-¿Así que vos tampoco estás con Dios?- Preguntó Manuel cuando Ernesto Federico le alcanzaba un vaso con algo alcohólico que no le había ofrecido.
-Ni con el Diablo.
-¿Y qué sabés de las bolas?
-Sólo lo que he podido piratear con la computadora, que no es mucho. Dios tiene unas barreras muy poderosas, pero en un sistema tan enormemente complejo siempre quedan resquicios por donde colarse.
-Pero cómo ¿Dios también usa computadoras?
-No boludo! Pero tiene sus formas de comunicación que son también como ondas que atraviesan el universo. Yo pirateo ahí…
-¿Le pinchás el cable?
-Ja, llamale así. Pero entender las ideas de Dios es muy difícil. Él está acostumbrado a un espacio de once dimensiones y tres tipos de tiempo distintos…
-Y yo que tenía miedo de estar loco!
-¿Cuándo viste la bola? Habrás creído que era un ovni.
-¡No qué ovni! Las bolas me llevan para todos lados. Al principio sí, creía estar loco.
-¿Te llevan…a dónde?
-A todos lados. A Buenos Aires… a Guichón…
-A Guichón ¡qué interesante! Dejame ver…
Se volvió a sentar en la compu y a disparar ráfagas de dedos, hasta que el primer globo terráqueo que había aparecido se le vino encima y un pequeño cuadriculado más blancuzco que el resto quedó dominando casi toda la pantalla.
-Guichón está a sólo dos quilómetros de un punto donde la onda de control hace frecuentemente un nodo!
-Ya no me asustan…
-Con frecuencia en estos lugares pasan cosas raras…
-Por eso esta vez me revelé.
-…que la gente confunde con ovnis. También nacen personas de pensamiento independiente.
-No quiero que me lleven más. Lo que quiero es quedarme acá con la flaca y…
-Sería bueno saber para qué te llevaron allá. ¿Te dijeron algo?
-Porque la quiero.
-Los de la bola…¿te dijeron algo?
-Con los únicos que hablé fue con los de las ventanillas de informes y de quejas…que era el mismo tipo.
-¿Y qué te dijo?
-Que como estaba en la ventanilla de quejas, no podía dar informaciones…y otras pelotudeces!
-¿Y de por qué te habían raptado?
-No, de eso nada. Me pidió el número de asiento y como yo no tenía llamó a los gurkas y…
-Y te dejaron allá…
-…después me trajeron de vuelta.
-¿Al mismo lugar?
-Al mismo momento. ¡Nadie se dio cuenta!
-¡Qué extraño!
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sábado, septiembre 30, 2006
viernes, septiembre 29, 2006
81 -El Viejo Tunga
Llegar al aposento fue lo mismo que sentarse Ernesto Federico frente a la computadora ya prendida y empezar a decir cosas incomprensibles para Manuel, al mismo tiempo que tecleaba disparates y dejaba que su cara se iluminara con todos los colores cambiantes que producía aquella pantalla enloquecida.
-Quedate tranquilo, te perdieron de vista.
-¿Quiénes…?
-Los de las bolas de Dios, que casi te atrapan.
-Ah, claro. Vos los viste y me…
-No, los que te salvaron fueron los Tucu tucus. Yo me enteré del operativo, la encerrona y les pasé la información a ellos…
-¿Me estás jodiendo?
-Te estoy diciendo la verdad! Ya te dije que eran mutantes. Son del tamaño de un carpincho y tienen en todo sentido la inteligencia de un profesor de matemáticas; acumulan conocimientos que no saben transmitir.
-Pero yo pasé por esas cuevas y no vi ninguno…
-Cuando vos pasabas se escondían. Son muy tímidos… Mirá, vení para acá.
Sobre uno de los estantes había un portarretratos con marco de marfil, en cuya foto se veía a Ernesto Federico abrazado a un Tucu tucu gigante.
-Este es el viejo Tunga, un verdadero sabio! Sabe de todo. Lastima que hay que saber preguntarle. Ellos, lo que no saben es enseñarte a preguntar.
-¿Cómo?
-Porque ellos te contestan lo que sea, pero si la pregunta está mal hecha, la respuesta resulta completamente inadecuada… Y nuestras preguntas están…casi siempre mal hechas!
-¿Por qué… casi siempre mal hechas?
-Porque somos así. Nosotros no sabemos nada y hacemos preguntas a como nos salgan, confiando, con razón, en que el otro las va a entender a pesar de todo. Entre nosotros funciona porque el que escucha la pregunta, sin darse cuenta adivina la verdadera curiosidad del preguntante y es eso a lo que responde y no a lo que la pregunta, en un sentido lógico, apunta. Una mente de Tucu tucu funciona completamente distinto. La respuesta de ellos está tan condicionada por el sentido literal de la pregunta que, basta con el cambio de orden de alguna palabra o con el largo de alguna pausa, para que cambie. Pero lo que contestan es siempre correcto hasta cuando pensamos que se han equivocado…En esos caso siempre los equivocados hemos sido nosotros, que sin querer hemos preguntado otra cosa.
-¡Te fuiste al carajo!
-Quiero decir que los Bichos saben mucho, pero para que te den información, tenés que ser un sabio en la ciencia de hacer preguntas. Y aun asi…
-¡Ah, bueno!
-Quedate tranquilo, te perdieron de vista.
-¿Quiénes…?
-Los de las bolas de Dios, que casi te atrapan.
-Ah, claro. Vos los viste y me…
-No, los que te salvaron fueron los Tucu tucus. Yo me enteré del operativo, la encerrona y les pasé la información a ellos…
-¿Me estás jodiendo?
-Te estoy diciendo la verdad! Ya te dije que eran mutantes. Son del tamaño de un carpincho y tienen en todo sentido la inteligencia de un profesor de matemáticas; acumulan conocimientos que no saben transmitir.
-Pero yo pasé por esas cuevas y no vi ninguno…
-Cuando vos pasabas se escondían. Son muy tímidos… Mirá, vení para acá.
Sobre uno de los estantes había un portarretratos con marco de marfil, en cuya foto se veía a Ernesto Federico abrazado a un Tucu tucu gigante.
-Este es el viejo Tunga, un verdadero sabio! Sabe de todo. Lastima que hay que saber preguntarle. Ellos, lo que no saben es enseñarte a preguntar.
-¿Cómo?
-Porque ellos te contestan lo que sea, pero si la pregunta está mal hecha, la respuesta resulta completamente inadecuada… Y nuestras preguntas están…casi siempre mal hechas!
-¿Por qué… casi siempre mal hechas?
-Porque somos así. Nosotros no sabemos nada y hacemos preguntas a como nos salgan, confiando, con razón, en que el otro las va a entender a pesar de todo. Entre nosotros funciona porque el que escucha la pregunta, sin darse cuenta adivina la verdadera curiosidad del preguntante y es eso a lo que responde y no a lo que la pregunta, en un sentido lógico, apunta. Una mente de Tucu tucu funciona completamente distinto. La respuesta de ellos está tan condicionada por el sentido literal de la pregunta que, basta con el cambio de orden de alguna palabra o con el largo de alguna pausa, para que cambie. Pero lo que contestan es siempre correcto hasta cuando pensamos que se han equivocado…En esos caso siempre los equivocados hemos sido nosotros, que sin querer hemos preguntado otra cosa.
-¡Te fuiste al carajo!
-Quiero decir que los Bichos saben mucho, pero para que te den información, tenés que ser un sabio en la ciencia de hacer preguntas. Y aun asi…
-¡Ah, bueno!
jueves, septiembre 28, 2006
80 - ¡Soltame, hijodeputa!
Tuvo que arrastrarlo tomándolo de las manos. Lo arrastró poco porque advirtió enseguida que si lo llevaba así sobre ese suelo de arenisca, los pobres talones descalzos del tipo… Y además que no sabiendo para qué lado quedaba la salida era bastante ridículo andar arrastrando un hombre, por muy primitivo que fuera. Tenía que encontrar la puerta… ¡Eso era! Acomodó el Mem contra una pared y se puso a mirar a lo largo de la caverna que, como casi todas, era más larga que ancha. En los extremos se achicaba para seguir por un estrecho conducto. Arriba y a los lados era todo de esa arenisca rosa que… ¿De dónde saldría la luz que la iluminaba? Otro misterio. Como ese cordón negro que a lo largo colgaba de una serie de clavos y se terminaba metiendo también en el pasaje estrecho… ¡Un cable! Un cable que venía de afuera… de la casa del Mem probablemente. Así que siguiendo el cable…¡Ta! Lo iba a sacar arrastrando aunque se le estragasen los talones. ¡No lo iba a dejar ahí!
Lo agarró de nuevo y con él a rastras fue retrocediendo sin perder de vista, de reojo, el recorrido del cable y tratando de llevarlo por donde el suelo era más parejo… hasta que sintió que el tipo se quejaba.
-Soltame hijodeputa!
La armonía se recompuso tras confesar Mem haberse equivocado en la cantidad de gotas de jugo de hongos sanguíneos. Menos mal que Manuel no había tragado nada, porque si a él, que estaba acostumbrado lo había revolcado en convulsiones… cuanto más a… ¡Ni que hablar!
-Vení seguime, ya me siento bien. Pero… ¡cómo me arden los talones!
Se metieron por el agujero chico, dentro del cual apenas se podían mover horizontalmente gateando por el piso. Se dio cuenta Manuel, que dentro del tubo el Mem seguí con su charla porque en las partes donde el hueco era más ancho, algo se escuchaba y además porque el culo y las plantas de los pies se le movían con un ritmo que sin dudas era el mismo que el de su conversación.
Por último llegaron a un espacio dónde había una escalera. Era un viejo aljibe seco en el patio del caserón donde vivía el Mem, Ernesto Federico de Oliveira e Souza, maestro mayor de la Orden de los Caballeros Rojos y descendiente de la tribu de los Gung-As, los mayores cazadores de leones que han habido en el Brasil.
-Vení a casa, tomemos algo.
-Yo, en realidad estoy apurado, andaba buscando…
-¿A esta hora? Me parece que se ha hecho tarde…
Después de saltar del brocal del aljibe al piso Manuel se enderezó y pudo apreciar la sombra del caserón que les rodeaba por tres lados. Se le encogió el alma. Aquello parecía una de esas mansiones malditas en las que en las películas de terror ocurren las cosas más espantosas. Todo estaba a oscuras, salvo el cielo estrellado. Y silencioso, a no ser por los criques de los grillos que le parecieron demasiado cercanos y potentes. Ernesto Federico se adelantó y prendió las luces que le dieron a la casa un aspecto aun más tétrico al iluminarse ventanas y aberturas que parecían ojos que miraban y una boca de sonrisa macabra…
Entraron y todo lo que de afuera parecía decrepitud y abandono, por dentro se confirmaba, salvo un salón grande, estudio y dormitorio que parecía ser la única parte habitada de la casa. Allí todo estaba en ordenado orden, con muchos estantes que prácticamente rodeaban la parte central que era la que ocupaba la computadora.
Lo agarró de nuevo y con él a rastras fue retrocediendo sin perder de vista, de reojo, el recorrido del cable y tratando de llevarlo por donde el suelo era más parejo… hasta que sintió que el tipo se quejaba.
-Soltame hijodeputa!
La armonía se recompuso tras confesar Mem haberse equivocado en la cantidad de gotas de jugo de hongos sanguíneos. Menos mal que Manuel no había tragado nada, porque si a él, que estaba acostumbrado lo había revolcado en convulsiones… cuanto más a… ¡Ni que hablar!
-Vení seguime, ya me siento bien. Pero… ¡cómo me arden los talones!
Se metieron por el agujero chico, dentro del cual apenas se podían mover horizontalmente gateando por el piso. Se dio cuenta Manuel, que dentro del tubo el Mem seguí con su charla porque en las partes donde el hueco era más ancho, algo se escuchaba y además porque el culo y las plantas de los pies se le movían con un ritmo que sin dudas era el mismo que el de su conversación.
Por último llegaron a un espacio dónde había una escalera. Era un viejo aljibe seco en el patio del caserón donde vivía el Mem, Ernesto Federico de Oliveira e Souza, maestro mayor de la Orden de los Caballeros Rojos y descendiente de la tribu de los Gung-As, los mayores cazadores de leones que han habido en el Brasil.
-Vení a casa, tomemos algo.
-Yo, en realidad estoy apurado, andaba buscando…
-¿A esta hora? Me parece que se ha hecho tarde…
Después de saltar del brocal del aljibe al piso Manuel se enderezó y pudo apreciar la sombra del caserón que les rodeaba por tres lados. Se le encogió el alma. Aquello parecía una de esas mansiones malditas en las que en las películas de terror ocurren las cosas más espantosas. Todo estaba a oscuras, salvo el cielo estrellado. Y silencioso, a no ser por los criques de los grillos que le parecieron demasiado cercanos y potentes. Ernesto Federico se adelantó y prendió las luces que le dieron a la casa un aspecto aun más tétrico al iluminarse ventanas y aberturas que parecían ojos que miraban y una boca de sonrisa macabra…
Entraron y todo lo que de afuera parecía decrepitud y abandono, por dentro se confirmaba, salvo un salón grande, estudio y dormitorio que parecía ser la única parte habitada de la casa. Allí todo estaba en ordenado orden, con muchos estantes que prácticamente rodeaban la parte central que era la que ocupaba la computadora.
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miércoles, septiembre 27, 2006
79 - ¡No digas estupideces!
-Bueno vecino, ¿me vas a ayudar a salir de aquí?
-Lo haría pero ¿cómo sé que no vas a revelar el secreto?
-Te lo juro.
-Mejor que eso voy a consultar la experiencia. Esperá un momento.
El Mem se puso en posición de yoga y se quedó estático, con los ojos cerrados. Respiraba, sí, pero muy pausado y lanzaba, cuando el aire salía de los pulmones, un gracioso silbido por la nariz. Fueron no menos de diez minutos de silencio y silbidos hasta que se volvió a incorporar frente a Manuel.
-Está claro. La experiencia indica que vos revelarías el secreto, porque no es un tema que te importe. Pero, también indica la experiencia que lo revelarías aunque el secreto fuera algo que te importara mucho. El ser humano no soporta guardar un secreto por mucho tiempo y termina encontrando un justificativo para revelarlo. Es casi un axioma que la mejor manera de hacer circular una noticia es presentarla como un secreto…
-¿Y qué…? ¿Me vas a dejar aquí abajo y vas a poner una piedra sobre la tapa?
-También podría matarte y dejarte aquí enterrado…
Manuel retrocedió varios pasos hasta que su espalda chocó con la pared de arenisca roja que no le tiño la ropa de ese color, primero porque su remera ya era roja y además porque la arenisca roja no destiñe… Mientras tanto el Mem reía y le hacía señas tranquilizadoras.
-Me estás mintiendo. ¡Vos me estabas esperando! Ya sabías que yo andaba entre Dios y el Diablo.
-No la hagas más difícil… Podrías ayudarme a pensar cómo podemos hacer para que puedas salir sin que el secreto corra peligro.
-Salgo con los ojos cerrados.
-¡No digas estupideces!
Transaron por fin en que saliera en estado inconsciente tras tomar un té que el Mem sabía preparar con unos hongos que crecían en las paredes de la cueva. Para eso se fue hacia unos huecos sombríos y volvió con varios honguitos rojos punteados de blanco. Apoyó una mano contra el muro y Manuel vio cómo toda una parte giraba horizontalmente y se perdía hacia adentro dejando al descubierto una especie de mostrador y unos estantes llenos de frascos de losa blanca con inscripciones azules. Lo que el Mem hizo allí, Manuel no pudo verlo, cubierto por su espalda, pero no pudo ser mucho en tan poco tiempo como el necesario para acercarse a la mesa, mover un par de veces los codos hacia delante y atrás y ya darse vuelta extendiendo sobre una mano una tacita de té humeante.
-¿Y cómo sé que no es veneno?
-Yo también voy a tomar.
Efectivamente el ex primitivo sostenía ya otra tacita igual que iba levantando hacia sus labios una vez hecho “upa” con ella y los ojos, queriendo ser un brindis o tal vez invitación.
Manuel vio el movimiento de su garguero cuando tragaba el primer sorbo de aquel asqueroso brebaje bermejo y a su vez fue levantando su taza, dispuesto a pasar de una vez por aquello, sin embargo no llegó a hacerlo ya que antes el Mem se agarró la garganta con una mano mientras la otra tiraba a la mierda la taza y se derrumbaba al piso con la cara verde y estertores de muy dudoso pronóstico!
-Lo haría pero ¿cómo sé que no vas a revelar el secreto?
-Te lo juro.
-Mejor que eso voy a consultar la experiencia. Esperá un momento.
El Mem se puso en posición de yoga y se quedó estático, con los ojos cerrados. Respiraba, sí, pero muy pausado y lanzaba, cuando el aire salía de los pulmones, un gracioso silbido por la nariz. Fueron no menos de diez minutos de silencio y silbidos hasta que se volvió a incorporar frente a Manuel.
-Está claro. La experiencia indica que vos revelarías el secreto, porque no es un tema que te importe. Pero, también indica la experiencia que lo revelarías aunque el secreto fuera algo que te importara mucho. El ser humano no soporta guardar un secreto por mucho tiempo y termina encontrando un justificativo para revelarlo. Es casi un axioma que la mejor manera de hacer circular una noticia es presentarla como un secreto…
-¿Y qué…? ¿Me vas a dejar aquí abajo y vas a poner una piedra sobre la tapa?
-También podría matarte y dejarte aquí enterrado…
Manuel retrocedió varios pasos hasta que su espalda chocó con la pared de arenisca roja que no le tiño la ropa de ese color, primero porque su remera ya era roja y además porque la arenisca roja no destiñe… Mientras tanto el Mem reía y le hacía señas tranquilizadoras.
-Me estás mintiendo. ¡Vos me estabas esperando! Ya sabías que yo andaba entre Dios y el Diablo.
-No la hagas más difícil… Podrías ayudarme a pensar cómo podemos hacer para que puedas salir sin que el secreto corra peligro.
-Salgo con los ojos cerrados.
-¡No digas estupideces!
Transaron por fin en que saliera en estado inconsciente tras tomar un té que el Mem sabía preparar con unos hongos que crecían en las paredes de la cueva. Para eso se fue hacia unos huecos sombríos y volvió con varios honguitos rojos punteados de blanco. Apoyó una mano contra el muro y Manuel vio cómo toda una parte giraba horizontalmente y se perdía hacia adentro dejando al descubierto una especie de mostrador y unos estantes llenos de frascos de losa blanca con inscripciones azules. Lo que el Mem hizo allí, Manuel no pudo verlo, cubierto por su espalda, pero no pudo ser mucho en tan poco tiempo como el necesario para acercarse a la mesa, mover un par de veces los codos hacia delante y atrás y ya darse vuelta extendiendo sobre una mano una tacita de té humeante.
-¿Y cómo sé que no es veneno?
-Yo también voy a tomar.
Efectivamente el ex primitivo sostenía ya otra tacita igual que iba levantando hacia sus labios una vez hecho “upa” con ella y los ojos, queriendo ser un brindis o tal vez invitación.
Manuel vio el movimiento de su garguero cuando tragaba el primer sorbo de aquel asqueroso brebaje bermejo y a su vez fue levantando su taza, dispuesto a pasar de una vez por aquello, sin embargo no llegó a hacerlo ya que antes el Mem se agarró la garganta con una mano mientras la otra tiraba a la mierda la taza y se derrumbaba al piso con la cara verde y estertores de muy dudoso pronóstico!
martes, septiembre 26, 2006
78 - La Cueva de los Tucu Tucu
-No podés renegar de mí. Estoy en cada célula de tu cuerpo y te puedo contar la historia de nuestra especie.
-¿De qué especie?
-De la humana… Vos y yo ¿no somos humanos, acaso?
-¡Pero yo no soy tan negro!
-¿Y eso qué importa?
-Perdón. Era una broma.
-Por lo menos no haz perdido el sentido del humor.
-Soy humano…
-¡Eso!
-Bueno, pero ¿para qué me hiciste venir?
El primitivo protestó primero y después se puso a dar confusas explicaciones para convencer a Manuel de que no tenía nada que ver con su hundimiento, de que probablemente se había parado justo encima de una cueva de Tucu Tucu semi tapada, de las que abundaban por esos montes y que con frecuencia se derrumbaban por la poca consistencia del terreno arenoso. Según él la franja costera de Canelones se había llenado de unos Tucu Tucu gigantes que cavan galerías suficientemente amplias como para dar cabida a un cuerpo de hombre corpulento, cuanto más a uno como el de Manuel!
-¿Pero qué clase de Tucu tucus es esa?
-Y… son los descendientes de unos Tucu tucus radioactivos que tenían hace años en la Facultad de Ciencias, para experimentos, y que cuando se metieron los milicos, se les escaparon de las jaulas y les ganaron las calles. Especialmente se hicieron fuertes en los baldíos de la ciudad vieja, en un primer momento.
-¿Y por qué crecieron?
-Son mutantes… ¿no entendés? Son como nosotros que somos una mutación.
-¿Y van a seguir creciendo?
-Ah, no sé. ¿Qué me preguntás a mí?
-Me haz estado enseñando todo el tiempo. Más que un primitivo parecés un profesor…
-Bueno… Eso de primitivo fue por decirlo de manera que me entendieras pero, para decirte otra verdad a medias, más verdadera que esa, te tendría que decir que soy la memoria de la especie.
-¿Cómo vas a ser una memoria? ¿Un recuerdo?
-La humana es una especie. Las especies son como los individuos que tienen una batería de reacciones instintivas que le sirven para sobrevivir y reproducirse. Bueno… aparte de instintos, la especie, como los individuos, tienen memoria de todas las peripecias por la que ha pasado. Esa memoria aparece en algunos individuos esparcidos al azar en el espacio y el tiempo. Se los reconoce por poseer una particular sabiduría para asuntos concernientes a muy pocos temas, así cómo una extrema torpeza para todo lo demás. Pero eso no importa. Yo soy uno de ellos. Guardo en mi cabeza buena parte de la historia humana. Errores y aciertos, es decir sabiduría.
-Pero si sos un hombre primitivo ¿cómo podés saber lo que ha pasado no hace mucho tiempo?
-Ya te dije que no soy un hombre primitivo. Me visto así por gusto y vengo a esta cueva por un ceremonial al que estoy condenado de por vida por tener el honor de ser un Mem. El ceremonial me permite mantener viva la memoria y consiste en ponerla en movimiento. Porque todo lo que se detiene, muere.
-¿Entonces no vivís aquí? ¿Vivís arriba?
-Vengo una vez por semana.
-¿Y por dónde entrás?
-Por la puerta.
-¡Nunca sentí decir que hubiera una cueva en El Bosque!
-Por supuesto. Nadie sabe dónde está!
(para leer un capítulo escriba su número en el buscador y cliquee sobre la expresión "search this blog")
-¿De qué especie?
-De la humana… Vos y yo ¿no somos humanos, acaso?
-¡Pero yo no soy tan negro!
-¿Y eso qué importa?
-Perdón. Era una broma.
-Por lo menos no haz perdido el sentido del humor.
-Soy humano…
-¡Eso!
-Bueno, pero ¿para qué me hiciste venir?
El primitivo protestó primero y después se puso a dar confusas explicaciones para convencer a Manuel de que no tenía nada que ver con su hundimiento, de que probablemente se había parado justo encima de una cueva de Tucu Tucu semi tapada, de las que abundaban por esos montes y que con frecuencia se derrumbaban por la poca consistencia del terreno arenoso. Según él la franja costera de Canelones se había llenado de unos Tucu Tucu gigantes que cavan galerías suficientemente amplias como para dar cabida a un cuerpo de hombre corpulento, cuanto más a uno como el de Manuel!
-¿Pero qué clase de Tucu tucus es esa?
-Y… son los descendientes de unos Tucu tucus radioactivos que tenían hace años en la Facultad de Ciencias, para experimentos, y que cuando se metieron los milicos, se les escaparon de las jaulas y les ganaron las calles. Especialmente se hicieron fuertes en los baldíos de la ciudad vieja, en un primer momento.
-¿Y por qué crecieron?
-Son mutantes… ¿no entendés? Son como nosotros que somos una mutación.
-¿Y van a seguir creciendo?
-Ah, no sé. ¿Qué me preguntás a mí?
-Me haz estado enseñando todo el tiempo. Más que un primitivo parecés un profesor…
-Bueno… Eso de primitivo fue por decirlo de manera que me entendieras pero, para decirte otra verdad a medias, más verdadera que esa, te tendría que decir que soy la memoria de la especie.
-¿Cómo vas a ser una memoria? ¿Un recuerdo?
-La humana es una especie. Las especies son como los individuos que tienen una batería de reacciones instintivas que le sirven para sobrevivir y reproducirse. Bueno… aparte de instintos, la especie, como los individuos, tienen memoria de todas las peripecias por la que ha pasado. Esa memoria aparece en algunos individuos esparcidos al azar en el espacio y el tiempo. Se los reconoce por poseer una particular sabiduría para asuntos concernientes a muy pocos temas, así cómo una extrema torpeza para todo lo demás. Pero eso no importa. Yo soy uno de ellos. Guardo en mi cabeza buena parte de la historia humana. Errores y aciertos, es decir sabiduría.
-Pero si sos un hombre primitivo ¿cómo podés saber lo que ha pasado no hace mucho tiempo?
-Ya te dije que no soy un hombre primitivo. Me visto así por gusto y vengo a esta cueva por un ceremonial al que estoy condenado de por vida por tener el honor de ser un Mem. El ceremonial me permite mantener viva la memoria y consiste en ponerla en movimiento. Porque todo lo que se detiene, muere.
-¿Entonces no vivís aquí? ¿Vivís arriba?
-Vengo una vez por semana.
-¿Y por dónde entrás?
-Por la puerta.
-¡Nunca sentí decir que hubiera una cueva en El Bosque!
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