Entraron al local y fueron al mostrador con la lista de los materiales. Rulo la desdobló después de sacarla del bolsillo de atrás. Vino el empleado. Se la dio. El empleado amagó a irse. Rulo le pidió que antes le hiciera la cuenta de cuanto dinero sumaría. El empleado -un extraño de pelo largo- tomó una calculadora en una mano y con la otra una birome. Se enfrentó a la hoja del pedido que había puesto sobre el mostrador donde leyó. Veinte litros de pintura acrílica. Con la mano en que tenía la birome quiso teclear 20x en el teclado, pero la birome le molestaba los dedos para apretar las teclas, así que fue a dejarla sobre el mostrador. La mala suerte hizo que la birome rodara y fuera a caer por delante. Rulo se la alcanzó y él le dio las gracias pero haciéndolo se olvidó de cuantos litros eran y entonces, ya con la birome otra vez en la mano, dirigió la mirada al papel y se dijo en voz alta “veinte” mientras volvía a mirar el teclado de la pequeña maquinita. En eso se dio cuenta que no tenía que multiplicar nada porque los precios estaban en la computadora por envases y no por litros. Pero la computadora la tenía el otro empleado –al que no quería preguntarle nada- así que… Por supuesto que había una lista de precios escrita que él ya había visto y que en ese momento…-paseó la mirada por todo el entorno- estaba exactamente allí debajo del mostrador y de aquellas fetas de mortadela que no había podido terminar de comer porque estaban revenidas. Tomó la lista y buscó pinturas acrílicas en tambores de veinte. Encontró dos distintas. Pintura acrílica al agua y látex acrílico.
-¿Usted dice látex acrílico?
-Pintura acrílica.
-Pinturas acrílicas son todas. Dígame, ¿látex o al agua?
-No, al agua no que se sale sola!
-¿Látex, entonces?
-Látex… ¿Pero esa no es la pintura sintética común que brilla mucho?
-Son las que hay.
-Pero si otras veces he llevado.
-¿Cuál?
¡Qué iba a saber Rulo cuál había llevado! Para él había una sola pintura acrílica desde que el año anterior se la había sentido mencionar a don Colucho que fue cuando se le ocurrió agarrar también changas de pintura, total que al rodillo y al pincel los sabía manejar y… sabiendo qué pintura usar… Se acordó del tambor que había comprado la última vez -la única- era…¡claro!
-Es una que viene en unos tambores que son más anchitos en la parte de arriba!
-Todas vienen en tambores más anchitos…
-Una que es espesita, medio cremosita.
-¿Te destapo un tambor de cada una y vos tanteas?
-¡No, pará! La común, la que llevan todos!
-Sabés qué? Yo entré a trabajar aquí ayer. Hay doce marcas de pinturas de cómo veinte tipos distintos. Cuatrocientos largos de tornillos en tres tipos de roscas diferentes y cinco formas de cabeza, con arandelas, si el cliente las pide, de cuatro formas. Hay aparatos sanitarios, azulejos y baldosas de Pórtland y de cerámica. Ladrillos de campo y de prensa, aparte de los huecos llamados ticholos y los de cemento y arena llamados bloques. Todos ellos de diferentes procedencias y calidades, ni que decir de medidas y precios. Caños de plástico, de plástico especial para agua caliente, plastiductos comunes, caños galvanizados y de bronce… Grifería nacional e importada, desagües, cajas sépticas, chapas de cinc, de fibrocemento, de plástico y cartón alquitranado. Tanques también de fibrocemento, de plástico o de acero inoxidable… ¿Creés que encima tenga que saber cuál es la pintura preferida?
-No flaco, no te calentés. Yo no sabía que habían dos tipos de pintura acrílica!
-Yo tampoco.
lunes, noviembre 06, 2006
116 - Veinte litros de pintura cremosita.
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sábado, noviembre 04, 2006
115 - ¿Nos atacó un error?
Después retomaron callados el camino de la barraca, los tres adelante y el carrito detrás. Manuel se había dejado llevar por su pensamiento de hacer por fin la fiesta de su cumpleaños, que nadie había recordado a no ser Abelardo, pero, acaso el se acordaba de los cumpleaños de los otros? Reunirse y pasarla bien aprovechando ahora que andaba con unos pesos en los bolsillos, estaba vivo y libre. Magdalena, no del todo recuperada del susto anterior prefería seguirlos a ellos adónde fuera por lo menos hasta tranquilizarse del todo. Rulo seguía confundido. Iba repasando mentalmente la escena vista y revista en reiterados replays y no lograba zafar del ese obsesivo círculo. La gente no puede desaparecer así! Se decía dándose cuenta de lo absurdo no sólo de los visto sino de todo. ¿Tenía que haber alguna explicación!
-¿No será que nos ha atacado algún virus?
Manuel sonrió con sorna y continuó:
-¿O que hemos consumido alguna sustancia tóxica…?
-¿Un veneno?
-No, alguna droga. Vos también fuiste amigo del Chumbo.
-¡Andá a cagar! Yo hablaba en serio.
-Y yo cuando te hablaba del auto rojo también.
-Bueno, perdoname…
¿El Rulo pidiendo perdón! Primera vez en la vida. Cierto que no hubiera sido necesario muchas veces pero…¡no lo había hecho nunca!...¿Y él? ¿Manuel Aquelarre, pedía alguna vez disculpas?
-No lo que vimos no fue por ningún virus. Fue… un error, una confusión… Ya lo vamos a averiguar.
-¿Nos atacó un error!
-Que no fue un ataque, te digo. El tipo apareció por error. Lo dejaron…
-¿Cómo que lo dejaron…?
La flaca intervino.
-Rulo, las cosas inexplicables también existen.
Y retomó Manuel:
-Vos sabés que aquí hubieron desaparecidos, no?
-Claro que lo se, pero esto…
-Aquellos eran casos en que los milicos estaban detrás. En este caso… Yo se algo sobre esto que si te lo cuento me mandás al Vilardebó.
-Dale. Ya te pedí perdón.
Manuel imitó su voz con un timbre ridículo:
-El que ve cosas que no existen está loco!
-Hijodeputa!
-Bueno, te voy a contar algo de lo que me ha pasado. Pero mirá que si ahora estás cagado, cuando te lo cuente vas a tener el doble de cagazo que ahora. Preparate.
Rulo miró a Magdalena con una sonrisa nerviosa que se le escapaba.
-Contame.
-No, después. Cuando volvamos a casa.
Ya llegaban a la barraca. Entraron todos al local, menos el carro.
-¿No será que nos ha atacado algún virus?
Manuel sonrió con sorna y continuó:
-¿O que hemos consumido alguna sustancia tóxica…?
-¿Un veneno?
-No, alguna droga. Vos también fuiste amigo del Chumbo.
-¡Andá a cagar! Yo hablaba en serio.
-Y yo cuando te hablaba del auto rojo también.
-Bueno, perdoname…
¿El Rulo pidiendo perdón! Primera vez en la vida. Cierto que no hubiera sido necesario muchas veces pero…¡no lo había hecho nunca!...¿Y él? ¿Manuel Aquelarre, pedía alguna vez disculpas?
-No lo que vimos no fue por ningún virus. Fue… un error, una confusión… Ya lo vamos a averiguar.
-¿Nos atacó un error!
-Que no fue un ataque, te digo. El tipo apareció por error. Lo dejaron…
-¿Cómo que lo dejaron…?
La flaca intervino.
-Rulo, las cosas inexplicables también existen.
Y retomó Manuel:
-Vos sabés que aquí hubieron desaparecidos, no?
-Claro que lo se, pero esto…
-Aquellos eran casos en que los milicos estaban detrás. En este caso… Yo se algo sobre esto que si te lo cuento me mandás al Vilardebó.
-Dale. Ya te pedí perdón.
Manuel imitó su voz con un timbre ridículo:
-El que ve cosas que no existen está loco!
-Hijodeputa!
-Bueno, te voy a contar algo de lo que me ha pasado. Pero mirá que si ahora estás cagado, cuando te lo cuente vas a tener el doble de cagazo que ahora. Preparate.
Rulo miró a Magdalena con una sonrisa nerviosa que se le escapaba.
-Contame.
-No, después. Cuando volvamos a casa.
Ya llegaban a la barraca. Entraron todos al local, menos el carro.
viernes, noviembre 03, 2006
114 - Manuel descubre la astucia
A Manuel de pronto se le prendió la lamparita de dejar de dar explicaciones.
-¿Pero vos qué viste, Rulo?
-¿Qué vi? Y qué voy a ver… Vi un hombre todo tapado y con una careta de las que usan los que pintan autos…y…
-¿Y qué?
-Caminaba como una momia y venía siguiendo a la Magda y…
-¿Y qué?
-Y yo qué se… De repente desapareció!
-¿Cómo que desapareció? Los hombres no desaparecen.
-Ah…¡me estás jodiendo! Si vos mismo lo viste. Hasta lo conocías!
Intervino la Magda.:
-Dijiste que lo mandaba Germán…
Manuel indicó, con un movimiento de cabeza, un claro que conocían dentro del bosque. Cruzó la zanja de un salto seguido de ellos y, cuando se hubieron distanciado bastante de la calle, les hizo señas de sentarse, en el suelo obviamente, aunque él lo hizo sobre un tronco caído.
-Che. Ustedes saben que yo soy un burro, que nunca ha estudiado nada, pero…En esto voy a hacer como… Es lo que estoy haciendo, como mi abuelo que a veces me llevaba aparte y me explicaba las cosas. Porque aunque yo no sea ningún sabio, hay unas cosas que conozco y que ustedes no. Como mi abuelo que sabía cosas que yo no sabía… Rulo, entendés ahora por qué uno a veces no puede explicar lo que le pasa o lo que ve porque los otros piensan que uno está loco?
-Pero es que vos veías cosas que nadie más veía!
-Y vos ves desaparecer hombres en el aire. ¡Es lo mismo!
-Bueno, ¿y cual es la explicación?
-No, la explicación encontrala vos! Yo sólo te digo que también lo vi.
-Y yo también. –Aseveró la flaca muy seria.
-…y que era muy parecido a un personaje de las historietas que yo leía en la casa de Abelardo. Un personaje inventado por un tal Germán Oesterheld, quien después los milicos argentinos hicieron desaparecer junto con otros treinta mil.
Manuel se crecía. Se sentía parecido a Abelardo, a quién siempre había admirado. Sin embargo no se dejaba dominar por la vanidad. La usaba y un poco también, la disfrutaba. Especialmente por poderle dar esta lección a su primo, que siempre lo había tenido por el nene tonto que siempre lo hace todo mal. Aunque lo quisiera. ¡Y qué decir de su habilidad, no, no era esa la palabra…su ASTUCIA! Eso era lo que había usado para dejar al Rulo al borde de cualquier cosa pero sin poder llegar a nada. Ni a calentarse por sentirse bapuleado por un contrincante habilidoso… Ahora estaría pensando a mil. ¡Si le conocería! Pensando, pensando, tratando de pescar algo. Como un pescador solitario que no logra encontrar nada en las redes cada vez que las retira… ¡Pobre Rulo!
-¿Pero vos qué viste, Rulo?
-¿Qué vi? Y qué voy a ver… Vi un hombre todo tapado y con una careta de las que usan los que pintan autos…y…
-¿Y qué?
-Caminaba como una momia y venía siguiendo a la Magda y…
-¿Y qué?
-Y yo qué se… De repente desapareció!
-¿Cómo que desapareció? Los hombres no desaparecen.
-Ah…¡me estás jodiendo! Si vos mismo lo viste. Hasta lo conocías!
Intervino la Magda.:
-Dijiste que lo mandaba Germán…
Manuel indicó, con un movimiento de cabeza, un claro que conocían dentro del bosque. Cruzó la zanja de un salto seguido de ellos y, cuando se hubieron distanciado bastante de la calle, les hizo señas de sentarse, en el suelo obviamente, aunque él lo hizo sobre un tronco caído.
-Che. Ustedes saben que yo soy un burro, que nunca ha estudiado nada, pero…En esto voy a hacer como… Es lo que estoy haciendo, como mi abuelo que a veces me llevaba aparte y me explicaba las cosas. Porque aunque yo no sea ningún sabio, hay unas cosas que conozco y que ustedes no. Como mi abuelo que sabía cosas que yo no sabía… Rulo, entendés ahora por qué uno a veces no puede explicar lo que le pasa o lo que ve porque los otros piensan que uno está loco?
-Pero es que vos veías cosas que nadie más veía!
-Y vos ves desaparecer hombres en el aire. ¡Es lo mismo!
-Bueno, ¿y cual es la explicación?
-No, la explicación encontrala vos! Yo sólo te digo que también lo vi.
-Y yo también. –Aseveró la flaca muy seria.
-…y que era muy parecido a un personaje de las historietas que yo leía en la casa de Abelardo. Un personaje inventado por un tal Germán Oesterheld, quien después los milicos argentinos hicieron desaparecer junto con otros treinta mil.
Manuel se crecía. Se sentía parecido a Abelardo, a quién siempre había admirado. Sin embargo no se dejaba dominar por la vanidad. La usaba y un poco también, la disfrutaba. Especialmente por poderle dar esta lección a su primo, que siempre lo había tenido por el nene tonto que siempre lo hace todo mal. Aunque lo quisiera. ¡Y qué decir de su habilidad, no, no era esa la palabra…su ASTUCIA! Eso era lo que había usado para dejar al Rulo al borde de cualquier cosa pero sin poder llegar a nada. Ni a calentarse por sentirse bapuleado por un contrincante habilidoso… Ahora estaría pensando a mil. ¡Si le conocería! Pensando, pensando, tratando de pescar algo. Como un pescador solitario que no logra encontrar nada en las redes cada vez que las retira… ¡Pobre Rulo!
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jueves, noviembre 02, 2006
113 - Ni al Eternauta ni al Sargento Kirk
Salieron y cuando llevaban menos de una cuadra de camino, un grito estridente y desgarrador que venía de sus espaldas, les electrizó los vellos. Se dieron vuelta y vieron a la flaca Magda correr hacia ellos seguida de cerca por un hombre todo envuelto de trapos hasta la cabeza, una mirilla de vidrio frente a los ojos y un colador de té frente a la boca.
-¡El Eternauta!- Gritó Manuel, asombrado de que esas cosas del mundo de más allá pudiera aparecer al la luz del día en pleno Lagomar Norte, a las tres y media de la tarde.
La flaca iba llegando a ellos cuando un cero de nada, que había venido zigzagueando por el paisaje, se encontró con El Eternauta y lo hizo desaparecer en su propia nulidad.
-El tipo se hizo humo! –Exclamó atónito Rulo.
Manuel miró a su primo para confirmar la dirección de su mirada.
-¿Viste?
-¿Pero qué pudo ser? ¡Eso era un hombre!
-El Eternauta, boludo. ¿No conocés al Eternauta?
El Rulo no conocía al Eternauta ni al sargento Kirk. Ni siquiera había visto nunca una tapa de Frontera dibujada por Hugo Pratt! Pero el Rulo era así, nunca se había ocupado de ese tipo de cosas. Desde chiquito siendo el mejor y más responsable, casi como un padre que da buenos consejos, aunque a veces no los cumpla con sus propias acciones y no se de cuenta o no quiera reconocerlo…¡El Rulo era como un hermano que siempre está ahí para apoyarte, aunque sea a través de la crítica, de no comprenderte, pero estando ahí. No comprendiendo pero siempre ahí. Manuel creía en el Rulo, aunque tuviera esas cosas por no haber leído nunca historietas o tal vez por no haber tenido un abuelo bromista. Por haberse tenido que hacer cargo de ayudar a mantener a sus hermanitos y casi hasta a un primo prestado, cuando sus respectivos padres abandonaron los hogares y las mujeres no daban abasto trabajando para mantener a todos. La madre de Rulo había logrado sacar de él un tipo más derecho que no se qué! Porque las mujeres tienen esa habilidad para sacar de todos lo mejor cuando quieren… o pueden, o … yo qué se…
Magda llegó a ellos sin correr, porque se había dado cuenta de que ya nadie la perseguía. Había mirado para atrás justo en el instante en que El Eternauta desaparecía y eso, aunque muy asombroso no le había sorprendido, tan intensa era su necesidad de que el mundo se portara bien. El segundo portento había venido a corregir al primero y volver todo a fojas cero, o casi.
-¿Lo llegaron a ver…? Se me apareció de golpe dentro de la casa.
-Sí Magda, lo vimos. Es El Eternauta, no te preocupes.
-¿Vos estás loco, Manuel? ¿Cómo que no se preocupe? Quién es ese disfrazado que se metió en tu casa y la quería agarrar?
-Yo no sé si me seguía. Parecía estar confundido…
-No eso ha de ser un error de Germán.
Rulo y Magda quisieron saber al unísono a cuál Germán se refería. Pero eran dos preguntas distintas con las mismas palabras. La del Rulo era preguntar si otra vez se había vuelto loco, porque él le conocía todos los amigos y no había entre ellos ningún Germán ni ningún Eternauta. En cambio la Magda dudaba de haberse equivocado en alguna letra cuando los mensajes y haber transformado una palabra en otra que le hubiera hecho entender al tal Germán que ellos le hubieran pedido que les mandara ese ser envuelto en trapos.
-¡El Eternauta!- Gritó Manuel, asombrado de que esas cosas del mundo de más allá pudiera aparecer al la luz del día en pleno Lagomar Norte, a las tres y media de la tarde.
La flaca iba llegando a ellos cuando un cero de nada, que había venido zigzagueando por el paisaje, se encontró con El Eternauta y lo hizo desaparecer en su propia nulidad.
-El tipo se hizo humo! –Exclamó atónito Rulo.
Manuel miró a su primo para confirmar la dirección de su mirada.
-¿Viste?
-¿Pero qué pudo ser? ¡Eso era un hombre!
-El Eternauta, boludo. ¿No conocés al Eternauta?
El Rulo no conocía al Eternauta ni al sargento Kirk. Ni siquiera había visto nunca una tapa de Frontera dibujada por Hugo Pratt! Pero el Rulo era así, nunca se había ocupado de ese tipo de cosas. Desde chiquito siendo el mejor y más responsable, casi como un padre que da buenos consejos, aunque a veces no los cumpla con sus propias acciones y no se de cuenta o no quiera reconocerlo…¡El Rulo era como un hermano que siempre está ahí para apoyarte, aunque sea a través de la crítica, de no comprenderte, pero estando ahí. No comprendiendo pero siempre ahí. Manuel creía en el Rulo, aunque tuviera esas cosas por no haber leído nunca historietas o tal vez por no haber tenido un abuelo bromista. Por haberse tenido que hacer cargo de ayudar a mantener a sus hermanitos y casi hasta a un primo prestado, cuando sus respectivos padres abandonaron los hogares y las mujeres no daban abasto trabajando para mantener a todos. La madre de Rulo había logrado sacar de él un tipo más derecho que no se qué! Porque las mujeres tienen esa habilidad para sacar de todos lo mejor cuando quieren… o pueden, o … yo qué se…
Magda llegó a ellos sin correr, porque se había dado cuenta de que ya nadie la perseguía. Había mirado para atrás justo en el instante en que El Eternauta desaparecía y eso, aunque muy asombroso no le había sorprendido, tan intensa era su necesidad de que el mundo se portara bien. El segundo portento había venido a corregir al primero y volver todo a fojas cero, o casi.
-¿Lo llegaron a ver…? Se me apareció de golpe dentro de la casa.
-Sí Magda, lo vimos. Es El Eternauta, no te preocupes.
-¿Vos estás loco, Manuel? ¿Cómo que no se preocupe? Quién es ese disfrazado que se metió en tu casa y la quería agarrar?
-Yo no sé si me seguía. Parecía estar confundido…
-No eso ha de ser un error de Germán.
Rulo y Magda quisieron saber al unísono a cuál Germán se refería. Pero eran dos preguntas distintas con las mismas palabras. La del Rulo era preguntar si otra vez se había vuelto loco, porque él le conocía todos los amigos y no había entre ellos ningún Germán ni ningún Eternauta. En cambio la Magda dudaba de haberse equivocado en alguna letra cuando los mensajes y haber transformado una palabra en otra que le hubiera hecho entender al tal Germán que ellos le hubieran pedido que les mandara ese ser envuelto en trapos.
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miércoles, noviembre 01, 2006
112 - Desnudos con guampas y todo.
A la madrugada comieron galletitas con paté, aceitunas asomadas en mayonesa, fetas mutuamente arrolladas de queso sanguchero con salame y un vaso se vino. Después galletitas con queso, aceitunas con pegotes de paté y fetas de salame untadas con mayonesa, más el segundo vaso. Continuaron con galletitas a la mayonesa, aceitunas envueltas en salame y mientras degustaban el tercer vaso de vino fue que probaron el queso con paté. Todavía sintieron ganas de seguir con los platos y los hicieron ya que eran muchas las combinaciones que restaban sobre la mesa tentando los ojos.
A la madrugada rieron largamente y sin sentido. Se señalaban uno al otro como quién señala algo muy ridículo o divertido y reían…
A la madrugada se volvieron a acariciar y besar aun con la boca llena de migas. Pusieron música y bailaron semidesnudos recordando la primera vez, en aquel cumpleaños veraniego en el aire libre de la noche. Bailaron ahora en la estrecha cocina, pegando las caderas contra la mesa y las rodillas contra la silla hasta que la flaca quedó casi sentada sobre la mesa y las piernas abiertas…
Cuando terminó de salir el sol ellos dormían en un revoltijo de frazadas y sábanas sobre los dos colchones puestos en el suelo rodeados de championes y calzones y vaqueros. Dormían semitapados formando una movediza X que por momentos intentaba encontrar una mejor posición para descansar los cuerpos.
Al mediodía dentro de la casita todo era silencio aunque de a poco se iban filtrando los sonidos y voces que desde la calle producían los vecinos yendo o volviendo del almacén.
-¡Qué noche, doña Aurora! ¡Qué noche que nos hicieron pasar esos! Le garanto que en todita la noche no pude pegar un ojo! Con esa joda que tenían y esa música. Y lo peor, que no se le fuera a dar por mirar por la ventana para adentro! Porque ah, ni le cuento! Yo que miré por casualidad un ratito, para ver nomás qué era que pasaba con tanto escándalo…Me encontré con que lo que ahí pasaba era una danza de esas del demonio que se ven en las películas…!
-Yo nunca he visto una danza de esas que usted dice, vecina.
-Ah no? Son esas danzas en que las mujeres se van sacando la ropa y tirándola como el siete de velos y los machos bailan como chivos desnudos con guampas y todo, a los saltos como queriendo montar a las mujeres.
-Ah, no me diga!
-Por eso le decía doña Aurora, ¿sabe lo que es aguantarse eso todita la noche?
-Bueno, yo con el finado Eusebio…
-No. Le decía aguantarse sin dormir escuchando cada gemido, cada deslizamiento de los cuerpos desnudos y encendidos de calentura y usted… ¡usted no quiere escuchar esas cosas horribles que además no le deberían importar porque se trata de la vida ajena pero…Hacerlo de esa manera la obliga a una, porque es imposible no atenderlo, ¿se da cuenta?
-No. No me doy cuenta de por qué usted dice que lo hacían de una manera…¿De cual manera…?
-Ah, doña Aurora…¡Es que lo hacían como los dioses!
A las tres de la tarde llegó el Rulo golpeando la puerta con los nudillos primero y después a las patadas. Gritaba “soy el Rulo, abrime, despertate que tenemos que ir a comprar los materiales” hasta que por golpear la puerta, la puerta se abrió sola y enseguida se asomó Manuel envuelto en una toalla a lo tahitiano y no entendiendo nada desde sus ojos lagañosos.
-¿Qué pasa?
-Pasa que te olvidaste que teníamos que ir a levantar los materiales con el carrito.
-¿Materiales? ¿Qué materiales? Ah, sí los materiales… ¿Era hoy que teníamos que ir…?
-Dale, lavate y vestite…Hola Magda! Estabas ahí?
-Sí, durmiendo. Gracias por despertarme viejito rezongón.
-¡Y yo qué sabía!
A la madrugada rieron largamente y sin sentido. Se señalaban uno al otro como quién señala algo muy ridículo o divertido y reían…
A la madrugada se volvieron a acariciar y besar aun con la boca llena de migas. Pusieron música y bailaron semidesnudos recordando la primera vez, en aquel cumpleaños veraniego en el aire libre de la noche. Bailaron ahora en la estrecha cocina, pegando las caderas contra la mesa y las rodillas contra la silla hasta que la flaca quedó casi sentada sobre la mesa y las piernas abiertas…
Cuando terminó de salir el sol ellos dormían en un revoltijo de frazadas y sábanas sobre los dos colchones puestos en el suelo rodeados de championes y calzones y vaqueros. Dormían semitapados formando una movediza X que por momentos intentaba encontrar una mejor posición para descansar los cuerpos.
Al mediodía dentro de la casita todo era silencio aunque de a poco se iban filtrando los sonidos y voces que desde la calle producían los vecinos yendo o volviendo del almacén.
-¡Qué noche, doña Aurora! ¡Qué noche que nos hicieron pasar esos! Le garanto que en todita la noche no pude pegar un ojo! Con esa joda que tenían y esa música. Y lo peor, que no se le fuera a dar por mirar por la ventana para adentro! Porque ah, ni le cuento! Yo que miré por casualidad un ratito, para ver nomás qué era que pasaba con tanto escándalo…Me encontré con que lo que ahí pasaba era una danza de esas del demonio que se ven en las películas…!
-Yo nunca he visto una danza de esas que usted dice, vecina.
-Ah no? Son esas danzas en que las mujeres se van sacando la ropa y tirándola como el siete de velos y los machos bailan como chivos desnudos con guampas y todo, a los saltos como queriendo montar a las mujeres.
-Ah, no me diga!
-Por eso le decía doña Aurora, ¿sabe lo que es aguantarse eso todita la noche?
-Bueno, yo con el finado Eusebio…
-No. Le decía aguantarse sin dormir escuchando cada gemido, cada deslizamiento de los cuerpos desnudos y encendidos de calentura y usted… ¡usted no quiere escuchar esas cosas horribles que además no le deberían importar porque se trata de la vida ajena pero…Hacerlo de esa manera la obliga a una, porque es imposible no atenderlo, ¿se da cuenta?
-No. No me doy cuenta de por qué usted dice que lo hacían de una manera…¿De cual manera…?
-Ah, doña Aurora…¡Es que lo hacían como los dioses!
A las tres de la tarde llegó el Rulo golpeando la puerta con los nudillos primero y después a las patadas. Gritaba “soy el Rulo, abrime, despertate que tenemos que ir a comprar los materiales” hasta que por golpear la puerta, la puerta se abrió sola y enseguida se asomó Manuel envuelto en una toalla a lo tahitiano y no entendiendo nada desde sus ojos lagañosos.
-¿Qué pasa?
-Pasa que te olvidaste que teníamos que ir a levantar los materiales con el carrito.
-¿Materiales? ¿Qué materiales? Ah, sí los materiales… ¿Era hoy que teníamos que ir…?
-Dale, lavate y vestite…Hola Magda! Estabas ahí?
-Sí, durmiendo. Gracias por despertarme viejito rezongón.
-¡Y yo qué sabía!
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