Ya estaban entre los tres limpiando el galpóncito para instalar el astillero allí, cuando los latidos de un motor de explosión retumbaron en aproximación sostenida. Miró Manuel por la ranura de la puerta y vió aquella estampa conocida, envasada en elegante sport, de Ernesto Federico de Oliveira e Souza llegando en su impresionante Harley Davidson con sidecar y todo. La máquina parecía otra desde el brillo renovado de sus bronces y el apresto del capitoneado cuero de gato milanéz. Ernesto no.
-Visitas para vos, Abuelo.
Por cierto que Abelardo largó por lo bajo algunas maldiciones antes de tirar al suelo la pila de cajas que pretendía trasladar en conjunto. No había cosa que le embolara más que la conversación de su amigo Ernesto, cuando no tenía tiempo para la paciencia, como lo dijo, tal vez queriendo decir lo contrario, o alguna otra cosa que no era momento de averiguar. Miguel sonrió y Manuel abrió la hoja procurando quedar fuera de la línea de tiro cuando Ernesto , que ya había apagado la maquinaria, transitaba a largos pasos la distancia hasta el feliz cumpleaños deceado a su amigo. Lo hiso sin percatarse de la presencia del muchacho, pero sí de la de Miguel, el tercer contertulio del club Lagomar y organizador incansable del comité de base.
-¿Trabajando juntos...? ¿Qué están por organizar?
De pronto a Abelardo la bronca se le trastocó en humor y, con gesto adusto, le contestó que nada que ver con actividades políticas. Que ahora se iban a dedicar a los viajes espaciales y a todo tipo de investigación científica que les condujera al aprovechamiento del la energía del propio espacio para producir aceleraciones. En ese momento Ernesto vio a Manuel que se había quedado entretenido en revisar una pila de revistas que estaban dentro de un canasto. Le saludó y preguntó si por fin iba a hacerse cargo del trabajo que le había encargado. Se lo preguntó, pero mirando a Abelardo como preguntándoselo a él, junto con la curiosidad de saber cual era la verdadera actividad que se desarrollaba en aquel lugar entre personas tan dispares. Su viejo y loco amigo de tantas charlas especulativas. El químico farmacéutico Don Miguel Apolinario Figueroa... y este muchachito jardinero que tan pocos jugadores le quedaban en la cabeza. Uno, alocado poeta de la ciencia. El otro un ortodoxo materialista y... Pensó que allí estaba pasando algo raro y sin atender lo que Manuel le estaba contestando se dispuso a cambiar de tema.
-He estado pensando en la propuesta de ustedes en el comité para incluirme en la lista de diputados...
Abelardo largó la risa.-Esas ya son cosas del pasado! Para qué seguir en la lucha si ahora el candidato va a ser Astori... ¿No viste que ni siquiera acompañó el boicot cuando se aprobó el TLC con los yanquis...?
Miguel entró al ruedo:
-Nunca va a ser lo mismo. No te olvides de que somos una fuerza de izquierda donde lo que importan son las bases...
-A Sí, las bases, las bases... ¿Sabés dónde se va a meter éste las bases si llega a ser presidente?
Ernesto se sintió incómodo. Su viejo loco amigo estaba mostrando una actitud que no le conocía. Como un entusiasmado adolescente estaba arremetiendo contra el mundo a golpes de pecho y de palabras a toda voz. Qué decir palabras, aquellos gestos y además que seguía haciendo ahora, como de mandarlos a todos a la mierda...
En eso asomó la cabeza Margarita por la ventana. Se había comido dos horas en la parada del ómnibus sin saber que había un paro del transporte. Ahora tenía hambre pero, ni por mucho que tuviera pensaría en comer carne de animales asesinados. Iba a cocinar arroz integral con lentejas
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martes, abril 15, 2008
513. Elegante Sport
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lunes, marzo 17, 2008
495 ENTRE LOS TRONCOS
Recostó su espalda contra el tronco de un grueso pino y, desde allí extendió la vista por toda la superficie ondulada de terreno. De tanto en tanto aparecían esos mismos montoncitos de arena que elevaban el nivel de las despeinadas pinochas. Todos pequeños, todos estrechos... En su mente se produjo de pronto un silencio blanco. No podía pensar con pensamientos comunes, aquello le desbordaba. Era tiempo de dejar fluir su otra mente, esa que no precisa de ninguna evidencia de los sentidos, aquella que tantas veces le había salvado en las peores encrucijadas... Esa que ahora también se negaba a decir presente, dejándole en el silencio del monte, tonto como un hongo, callado como un olvido, desvalido como aquél que comienza a dudar de sí mismo.
Quince minutos estuvo sin percibir más que una agrisada versión de las distantes claridades que entre los troncos de los pinos venían hacia él desde el otro lado del monte. Estaba solo. O loco. No debía abandonarse.
Se levantó y con pausados pasos, volvió hacia la casa de Ernesto dispuesto a jugar una nueva partida.
-¿Cual era ese trabajo que me quería ofrecer...?
Observó cómo los ojos de Ernesto escrutaban sus facciones en busca del loquito de un momento antes. Un cambio de expresión que parecía decir "sigámosle el juego", pero también muchas dudas. Ernesto parecía más abrasilerado, hasta en los gestos y llevaba, sin disimulo, uno de aquellos relojes que valían una fortuna... Parecía el mismo, pero, parecía otro. Le contestó. Que de jardinero. Que le había mandado llamar por Cholo para que le pusiera en condiciones el jardín del frente al que su falta de tiempo le había hecho abandonar. Le nombró las flores que quería recuperar, las que pensaba conseguir y le recomendó esa planta de pequeñas hojas, la de su madre, aquella que supuestamente descendía de otra que su padre había hecho traer desde África. A medida que seguía hablando, ya dando órdenes, como si él en algún momento hubiese aceptado ningún trato, parecía irse calmando. Vestía unas bermudas con grandes bolsillos al lado de las rodillas, ocupados con cosas y mal cerrados, sandalias de anchas correas pegadas con esos abrojos, medias a media hasta, blancas y con raquetas de tenis cruzadas en los puños. No resultaba elegante ni parecía pretenderlo. Ahora le hablaba de la paga. Cinco mil por ponerlo en orden y quinientos por mantenerlo cada mes. Ni siquiera lograba saber si pudiera ser poco o mucho. Y seguía sin saberlo cuando su voz ya estaba confirmando la operación.
-Seis y seiscientos...
Volvería con las herramientas a la tarde
Quince minutos estuvo sin percibir más que una agrisada versión de las distantes claridades que entre los troncos de los pinos venían hacia él desde el otro lado del monte. Estaba solo. O loco. No debía abandonarse.
Se levantó y con pausados pasos, volvió hacia la casa de Ernesto dispuesto a jugar una nueva partida.
-¿Cual era ese trabajo que me quería ofrecer...?
Observó cómo los ojos de Ernesto escrutaban sus facciones en busca del loquito de un momento antes. Un cambio de expresión que parecía decir "sigámosle el juego", pero también muchas dudas. Ernesto parecía más abrasilerado, hasta en los gestos y llevaba, sin disimulo, uno de aquellos relojes que valían una fortuna... Parecía el mismo, pero, parecía otro. Le contestó. Que de jardinero. Que le había mandado llamar por Cholo para que le pusiera en condiciones el jardín del frente al que su falta de tiempo le había hecho abandonar. Le nombró las flores que quería recuperar, las que pensaba conseguir y le recomendó esa planta de pequeñas hojas, la de su madre, aquella que supuestamente descendía de otra que su padre había hecho traer desde África. A medida que seguía hablando, ya dando órdenes, como si él en algún momento hubiese aceptado ningún trato, parecía irse calmando. Vestía unas bermudas con grandes bolsillos al lado de las rodillas, ocupados con cosas y mal cerrados, sandalias de anchas correas pegadas con esos abrojos, medias a media hasta, blancas y con raquetas de tenis cruzadas en los puños. No resultaba elegante ni parecía pretenderlo. Ahora le hablaba de la paga. Cinco mil por ponerlo en orden y quinientos por mantenerlo cada mes. Ni siquiera lograba saber si pudiera ser poco o mucho. Y seguía sin saberlo cuando su voz ya estaba confirmando la operación.
-Seis y seiscientos...
Volvería con las herramientas a la tarde
viernes, marzo 07, 2008
488 CON PERMISO...
La pregunta le hizo bajar la cabeza para enfrentar los ojos con el muchacho. Tal vez había oído mal cuando entendió que le preguntaba por la madre, que ni conocía, a no ser que la señora de la limpieza fuera...
-¿Tu madre...?
Manuel lo volvió a mirar ya un poco fastidiado Se acababa de encontrar con otro zombi, afectado por su reciente viaje en punto desde adentro a afuera de la cueva, nada más.
-¿Qué te pasó, Ernesto?
-Pero... ¿de dónde me conocés...?
Otra vez la misma cara, desencajada, extraña... Eso era, lo que le dicen enajenado, un loco bah. Que ni le estaba reconociendo... ¿Estarían los otros igual?
-Voy a bajar a la cueva.
Como los movimientos de Manuel fueron inmediatos captando toda la atención de las cámaras, no ha quedado testimonio sobre qué cosa hizo Ernesto al percatarse que este sujeto se estaba adentrando en su propiedad aduciendo incomprensibles razones. Pero es de suponer que apenas comenzada la persecución, cuando el joven jardinero se dispuso a abril la tapa del viejo aljibe y elevar una pierna y después la otra, sobre el brocal... se habrá quedado perplejo.
Enseguida se precipitaron los hechos. Manuel después de sentarse con los piés dentro del agujero, estiró una pierna en busca de la escalera y no encontrándola se columpió sostenido por la manos en el borde, se resbaló, cayó sobre la luna congelada del fondo del pozo y entre ahogos acuáticos se puso a gritar. Toda una escena que no pudo ser correctamente filmada porque los chapuzones de agua desparramados por las manos de Manuel enturviaron la visión.
-¿Tu madre...?
Manuel lo volvió a mirar ya un poco fastidiado Se acababa de encontrar con otro zombi, afectado por su reciente viaje en punto desde adentro a afuera de la cueva, nada más.
-¿Qué te pasó, Ernesto?
-Pero... ¿de dónde me conocés...?
Otra vez la misma cara, desencajada, extraña... Eso era, lo que le dicen enajenado, un loco bah. Que ni le estaba reconociendo... ¿Estarían los otros igual?
-Voy a bajar a la cueva.
Como los movimientos de Manuel fueron inmediatos captando toda la atención de las cámaras, no ha quedado testimonio sobre qué cosa hizo Ernesto al percatarse que este sujeto se estaba adentrando en su propiedad aduciendo incomprensibles razones. Pero es de suponer que apenas comenzada la persecución, cuando el joven jardinero se dispuso a abril la tapa del viejo aljibe y elevar una pierna y después la otra, sobre el brocal... se habrá quedado perplejo.
Enseguida se precipitaron los hechos. Manuel después de sentarse con los piés dentro del agujero, estiró una pierna en busca de la escalera y no encontrándola se columpió sostenido por la manos en el borde, se resbaló, cayó sobre la luna congelada del fondo del pozo y entre ahogos acuáticos se puso a gritar. Toda una escena que no pudo ser correctamente filmada porque los chapuzones de agua desparramados por las manos de Manuel enturviaron la visión.
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