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domingo, mayo 18, 2008

535. Maledictus

Interrumpieron la charla para poder ver el informativo central de la tele. La pantalla se iluminó y a Manuel se le helaron las entrañas. Allí en primer plano aparecía el cráneo gris y reseco de Douglas Domenech con una mitra papal encima. El concilio -así explicaba una voz respetuosamente almibarada- acaba de elegir como nuevo papa a monseñor Filiisdei, cardenal hasta hoy de la ciudad de París, quién llevará su reinado bajo la admonición de su criptico nombre: Maledictus LXVI, sobre el que ya se tejían los más variados comentarios e interpretaciones, basados por lo general en los manidos textos de Nostradamus.

Abelardo también reconoció en aquel rostro al funcionario especial que les había allanado esa misma madrugada. Se rió. Era tal el patético parecido entre esos dos rostros agenos por completo al distingo entre el bien y el mal que... Pero Manuel no se pudo contener de llamarles la atención sobre el verdadero significado de ese fenómeno que cualquiera podría suponer como algo casual.

-Todos esos son clones de un mismo ángel.

No bastaba con decir eso. Era necesario encontrar las benditas palabras que les hiciera comprender en unos minutos lo que a él le estaba llevando dos años de experiencias.

-El mundo, todos los mundos paralelos están bajo la misma amenaza. Tienen que creerme que el viejo Dios, tras que nunca a sido bueno, ahora ha llegado a la completa demencia senil. Se supone que no le queda mucho de vida, pero... como los dioses viven mucho, también ha de ser muy larga la agonía.... Ustedes han sido invadidos, es decir... Ahora los dominadores no se contentan con dar órdenes desde lejos. Quieren manejar todos los mangos de las sartenes al mismo tiempo. Sentir el placer de revolearlas sobre cuantas cabezas estén a su alcance y... sentirse directamente adorados.

-¿De quién estás hablando...?
-Del viejo Dios y de sus ángeles.-
-¿Del Dios occidental, Yavé, Elohim, el que es, el padre de Cristo y amante de María?
-Sí. El que en realidad se llamó siempre El PODER. El gran mentiroso.
-¿Vos crees que en realidad exista?
-El poder existe, claro.
-Me refiero a Dios -aclaró Ernesto.
-Bueno, yo no lo he visto, pero he sido llevado prisionero dos veces a su reino.

Esa última afirmaciópn de Manuel quedó en suspenso, para ser creída o rechazada después que su autor diera detalles convincentes sobre tan revolucionaria idea, que vendría a barrer con siglos de pacientes y prudentes razonamientos, de millones de personas que siempre habían encontrado ridículo al catecismo.

-Contanos, entonces, ¿cómo son los reinos de los cielos? ¿Dónde se encuentran?

Manuel argumentó no ser el más capacitado para explicar una cosa tan difícil de creer. Pero sin pausa pasó a describir aquellas ciudades de reluciente oro, los altos edificios y las anchas avenidas, el fragór de un millón de alas artificiales transportando una mitad de sujetos pálidos y estúpidos, entre unas terrazas y otras. La angelicalidad de los ángeles, eternos envidiosos del poder al que sirven, pero jamás capaces de ninguna rebelión. Las marcas en la frente, en las muñecas, en la conciencia. La longevidad natural, la ausencia de compasión ni moral...

-Pero si eso fuera así, estaríamos perdidos... ¿Qué esperanza nos podría quedar?
-Esa es una mitad de la verdad...
-¿Y la otra...? Nos vas a decir que el diablo también existe y que...?
-Diablos son para Dios todos los que no le obedecen...
-¿Y esos son buenos?
-Depende...
-De qué depende...?
-De si se oponen a la concentración del poder o si se oponen a quién no se los quiere entregar. Una cosa es matar al jefe y otra es lograr que nadie mande más que nadie.

Ernesto se adelantó a apagar el televisor. Afuera llovía. Se le antojo que mirando a través de los visillos de los ventanas vería extendio hacía un incierto horizonte, toda una larga historia humana, desde los árboles y las cavernas, siempre tratando de levantar la cervíz y ver el extenso cielo, que por algo siempre les había infundido tanto temor y respeto. Llovía ahora cada vez más intensamente, mientras los primeros relámpagos iluminaban en aquel interior penunbroso, tres bultos humanos que en silencio contemplaban la antigua furia de las fuerzas eléctricas.

martes, mayo 22, 2007

304 El aleteo del murciélago.

Cayeron en la caverna como bomberos arrojándose por el caño cuando el carro ya marcha probando la sirena. Estaba mandinga comiendo salamín con queso, pero nada preguntó, lo supo y enfiló también para las bolas.
-Salgan primero que yo los sigo –dijo.
´¿Por qué los ángeles no pueden meterse para adentro? –preguntó Manuel, sin bajar la marcha.
-Porque les da pánico. Ellos son de los espacios abiertos, a esta cueva no entrarían jamás.
-Voy a probar las armas.
Eso fue lo último que dijo Manuel cuando ya se perdía en el interior de su bola y la ponía en levitación por tres segundos antes de desaparecer como una luz azul por dentro de las paredes de la cueva. Al otro lado fue la sombra de un murciélago blancuzco que trepidó silenciosa mientras subía seguida de tres escoltas hasta las nubes entrecortadas que de abajo casi ni se veían. La noche arriba estaba serena, aunque bastante fría. Se reunieron en la tradicional rueda y sintieron se presentes unos a otros, envalentonados por el temor y calmados por la resonancia mutua. Volaron al oeste, como vuelan los pájaros oscuros en la noche cuando alguna causa grave les ausenta de sus nidos.
Enseguida supieron que estaban encima del parque como a 2000 metros y desde ellos se tiraron en picada sobre los miliquitos camuflados con plumeros de chilcas que manoteaban hacia arriba como espantando un eclipse.
Manuel juzgó de pronto que había llegado el momento. Concibió y lanzó su primera burbuja teledirigida y enseguida otra y otra más, que salían sabiendo cual era la meta y que debían volver -como un boomerang- al punto de partida una vez cobrada la presa. Después, desde la derecha se animó el Cholo y después el Rulo. Fue cuando todos sintieron la carcajada que estaba pensando Mandinga al tiempo que lanzaba unas ráfagas de bolines de no más de un centímetros que pronto sobrepasaron a todas la burbujas y empezaron a caer sobre la militada que de pronto largando las armas se ponían a hacer movimientos de malambo y abandonaban sus puestos. Detrás cayeron las burbujas capturando cinco presas, entre ellas dos cabos y retornando a los aires, cerradas y contentas a la retirada que comenzó antes del fuego cerrado que desde adentro del monte surgió impetuoso e inútil.
Tenían que ver si Ernesto había zafado de su embargo. Tenían que ajustar los planes para una serie de ataques que detuvieran la invasión. Tenían que comunicarse con Vittorio, en Montevideo, para saber quien había roto el acuerdo. Tenían que ver que iban a hacer con los prisioneros…
Por eso Manuel había decidido no renunciar a la vuelta a su casita propia. Hasta los que van a morir en el frente al otro día, suelen encontrarse entre las ruinas humeantes alguna muchacha temerosa de no ser amada antes de que la próxima bomba le caiga encima.




(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)


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jueves, mayo 03, 2007

287: Yo no dije torturarlos.

Tenían claro que podía sobrevenir un ataque masivo y ciego. En ese caso iban a dar batalla, pero no iban a desestimar la posibilidad del acuerdo pacífico por improbable que pareciera. Por eso mientras esperaban la última respuesta decidieron movilizarse entre los vecinos, preparando y agitando el tema de la posible invasión angelical.
Margarita se visitaría sus viejas amigas de la zona con las que había compartido tantos carnavales y diversiones. Vittorio a los médicos de la policlínica que le estarían echando de menos y a las maestras. Ernesto a los fuertes comerciantes. Rulo a los del club de fútbol. Dengue se iba para el parador del Pichi y donde más quisiera, igual que Julieta y Pepponne. Manuel con El Cholo habían elegido tomar cerveza en lo de Luque…
Dio la casualidad que en el mostrador de Luque apoyaba un codo Ferrari mientras mirábase en el espejo de tras las botellas.
-Ah, por fin aparece el joven Manuel! Ya hace días que tengo un nuevo trabajo para ustedes…
-Ahora va a ser imposible –fue la respuesta de Manuel. –Y menos con esta situación.
-¿Qué situación?
Manuel echó una mirada significativa a los parroquianos.
-¿Qué…? No se ha enterado de los ataques de esas naves sobre plazas llenas de gente?
-Revoltosos, querrá decir.
-A usted le parece bien?
-Si la gente no saliera a perturbar el orden… Pero la culpa la tiene este gobierno de Tupamaros…Ja, si ellos son terroristas! Como van a hacer para mantener el orden?
-¿Qué orden?
-Y… salir a la calle todos juntos siempre fue un desorden! Cuando estábamos nosotros eso no ocurría.
-Y que nos invadan esas luces que no son uruguayas, ¿También le parece bien?
-Ellos tienen el poder… El poder no se discute. Más bien que si ganaron la guerra con el comunismo ahora van a imponer sus ideas. Siempre es así. El que gana tiene la razón.
-Pero la otra vez ustedes empezaron ganando y terminaron perdiendo.
-Ya se va a dar vuelta la tortilla. Cuando no puedan más, los del gobierno van a venir mansitos a pedirnos que los salvemos.
-Y las bolas?
-¿De qué me habla?
-Esas bolas luminosas que era lo que la gente salía a ver.
-No esos son unos globos que tiran los de alcaeda, diseñados por los judíos a control remoto! Nosotros los reventamos un un día!
-Y si no pueden…Si no son globos?
-¿Qué van a ser? Pero no importa, aunque fueran platos voladores nosotros los aniquilamos.
-Pero para torturarlos, primero tendrían que agarrarlos vivos.
-…yo no dije torturarlos!
Entonces Manuel calló antes de decirle al bicho que sí había pensado en la tortura, es más, había visto en su imaginación una truculenta escena presenciada cuando era un cadete….un pasillo oscuro entre hileras de chiqueros humanos apenas asomados entre la mierda. Su conmoción primera, por la identidad humana todavía presente en aquellos gestos, su temor después de poder algún día estar en aquellas covachas y por último las luz salvadora del entendimiento que le veno a avisar que estaba fuera de peligro por ser miembro de una casta privilegiada. Ese fue su orgullo.

(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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sábado, abril 14, 2007

269: LAS LEYES DEL JUEGO

Pero la Magda se cansó de escuchar y quiso decirle a Don Pepe que por ahora no estaba cumpliendo lo que les había prometido. A saber, ya que no sabía de que le estaba hablando, de meter en cana al hombrecito gris y de que no jodiera más nadie alrededor de la casita de Manuel!
-Vamos por partes, mi niña –contestó enseguida Mujica antes de tomar profundo aliento que oxigenara su cerebro y contuviera el carácter.-Nadie puede hacer lo que no puede.
-¿Como que no puede? ¿Y quién está en el gobierno?
Mujica largó una carcajada….
-¡Y yo que se! Un montón de pelotudos seguramente!
Para agregar enseguida.
No te confundas niña que estar en el gobierno no es lo mismo que tener el poder.
-¿Y quién tiene el poder…?
-Bueno…te iba a decir El Pueblo, pero…nosotros estamos aquí porque la mayoría quiso que estuviéramos ejerciendo la administración dentro de las ya establecidas leyes del juego y… te diré que ahí está el verdadero poder. En las leyes del juego.
Magdalena entrecerró los ojos con una sonrisa que parece haber entrevisto el Pepe a la distancia cuando dejó correr la pausa seguro de darle tiempo suficiente al afloramiento de los sentimientos simpáticos.

-Bueno, pero a pesar de todo no voy a poder decirle más nada sobre nosotros…
-Les pido que no tarden. No nos queda mucho tiempo.

Terminada la llamada, que ya todos habían entendido, los ojos poco a poco fueron hacia Manuel.
¡La puta!- se dijo- pensando que ya le querían cargar el fardo de las decisiones que nadie se atrevía a tomar y que él últimamente sí, un poco por que no le dejaban salida y otro… porque era tan agradable sentirse valorado de esa forma!

Dio un paso al frente y dijo: Vamos a seguir en la misma atrayendo a la gente y haciendo salir a los ángeles.

Después un silencio pesado que retumbó en las paredes de piedra arenisca soltando una llovizna leve. Supieron todos al unísono que estaban cruzado el umbral y entrando a relacionarse de otra manera entre ellos no todos iguales. Por puro convencimiento en la capacidad extraordinaria de este muchacho que hace enseguida pensar en un ser sutilmente extraordinario. Un aura que lleva encima a donde quiera que vaya y aunque tropiece y caiga, porque su especialidad no es esta o aquella que se han mencionado sino que radica en… En algo que no tiene que ver con ninguna de las clásicas virtudes. Porque es inteligente pero torpe. Distraído pero perspicaz y varias contradicciones más… Y sin embargo




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