Lo importante era entender si los piratas podían ser amigos o simples espías que querían enterarse de sus actividades para ubicarlos y destruirlos.


-Definitivamente me parece que estos tipos no saben que nos reunimos en esta cueva ni supieron nunca que nos habíamos llamado Maquis. Lo que estamos haciendo es el abc de cualquier grupo que se siente enfrentado a un enemigo poderoso. –Nosotros ni siquiera sabemos claramente cual es nuestro enemigo- Los que mandaron el mensaje han de estar en similar situación que nosotros y también se habrán dado cuenta de la similitud con la lucha de los Maquis. Eso dijo Giorgionne.


-Entonces contestemos el mensaje.
-Un momento! No nos apuremos. Ustedes saben que yo represento, o mejor dicho, soy el depositario de gran parte de la memoria humana. Pertenezco también a esa sociedad secreta que ya lleva más de dos milenios de existencia –según mis datos- gracias a un ingenioso sistema de señas y contraseñas que nos ha permitido distinguir sin correr riesgos, al verdadero miembro del falso…
-Pero Ernesto, cuando tu sociedad secreta se formó, seguramente que los miembros se conocerían personalmente y entre ellos pudieron acordar todas las seguridades y contraseñas. Pero en este caso…
-Sí…tendremos que correr el riesgo…


Manuel les miró alternadamente. De pronto se daba cuenta de que no eran tan inteligentes como él había creído. Eran…duchos. Duchos en pensar en base a lo que habían estudiado. Pero no inventaban nada nuevo… Como se había imaginado que hacían los hombres inteligentes…
-Podemos hacer otra cosa…
Los otros le miraron con expresión incrédula.
-…Averiguar quienes son.
-¿Cómo?
-Para empezar, con los amigos de Ernesto Federico. ¿Acaso no saben todo lo que ha pasado? Bueno que nos digan quién escribió ese mensaje y lo metió en la computadora.


Giorgionne miró a Ernesto. No dijo ni explicó al joven Manuel que, según su punto de vista, los Memos nunca podrían saber cosas que en su momento nadie se hubiera enterado. Que por muy memoriosos que fueran no podían haber memorizado aquello que nunca supieron… Pero igual miró con atención a Ernesto Federico, porque la propuesta atrevida de Manuel venía a dar en el clavo de una posible fuente de información. Alguno de los Memos, que era posible imaginarlos distribuidos por todo el planeta, podría haberse enterado de gente que se hubiera refugiado en cuevas para enfrentar algún peligro real o imaginario. Bastaría con ese dato…
Ernesto Federico se había puesto rígido y ahora recostaba su espalda sobre el respaldo del sillón.


-No puedo. Sólo puedo mandar o recibir mensajes que sean de interés para la humanidad.
-¿Y esto, no lo es?
-Todavía la sociedad no lo ha resuelto.
-¿Todavía? ¿Querés decir que ya están enterados de nuestra existencia?


La cara de Ernesto se puso morada hasta los pelos. Entreabrió varias veces los labios como para contestar, pero nada dijo. En cambio quitó, abanicando los dedos, una pelusa que había caído sobre la manga de su saco.
Giorgionne se afirmó.


-Entonces fuiste vos quién filtró la infamación! Hubiéramos empezado por ahí!
-Yo no puedo confirmar ni negar que haya mandado esa información. Todo lo que hago con respecto a la Sociedad de la Memoria Humana es un secreto.
Manuel no aguantó.


-¡Andá a cagar, pelotudo! ¿Al final, estás con nosotros, o no?
-He jurado mantener ese secreto…


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jueves, octubre 05, 2006

86 EL PENTAGONO CENTRAL

Ya era de día cuando salieron, fueron a hacer una escala en lo del Rulo, pero no entraron porque Manuel tenía que seguir acompañando a la flaca que necesitaba volver por su casa. A saludar aunque más no fuera.
Volvió solo y se dio cuenta de estar pasando de nuevo por el lugar en que la bola camuflada se le había interpuesto en el camino. Tuvo miedo. Pero miedo porque un rato antes había pasado con la flaca. Miró para todos lados, aun sabiendo que era una tontería pensar que el lugar tuviera algo que ver… Pero igual, ¡tenía que cuidarse!...¿Cómo?...¿Cuidarse de qué y cómo?...Por la flaca, claro…. Pero si lo agarraban de sorpresa? Poco podría hacer él para evitarlo…¡La primera vez lo habían sacado del baño!
¿Para qué lo querrían? Parecía todo tan confuso. Que lo llevaran de una lado para otro, vaya y pase, pero…¿al pasado…? El abuelo no había sido, aunque lo sabía. Como sabía que iba a ocurrir le avisó a su amigo para que lo fuera a esperar a la estación. Le habría avisado marcha atrás en el tiempo cuando ya supo que había ocurrido… ¡Qué pedo! ¿Y por qué no le habría dicho a su amigo que cuando su nieto fuera grande lo buscara para darle las piedras? ¿O las dejaba escondidas y después le decía dónde buscarlas?
Claro que él pudo haber sabido mucho después, que la bola lo iba a llevar y cuando lo supo… mandar ese mensaje marcha atrás, calculando que llegara justo, o un poco antes para que el otro tuviera tiempo de descifrarlo…
Todo eso lo tendría que aclarar con el abuelo, aunque parecía que tampoco entendía demasiado. Había hablado de misterio, de cosas misteriosas… ¡Los guijarros! Ahora los recordaba, que habían quedado… ni se acordaba. ¡Qué vergüenza! El abuelo estaría esperando alguna señal, o mandando, meta mandar mensajes al pedo, y él boludeando… Aunque también… aprender a usar esas piedras le parecía que era lo mismo que permanecer metido en ese mundo de las cosas raras. Él prefería… Estar con la flaca, tener un hijo y agrandar la casita!
Cuando llegó fue derecho a buscar las piedras. La bolsa había caído desde la mesa hasta el suelo contra la pared. Sacó y contó las piedras. Sí, veinticinco. Puso el cartón sobre la mesa y arrimó la silla y se detuvo un momento a repasar mentalmente lo que debía hacer. Lo que debía hacer porque… si el abuelo se lo pedía…
Al meter la mano dentro de la bolsa se dio cuenta de que las yemas de sus dedos estaban más sensibles. Distinguían a las piedritas una por una, con sus temperaturas y sus posibles colores y especialmente aquella electricidad que corría por la superficie de algunas de ellas. Sacó una y levantó la mano sobre el tablero. La piedra enseguida empujó hacia un lugar del medio donde quedó bailando. Metió la mano y sacó otra de las eléctricas. Ella quiso bailar muy cerca de la primera, a su costado. La tercera fue rechazada por las que bailaban. Cada vez que Manuel la acercaba, las otras se retiraban! Cambió de piedra, buscando otra de las que chisporroteaban en los dedos. Esta sí fue aceptada con lo que Manuel concluyó que las piedritas que tenían electricidad eran compañeras y querían bailar juntas. Se había formado un triángulo achatado que con la cuarta se hizo como una forma de canasto y con la quinta ¡un pentágono! Igual que la forma del tablero pero chiquito y en el centro.
El baile ahora era extraordinario. Manuel se entretuvo un rato en sólo observarlas. Cinco bailarinas en una danza perfectamente coordinada, haciendo continuas variantes sin romper la sensación de algo regular e inteligente
!