Mientras Abelardo seguía, con entusiasmo, explicando aquello de las atracciones y las repulsiones. Las energías inagotables del movimiento del universo y la masa total equivalente... los ojos de Manuel recorrían uno por uno los objetos que descansaban bajo gruesa capa de polvo, asomando apenas de los estantes, entre tristes telarañas y almanaques de otra década.
Allá había una fotografía vieja, de familia, es decir ellos tres. Abelardo, Margarita y él con pocos años. Una gorra de vasco agujereada, un soplete de querosene que había perdido el gollete de su bomba, varios paraguas desflecados... y una cabeza de Artigas tallada malamente en un trozo de madera. Todo le pareció triste. ¿Por qué triste? Y...
Comprendió que después de todo prefería al otro abuelo. El que nunca había abandonado su loca pasión de inventor, que no se había escondido ni pedido disculpas bajando la voz. Que había sabido encantar toda su niñez con la constante fantasía de los nuevos y portentosos inventos... El que había muerto en pleno entusiasmo y lo había conservado todavía después hasta el extremo de desafiar el poder de los dioses. Aunque le hubiera complicado a él... Sí, aunque le hubiese complicado!
En cambio este pobre viejo...
Se sintió que una voz femenina hablaba desde la casa. Salió Manuel primero mientras Abelardo se ocupaba de esconder el invento. Era Margarita. Vestía un extraño atuendo que terminaba sobre los hombros en un gran manto de seda con largos flecos...
-¡Manuel! Ya sentía yo esa vibración especial que siempre te me anuncia.
El beso vino acompañado de mucho pachouli y tintineos metálicos colgados de las orejas de aquella mujer apenas parecida a su madre. Más bien a una gitana, o una mujer hindú extrañamente nerviosa, flaca, de ojos saltones, que besaba besos repetidos, aunque no cálidos.
-Llegaste recién?
Margarita giró su cara un poco descolocada.
-¿De dónde?
-No se... Creía que estabas en Maldonado...
-¡Pero Manuel, qué estás diciendo...? Ah, ya se, es otro de tus chistes ...
-...o en una cueva... Ja ja!
Fue Abelardo quien siguió la conversación cuando apareció desde la puerta del galpón que había cerrado.
-Hablando de cuevas, encontré otra cueva de tucu tucu en el fondo.
-Pero, no más ancha que una mano, no?
Abelardo ni se dio cuenta de la extraña pregunta porque estaba pronunciando correctamente el nombre científico de los tucus: Ctenomys Pearsoni y preguntándose a sí mismo si la palabra pearsoni querría decir persona. Tampoco oyó que Margarita protestaba por la occidental manera de clasificar los espíritus en casillas inamovibles en vez de reconocerlos como partes del espíritu universal que es en sí mismo el Universo.
Pero Manuel se interesó en saber cuales eran los conocimientos que la nueva versión de su abuelo tenía sobre los simpáticos tucu tucus.
-Los has visto...? ¿Cómo son?
-Y, cómo van a ser ? Como son los tucus, parecidos a los
aperiás, pero un poquito más gordos. ¿No te acordás cuando nos sentábamos en el fondo a pastorearlos...?
-¿Serán inteligentes?
Los ojos del abuelo brillaron al tiempo que levantaba levemente la cabeza y las cejas formando un techo de dos aguas.
-¡Muy inteligentes! Con decirte que cuando salen de la cueva y llevan recorrido un trecho, si se encuentran con un peligro saben correr marcha atrás por todo el recorrido que habían hecho, sin tener que dar una vuelta en círculo...!
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sábado, marzo 29, 2008
viernes, octubre 12, 2007
410 El Unico Paraguayo
El cuarto alerta desapareció bajo una ventana emergente con imagen y sonido en directo desde algún lugar del Paraguay. Las tratativas ya habían comenzado para el intercambio de prisioneros. Los generales tenían mucho interés de recuperar al agente 11S y sus 18 clones, por él y no por ellos. Formaban un equipo de 19 cuerpos con un solo cerebro según le revelara a Ernesto uno de los guardias que se había confesado arrepentido de haberse metido en ese baile en vez de trabajar en la mandioca como había sido la vida de su padre. El único paraguayo era, entre cientos o miles de yanquis medios abombados y encima tenerte que cuidar a vos che hermano que sos como nosotros. Ves? Aquel que va allá es el general uolter, medio capo también, que quería mandar al frente al ejército paraguayo para que invadiera el chaco argentino. ¡Tas loco? Le dijeron los jefes a pesar de que estaban un poco cagados también –apareció la cara del guardia en la pantalla gesticulando muy expresivamente- -¡Le estaban discutiendo al que viene de arriba! Pero no porque se opusieran a la orden del otro sino para disimular que no creían que si daban la orden iban a ser obedecidos… El uolter se puso como loco cuando oyó que se le ponían en discusión las órdenes. Pero lo paraguayos, los generales de aquí, quiero decir, le empezaron a rodear de tantas palabras confusas y todos a la vez, que para eso somos buenos nosotros, que el uolter se dio vuelta y se fue más confundido que… y tal vez también, fijate vos… pensando que no sabía tanto como el creía del idioma español. Porque para eso fue que lo confundieron los generales de acá…
La lente, o como se llame de la cámara integrada al sistema de la minicomputadora apuntó en ese momento a otro comando como esos que tenían contra la pared de la caverna bajo la amenaza de la metralleta del Chumbo. También ellos parecían integrados por replicas uno del otro y mascaban chicle como si fueran sus mandíbulas un grupo de danza. Pero por adelante iba pasando una militar de paso elástico y la mejor de las sonrisas que al llegar frente a Ernesto se puso a explicar a qué venia. Venía a reconocerle, en nombre del comisariato conjunto de la OEA, su calidad de emisario con derecho a hablar frente al comando en operaciones al que le venía a conducir.
-En cana –dijo la cara de Ernesto terriblemente deformada encima del ojo.
En la caverna no pudieron ver esa marcha que se iniciaba entre Ernesto Federico y la militar porque, la cámara que estaba filmando la llevaba Ernesto consigo. Pero se lo imaginaron bastante bien, sobre un fondo de esclarecida selva aquella plataforma elevada del suelo con casamatas, sobreimpreso con la imagen imaginada de la pareja alejándose del lente. Y comprendieron que había una cosa que los unía a aquél exótico millonario negro. El cariño. El cariño por un hombre solitario que ha elegido sin alardes ponerse de parte de los débiles.
(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)
La lente, o como se llame de la cámara integrada al sistema de la minicomputadora apuntó en ese momento a otro comando como esos que tenían contra la pared de la caverna bajo la amenaza de la metralleta del Chumbo. También ellos parecían integrados por replicas uno del otro y mascaban chicle como si fueran sus mandíbulas un grupo de danza. Pero por adelante iba pasando una militar de paso elástico y la mejor de las sonrisas que al llegar frente a Ernesto se puso a explicar a qué venia. Venía a reconocerle, en nombre del comisariato conjunto de la OEA, su calidad de emisario con derecho a hablar frente al comando en operaciones al que le venía a conducir.
-En cana –dijo la cara de Ernesto terriblemente deformada encima del ojo.
En la caverna no pudieron ver esa marcha que se iniciaba entre Ernesto Federico y la militar porque, la cámara que estaba filmando la llevaba Ernesto consigo. Pero se lo imaginaron bastante bien, sobre un fondo de esclarecida selva aquella plataforma elevada del suelo con casamatas, sobreimpreso con la imagen imaginada de la pareja alejándose del lente. Y comprendieron que había una cosa que los unía a aquél exótico millonario negro. El cariño. El cariño por un hombre solitario que ha elegido sin alardes ponerse de parte de los débiles.
(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)
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