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sábado, noviembre 29, 2008

631. Tres Días de Otoño

Tocó carnicería en procura del churrasquito de docientos gramos, verdulería por las zanahorias, el repollo y de ser posible tomates. El autoservicio del chino Wong por el resto. Todo equilibrado y aquilatado según estiquiométricas proporciones que vendrían a reconstituir el mobiliario globular de la sangre y la biblioteca de catalizadores necesarios para las innúmeras reacciones bioquímicas que en delante se verían promovidas con un criterio sino estratégico, al menos táctico. No lo había dicho el facultativo pero, tal vez con su vacía mirada vuelta hacia el reloj de la pared, no otra cosa hubiera querido indicar que la existencia de una posibilidad no nula de que los tan extraños síntomas observados, escuchados, fueran apenas la consecuencia de una incipiente desnutrición. Casos así se han visto en tiempos de escasas meriendas y nulos almuerzos, cuando las pobres neuronas deben aguzar el ingenio y la imaginación, en procura de nuevas fuentes de recursos.
Llevaron, fuera de receta una caja de vino, papel higiénico y café, y llegaron a la relativa altura desde la que otra vez se divisaban los álamos en el bajo, frente a los pinares parejos y oscuros donde alguna vez, en algún tiempo y lugar, Manuel había conocido a su padre.
Todo parecía estar en su lugar salvo las hojas. Los álamos parecían arañar el cielo mendigando ropaje. Estaban en otoño. Por cierto, o tal vez ya comenzando el invierno, no. El clima y la luminosidad del aire parecían otoñales. Era el mes de abril de hacía dos años, pero en otro mundo. En éste no se habían abierto esferas huecas en el piso del baño ni había sido él raptado en una de ellas para llevarlo hasta aquel tugurio filipino de la segunda guerra, donde Ernie Pike fumaba su eterno cigarrillo mientras esperaba el desenlace de una de sus historias. Esto era el otro lado de la membrana, tabique, espejo, tramoya, que separaba las distintos planos de la misma trama. Si él habia sido llevado a otro mundo desde su casa, tal vez habría sido sustituido por otro Manuel traído desde a su vez otro mundo. Luego, en éste él había aparecido inconciente en lugar de otro que habría sido llevado... uf! Más valía no tratar de entender tan intrincado juego de sustituciones, de tiempos y de lugares. Mejor sería tomar las cosas tal cual se presentaban y esperar con calma que apareciera Mandinga a buscarle.
Fue el primero, entonces, de tres días de almuerzos puntuales, amor moderado y descanso. Tres dias otoñales dignos de la sazón de los años, cuando las frutas se muerden de a bocado tomándose el tiempo para el saboreo. Tres días sin conflictos de opiniones, en el pacto tácito de no mencionar lo innombrable, absortos como estaban cada cual en la contemplación de lo extraordinariamente parecida que puede ser una cosa a otra sin dejar de ser diferente. Una persona. Magdalena identica, no sólo en lo físico, a Magdalena. sino hasta en los más escondidos tics de su personalidad y Manuel, oh Manuel... ¿cómo podías, Manuel, haber perdido casi por entero tu memoria y adquirido otra prestada, fabricada de retazos absurdos y fantasías novelescas...?
El tercero fue jueves. Lo era de puro derecho por ser el siguiente al miercoles, el segundo, que ya había transcurrido por completo sin noticias de Mandinga, ni de ninguna otra cosa que no fuera el silencioso transcurrir del tiempo entre comidas y besos. El jueves, hoy jueves tocaba psicólogo

viernes, febrero 15, 2008

474 CON DIOS O CON EL DIABLO

Sin embargo Mandinga tampoco las tenía todas consigo. Sus ojos, grandes y movedizos recorrían amplias orbitas sin detenerse ni en el piso, las paredes o el techo. Parecía querer descubrir en los cambios de tonalidades de la luz, las intenciones ocultas de quienes la estaban manipulando. De pronto frunció el ceño.

-Me voy muchachos. Trataré de averiguar cuales son los planes de mi primo.

Apenas lo dijo, ya su imagen se fue yendo hacia adentro y desapareció en la nada. Eran las cinco de la tarde y por extraño que pareciera el aire de la caverna se estaba calentando. Pronto, aquella vibración multicolor se transformó en millones de puntos luminosos que parecían dispuestos a desintegrar todas las cosas, el aire, pero también los cuerpos de las personas, volviéndolos traslúcidos y de contornos difusos. Todo emitía luz y calor…

De pronto sonó otra vez aquella grotesca carcajada. En medio de evanescentes lenguas de fuego, allí enfrente a ellos había aparecido el majestuoso chivo de las largas crenchas. Hacia atrás se le veía acompañado por miríadas de demonios, mitad humanos y mitad caprinos, que berreaban y se apretujaban como el ganado cuando es forzado a pasar por un brete estrecho. Eran verdes algunos y rojos encarnados otros, con gruesos manchones azabache que les pintaban diversas zonas del cuerpo al azar. Pero demasiados. Millones tal vez, que en majadas posiblemente infinitas se extendían por aquel sector del incendio que a lo lejos terminaba en la negra cordillera del fin del mundo. ¡Pura ilusión!

Manuel esperó de frente a que el bicho se acercara. No estaba dispuesto a dejarse engañar por la tramoya. Sabía que, con malas artes o sin ellas, todos los espíritus son iguales, y que puestos a lidiar encuentran en sí mismos la fortaleza originaria que nace de su simple existencia.

La voz aguardentosa reprochó:

-Lo dejaste huir…

-Nosotros no somos tus carceleros.

-Teníamos un pacto…

-No es cierto.

Otra vez sonó la carcajada que retumbó entre las verdaderas paredes de arenisca justo en el momento en que las llamas se generalizaban sin quemar más que la apariencia ni consumir siquiera el oxígeno. Satán evitaba enojarse. Su boca doblada sonreía por lados alternos mientras aquellos ojos de pupilas ovales, pestañaban sin dejar de observar todo el tiempo al contrincante.

-Eres inteligente… y atrevido. Te diré… Existen para ti dos posibilidades. Estar conmigo o con el viejo Dios.

-Con Dios o con el Diablo… No creemos en eso.

-¿Acaso conoces otra posibilidad? Conmigo tienes todo para ganar…

Había acompañado las últimas palabras con un ligero gesto de pezuñas que en el aire pintaron un paraíso caribeño de palmeras y mulatas en la playa.

-¿Acaso prefieres otra cosa…? Sólo tienes que pensarlo o dejar que yo adivine… Vamos, aflójate! Acaso no estoy peleando por la causa de los humanos…-con el rabillo del ojo vio allí el grupo de los asustados jóvenes Tucus-…la causa del planeta Tierra…

Manuel por cierto se aflojó, pero no en el sentido que pretendía Satán. Era evidente que nada nuevo se había inventado en el arte de seducir. Aquello que tenía enfrente, sin negarle poderío ni peligro, no era más que un clásico embaucador de incautos.

-Dicen que las mismas pavadas le dijiste a Cristo hace dos mil años… ¿Por qué no nos dejas en paz…?