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miércoles, abril 01, 2009

674. Conversaciones

Fue cuando Margarita recuperó el hilo de una anterior conversación interrumpiera con Magda dos meses antes. Que decorara no más a su gusto la casita ya que en ella estaba viviendo, sin problemas, ya que ella -Margarita- no pensaba volver, a no ser algún día de vez en cuando a visitarles. Qué más quería ella que su hijo estuviese siempre acompañado con la misma muchacha, aunque eso pudiese sonar demasiado convencional en su boca, después de haber cambiado quinientas veces de compañero. Pero era así y recién se animaba a reconocerlo. Que la variedad es hermosa pero en demasía cansa, y especialmente... Se lo iba confesar entre mujeres.

-Mi vida loca le quitó a Manuel el padre...

Manuel se acercó para inquirir:

-Tuviste algo con el Yaka, vos...?
-Ah, Manuel! ¿Con el Yaka? Mire si voy a... Bueno, hace veinte años no estaba
mal.... Pero fuimos amigos muy poco tiempo.
-El suficiente?

Ahora molesta.

- Qué se yo... Pero de qué hablás? Ah, ya te he dicho tantas veces que no puedo saber quién fue tu padre. Por qué insistís...?
-Porque creo que Yaka Zulu es el padre de mi hermano Manuel, el de aquí. ¿No les ves un parecido...? A vos Magda, qué te parece?

Margarita se apresuró a llegar hasta la cama, todavía, de Dengue, a interesarse por su salud casi sinceramente del todo. Vittorio le presentó a Ernesto Federico que se conocían del barrio sin haber intercambiado palabra. Lo recordaba más joven saliendo por esas calles a llevar de paseo a su madre en el carrito lateral de aquella enorme motocicleta de manubrios anchos. Ella apenas asomaba la cabeza, aquella carita ovoide, renegrida, debajo de una capelina rosada nácar. Decían que era loca. Y que el muchacho terminaría yendo por el mismo camino si persistía en llevar esa vida de monje tibetano. Que había tenido un hermano que se quedó en Brasil cuando el suicidio del padre, parece que internado en una clínica, de por vida, manoseándose manchas de sangre imaginarias. El hombre, brasilero de origen, según todos más loco que millonario y excelente violinista, miraba a la gente como desde detrás de un muro de orgullo. El hijo, no. Este.

-Mucho gusto, en realidad.... nos conocíamos aunque nunca habláramos.

Ahora se acordaba de aquella conversación que una vez había oído, entre su propio padre y este sujeto, en el galponcito de la otra casa. Hablaban de ciencia y de inventos a medio fabricar. De viajes en el tiempo, hacia el pasado, decía este, explicando luego que tras las huellas de los primeros hombres para recuperar el primitivo sentido de la humanidad, anterior a toda la confusión que después vino. A ella le había causado gracia que un hombre tan musculoso se preocupara de aquel modo por el destino de la humanidad, lástima que no se diera cuenta todavía de que la única salida era fundar una humanidad nueva, liberada de las posesiones de todo tipo. Que el pasado debía ser dejado donde está. Y comenzar desde cero... Claro que ahora ya tampoco estaba tan segura.

-Te recuerdo del liceo de Solymar.

Claro! Oliveira. Increíblemente el mismo que después veía en la ferretería o en la farmacia. Antes del suicidio y después, y algunos años. Heredero de una fortuna que también transforma a los que se dejan seducir. Aunque generoso.

-Tu hijo es muy extraño.
-¿Mi hijo...?

Casi había dejado traslucir una entonación irónica.

-Sí... Nos ha tenido en vilo con una historia complicada que ahora parece que ha sido un invento suyo... ¿Tiene costumbre de mentir...?



sábado, febrero 14, 2009

656. Debajo de esta casa

Parecía otra vez el Ernesto aquél, de las tazas de té y la mermelada, los pantalones color nieve y la bandeja sostenida, con elegante aunque suave firmeza.Otra vez conmovido por la pobre humanidad de Dengue, réplica escasa y también contradictoria de su propia solitaria juventud. Porque, claro, las semejanzas muchas veces quedan evidenciadas en la propia oposición. Uno rico y otro pobre. Uno esclavizado al trabajo nunca elegido, otro ocupado en cubrir la angustia del ocio con ocupaciones inventadas. Pero los dos solitarios... cazadores de mariposas imposibles, esas azules con el eterno jeroglífico de la felicidad pintado en sus alas... huidizas alas, engañosas... tal vez inexistentes... Ambos de piel oscura.

Manuel sonrió con picardía.

-La casa de los hombres -dijo.

Y repitió, "la casa de los hombres", mirando hacia donde Ernesto todavía sacaba de una bolsa de paño gris, unos vaqueros sin uso, con amorosos modales de madre.

Sorpresa.

De Rulo y Magda por no entender. Pero más de Ernesto que dejó lo que que estaba haciendo para dudar de haber entendido la exactitud de aquellas palabras. La casa de los hombres. TOGUNA. Como la fotografía que había bajado de Internet recién ahora, luego de tanto tiempo con ellas resonando en su cabeza. Toguna... y todas las voces dogón que su madre pronunciaba cada vez que caía en este ensimismamiento que ahora llevaba años... Nunca creyó oírla. salida de otros labios. Y menos de...

-¿Qué quisiste decir con eso...?
-Toguna, ha dicho tu madre... La casa de los hombres...
-¿Donde lo aprendiste?
-Ja. Vos mismo me lo enseñaste.
-Qué broma es esa, muchacho?
-Ninguna broma. Somos viejos conocidos...
-De dónde...? No te recuerdo.
-Te creo. No es fácil... Hubo un tiempo en que nos reuníamos debajo de esta casa...
-¿Qué tiempo? ¿De qué estás hablando? No hay sótanos aquí...

Manuel supo que a partir de su mención a un espacio debajo de la casa, la seguridad de Ernesto no era sincera. Mentía.

-Debajo de esta casa hay una caverna.
-¡Pero...!

Desde el borde de la cama dónde estaba sentado Dengue volvió a hablar:

-Sí, una caverna.

Y Manuel.

-Se puede entrar por el aljibe.

Ernesto se agarró la cabeza con las dos manos. Cayó sobre un sillón envuelto en oscuro sobrecogimiento.